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ENSAYO
     

 

 

LACAN Y COMO LEER LOS TEXTOS

 

IRIS M. ZAVALA

 
 

 


Conviene comenzar con Borges: “Ser moderno es ser contemporáneo,  ser actual: todos fatalmente lo somos.... no hay obra que no sea de su tiempo...” Lacan es nuestro contemporáneo, no solo porque resistirá los embates del tiempo, y por estar abierto a  múltiples interpretaciones. Ni tampoco porque sea el móvil, el apoyo, o el punto polémico de todo el pensamiento filosófico y teórico actual—en particular, pero no solo—el francés, que desde la década de 1950 se nutre de conceptos lacanianos:  comenzando con el maestro Louis Althusser, y su  reelaboración del término ideología, de tan extensa y sinuosa historia desde Destutt de Tracy. Nadie puede dejar de escuchar a Lacan en la amplia gama de filósofos, teóricos de la cultura y de los estudios poscoloniales, y críticos contemporáneos—de Derrida, a Deleuze, a Foucault, a la variada gama de feminismos, o politólogos, o sociólogos, ensayistas, incluso escritores --, en términos puntuales como discurso, ideología, trazo, diferencia, hiancia, letra, sujeto, escritura, verdad.. Pero, ¿qué es un contemporáneo, y por qué Lacan es nuestro contemporáneo? Bajtin y el propio Lacan –dos de mis virgilios--nos ayudarán a poner los puntos sobre las íes...¿será un clásico? No necesariamente,  me responde esa bombillita en mi ser, que se apaga y se enciende, porque de éstos ya se quejaba Nietzsche, mofándose de los que estaban al día....¿y qué es estar al día? También Leopardi, y Baudelaire...sabían que todo lo que brilla no es rutilante, y que tiene a veces una patina, una lámina que oscurece el sentido.

En mi lectura—y sigo de la mano de mis virgilios—los contemporáneos son textos que se hacen legibles retroactivamente, desde el paradigma del futuro que prefiguran. Y eso les da las obras el fulgor y el valor que tienen. Casi—escuchando a Calvino y Nabokov--,  a Lacan se le podría llamar clásico. Pero es algo más, pues un clásico no es necesariamente un acontecimiento, y un acontecimiento es un decir, pero no un decir superficial, no un momento de conocer; está en el efecto de lo que nos determina. Más nítido aún: el acontecimiento no se produce  mas que en el orden de lo Simbólico; no hay acontecimiento sino de decir, en palabras de Lacan explicando al  “acontecimiento” Freud.  Y preciso: el concepto acontecimiento tiene una larga historia, al menos desde Hegel.

Prosigamos  estas curvaturas, y de paso establezcamos un diálogo entre Bajtin y Lacan. El acontecimiento en Bajtin no se explica sin su filosofía del lenguaje: el sistema lingüístico encierra un significante y un  significado cuyo nexo debe ser reconocido como necesario. Esta división del signo implica que "el tú  está ya en el seno del discurso"; si bien esta aseveración es lacaniana (1992:392), me parece que permite proponer un punto de partida distinto sobre la dialogía, como acontecimiento de encuentro entre el yo y el Otro, y el momento en que se constituye la palabra. Dicho en plata: hay una duplicidad en el otro (como en todo signo) y una mutua correspondencia-- está el otro imaginario y el Otro con mayúscula. En Bajtin hay un Otro más allá de todo diálogo concreto, de todo juego interpsicológico --y he ahí todo el desarrollo del concepto de dialogía y del Tercero. Para Lacan, ese Otro es "el lugar donde se constituye el que habla con el que escucha" (1992:389).

Así pues, el tú, el que puede responder, no debe pensarse como una simetría, el de la completa correspondencia, el alter ego, el hermano. Y continúo mi lectura. El otro no es un rostro humano, animado por un yo reflejo del yo propio; la concepción simétrica y recíproca de un semejante no entra en este esquema. Y el tercero se refiere al discurso mismo (la tercera persona no existe, nos ha mostrado Benveniste). Este Otro es el  lugar donde se constituye la palabra, y su relación con los valores. Retomemos antes el hilo. La otredad es el elemento constructivo básico; este nivel intersubjetivo implica siempre al yo en el acontecimiento del ser en su relación con el otro y se resume en la máxima "en el ser no hay coartada". Así concebida, la responsabilidad tiene un carácter ontológico, y el acto proviene del yo como centro arquitectónico, siempre orientado hacia el otro. Bajtin establece una coherencia entre el mundo de la cultura y el mundo de la acción humana; el mundo del acontecimiento, del acto se rige por la responsabilidad. La vida humana es ese acto único de autocreación. La literatura, el hecho literario, se inserta en la práctica social, y la alteridad es siempre material e inestable. El de Bajtin es siempre el mismo pensamiento que continúa; podría decirse que va completando su esquema haciendo entrar en él cosas muy diferentes. Derivo de antemano esta conclusión: para Bajtin se trata en realidad de aprehender el acto original de comunicación que es el hecho literario, y las significaciones que entran en juego, estudiando sus pulsaciones paradójicas, donde siempre persisten las mismas antinomias bajo formas transformadas.

            No puedo resistirme a otras tentaciones.  No es posible silenciar a Hegel ni el Ereignis heideggeriano: el puro pasado que acontece, el único estatuto posible de lo radicalmente otro en lo mismo. Ya siempre acontece acontecer. Así pues, esta escisión, esta errancia es historial: acontecimiento que ya siempre nos constituye como lo todavía no acontecido. Acontecimiento, donación y por tanto inquietante, Unheimlich (en núm. esp.  Anthropos 1989). ¿Debo decir que es uno de los principios de la différance derrideana? Dejo el tema al aire, no sin enroscar mi hilo  finalmente en  Alain Badiou, y su política del acontecimiento de la ruptura (léase El ser y el acontecimiento), que pueda sostener productivamente la escisión del lazo social; un proceso radical de división de lugar. Badiou—filósofo, lacaniano y novelista—nos invita también a tomar en cuenta la carcoma de lo heterogéneo,  a “escuchar” (que diría Bajtin), los antagonismos.  El  acontecimiento indica que algo diferente e imprevisible se ha producido; es una interrupción anunciadora de un porvenir; mirar el abismo y crear las formas del futuro con una ética que divida las conciencias, que no busque armonías sino rupturas. Una ética que ceda ante el deseo, ese imperativo ético lacaniano que representa Antígona.  Lo dicho nos obliga a tomar riesgos con el deseo, y se hace imprescindible citar de nuevo a Lacan: “El deseo, lo que se llama el deseo basta para hacer que la vida no tenga sentido si produce un cobarde”. Pero no insistiré más por ahora, tomo otra juntura. 

 

Acontecimientos que nos han determinado

Y un paso más adentrándome en el laberinto, me conduce a Borges y una intuición sobre el acontecimiento: “En tiempos de auge—escribe en Historia de la eternidad—la conjetura de que la existencia del hombre es una cantidad constante, invariable, puede entristecer o irritar: en tiempos que declinan (como éstos), es la promesa de que ningún oprobio, ninguna calamidad, ningún dictador podrá empobrecernos”.  Si todo decir tiene la muerte por principio, y enfrentarse con la muerte solo pasa con lo Bello, hay sí acontecimientos, formas de decir que nos han determinado. La Biblia, el Korán, el Popol Vuh, el Chilam Balam,  pero no menos el pensamiento  y la tragedia griegos: Antígona, que pasó al mito cristiano en la figura de Cristo, como hay un acontecimiento Edipo. También hay un acontecimiento Homero, Eurípides, Sócrates, Aristóteles, Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino,  Dante, Petrarca,  La carta colombina, Américo Vespucio, El Lazarillo, La Celestina, Giordano Bruno, Galileo, Copérnico, Lutero, el Inca Garcilaso,  Newton, Velásquez, Cervantes, Shakespeare, Sor Juana, Descartes, Goya,  Kant,  Rousseau, Hegel,  Darwin, el matemático Evariste Galois (que descubrió la teoría de los grupos, que luego desarrollará Cantor),  Baudelaire, Dostoievski, Rimbaud, Mallarmé, Marx, Freud, Unamuno,  Valle Inclán, Darío, Juan Ramón, Einstein, Kafka, James Joyce, Heidegger, Borges, Lacan....

Algunos acontecimientos son transculturales (no me atrevo a llamarlos universales), porque han determinado a la humanidad, se sepa o no se sepa: Freud delimitó con claridad los tres traumas o bofetadas infligidos al narcisismo del ser humano, descentrándolo—el trauma psicológico (el poder del inconsciente sobre el yo consciente), el trauma biológico (la descendencia animal descubierta por Darwin), y el cosmológico (la tierra copernicana ya no es el centro del universo), y uno que se le escapó a Freud, el descentramiento tecnocientífico de lo geopolítico (el marxismo y su teoría del síntoma). No hemos de olvidar los acontecimientos históricos: la caída del Imperio Romano,  el llamado  “descubrimiento de América”,  la Revolución Francesa,  la Revolución Norteamericana, las Guerras de Independencia Latinoamericanas,  la abolición de la esclavitud,  las guerras mundiales, la Revolución Rusa, la Mexicana, Aushwitz, la Revolución  Cubana, y sin duda, el 11 de septiembre del 2001 donde comienza  “la justicia infinita” de Bush, palabras feroces y grandilocuentes si las hay. 

que les he ofrecido una burundanga—dicho en puertorriqueño—un coctel,  y es imprescindible  establecer distinciones. He mencionado algunos acontecimientos de escritura que nos demuestran que la verdad no es transparente, que tiene sus reversos y contradicciones,  y muchas vestimentas.  Estos acontecimientos de escritura nos presentan los síntomas sociales; hablan desde los bordes, desde el descentramiento, y  se crea a partir de una transgresión radical de las normas y la doxa, y las pretensiones de hegemonía y sus aporías que  nos incumben a todos.  Hay, además,  otras formas de decir, que han configurado no solo el destino individual, sino los destinos humanos: la Biblia y todo libro sagrado, y todo aquellos que ha formado lo que se conoce como occidente (pues al occidente me limito): desde el pensamiento griego, al imperio romano y al cristianismo. Otros han asestado golpes en el corazón de las tinieblas del narcisismo humano, donde habitan la depredación y el odio al prójimo, y eso que Freud llamó “el narcisismo de las pequeñas diferencias” que nos induce a  agarrar de inmediato el garrote en cuanto un edificio ideológico gana consistencia al  organizar su material prima en un relato coherente (“el judío”, “el moro”, “el negro”, “el indio”, “el otro”). Los libros maestros abren una brecha y nos inducen a dominar  la “Cosa””: el temor y el odio al otro. Pero volvamos sobre el caballo que monto.

He de presentar—si intento ser coherente—otra distinción: el acontecimiento local. Tomaré como ejemplo a Garcilaso de la Vega, que transforma la lengua amatoria en castellano, pero sus grandes acontecimientos precursores son il dolce stil nuovo, Dante y Petrarca. Así—y persiguiendo estos laberintos—cada cultura tiene su acontecimiento local, o su ruptura de canon; de manera que habría que presentar bloques: las culturas mediterráneas, las nórdicas, las del este de Europa, las latinoamericanas. Si bien—y lo reacentúo—algunos autores trasvasan estas fronteras: Shakespeare, Cervantes, Dostoievski...

 

El futuro y lo retroactivo

            Hemos de iniciar ahora con una gran enseñanza lacaniana: la lectura retroactiva (el après coup lacaniano),  las lecturas hechas con posterioridad.  Son acontecimientos que modifican retroactivamente el presente, son de acción retardada  o diferida , la causalidad después del suceso. Se trata de una articulación distinta del  pasado, del presente y del futuro; nos permiten (y es evidente que establezco nexos con el psicoanálisis) establecer una arqueología del pasado viviente –cómo se vive el pasado en los monumentos, en los documentos de archivos, en la evolución semántica, en los rastros, en la tradición, como dice un famoso texto de Lacan, “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”.   Ya San Agustín hablaba del “tiempo presente de las cosas”, y lo alegra a partir de un poema.; a Unamuno tampoco se le escapa, y escribe:

                                               Nocturno el río de las horas fluye

                                               Desde su manantial que es el mañana

                                               Eterno....

            Son textos que nos permiten leer el futuro; inventan una nueva forma de discurso –vínculo social--, cuyas posibilidades y leyes y poder son inseparables de la verdad que crean. Anudan y desanudan el presente, el pasado y el futuro; me atrevo incluso a establecer más nexos con el psicoanálisis, cuando Lacan afirma  en “Función y campo”...que la única meta del análisis es el advenimiento de un relato verdadero y la comprensión del sujeto de su propia historia en su relación con un futuro.

 

Saber leer

            Pero anudar y desanudar no son aquí solo metáforas. No solo los textos anudan y desanudan, también el acto de lectura. Hay algo ahí muy sorprendente y adecuado para retenernos. Y me permito dos libertades: citar a Borges y a Primo Levi. Del primero son estas rutilantes palabras: “A veces creo que los buenos lectores son cisnes aún más tenebrosos y singulares que los buenos autores”, escribe en Historia universal de la infamia. Mientras Levi  toma otro giro, no menos singular: “en el acto mismo de la citación yace la causa  de nuestro destino, de nuestro estar aquí”.  De no haber esta transferencia—y empleo a propósito un término lacaniano que define la relación entre analizante y analizado—será imposible anudar y desanudar; o dicho de otra manera, desescribir el futuro que se experimenta como si estuviera escrito y estructurado por las palabras y los hechos con los que se ha identificado. Nos permiten, pues, desescribir el futuro, borrarlo y no caer en la repetición  de las identificaciones.

Modernos, contemporáneos, clásicos,   todos—cada uno a su aire, y con su trabajo de lalengua—explora las manifestaciones  del bien y del mal en el punto de intersección de la subjetividad singular y de la organización social en una dimensión nueva de la condición humana: los trastocamientos del vínculo social.  Recogen ese malestar cultural, ese estar mal en el mundo, esa incomprensión, esa maldición por ser humanos –“fieramente humano” que dirá Dámaso Alonso--, que siempre convierte nuestro destino en trágico. Del tedio a la lucidez, del delirio a la desesperación,  de Góngora a Sor Juana a Darío los ojos miran; y la mirada nos atrapa, porque no estamos libres, no somos libres, solo para desear. Y es deseo, es aquello que nos lleva—aunque no queramos—a asumir los riesgos de la aventura humana. Pero, ¿no nos indican también, con palabras temblorosas de miedo y deseo, que mientras vivimos, dejemos dormir los propósitos, que nos olvidemos de nosotros mismos, que nos olvidemos de la muerte?  Estos  contemporáneos nos dicen, tal vez, que la grandeza de un espíritu debe medirse por el tiempo que es capaz de perder.

            De paso, les hago notar que la lectura de estos textos tienen siempre algo muy sorprendente y adecuado para retenernos. Siempre ponen en juego la verdad, abren brechas, crean rupturas, equivalen a nuevas formas de habitar la lengua. Romper el canon es todo eso: es tratar con la escoria y la semilla del veneno del propio ser y del vínculo social y todos nos invitan a nosotros, sus lectores, a desescribir el futuro, que ya estaba escrito en el pasado. O dicho de manera más contundente: “Solo los grandes estómagos digieren veneno”, frase muy del gusto de Martí.

Se me permitirá una elipsis, y retomar algunos ejemplos de ruptura del canon que en lectura retroactiva ya estaba escrito, y no hemos logrado desescribir, en sentido preciso que le da Freud. Homero y La Ilíada y La Odisea: ¿no nos advertía ya de lo futil de las guerras, que se inician por naderías –el rapto de Helena, por ejemplo, que de paso, quería ser robada-- que destruyen así el edificio simbólico creado? ¿No nos advierte también del amor y de ese paso sustancial que es pasar del amante al amado—erastés y erómenos—en las historias de Alceste y Admeto, y la de Aquiles y Patroclo, y su resonancia en El Banquete, en toda la literatura occidentel, o en La fugitiva de Proust? Y La Odisea, ¿no nos alerta de que somos itinerantes, que si buscamos un origen este no existe, que pasamos por pruebas descomunales, pero que al mismo tiempo la odisea trae consigo el imperialismo y la sumisión del Otro y la guerra, y que nunca se vuelve al mismo lugar? Ya fue descifrado por Teodoro Adorno, y también Nikos Kazantzakis, y en fecha reciente por el poeta antillano Derek Walcott? Y, ¿hemos de olvidar el estremecedor texto de Borges, “El inmortal”? Allí Homero se transforma en un troglodita, a quien la práctica del griego le es penosa... solo balbucea frases de La Odisea, ya olvidada. Sabe menos—dice-- que el rapsoda más pobre: “ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé”. ¿He de pasar por alto que este texto es un golpe asestado a la sacralización, al entronamiento, a la monumentalización,  y al fetichismo de la función de autor?

¿Y no nos dice también Homero que la divinidad (o los dioses) juegan con los humanos, que somos víctimas de sus rencillas, celos, desavenencias, odios; que los dioses--como quiera que se llamen--protegen y desprotegen, que no hay Otro? ¿Y Eurípides y sus Troyanas en aquel momento en que se dice: “¿Oyes qué pasa? Se derrumban las torres de Troya?—como nos recuerda Irene Papas hace poco (El País, 17. 09. 2001)? ¡Vaya con la certidumbre anticipada de este gran maestro! ¿No nos está diciendo a gritos Medea que no hay Otro, que estamos solos? ¿No pagó Casandra su intento de desescribir la historia? ¿Y qué de la belleza rutilante de Antígona que no cede en su deseo? ¿Y Edipo, cuya historia ya estaba escrita--aquella que Freud descifró como el triángulo edípico?  Con el cristianismo nos llegó otra explicación: la del libre albedrío, y ese misterioso enigma de los escogidos. Y se han escrito muchas páginas sobre esto--hasta que Dostoievski postule que Dios ha muerto, y si ha muerto, todo está permitido. Lo retoma Nietzsche, y así otros acontecimientos discursivos.  Ya sé que todo esto suena a herejía--pero le he perdido el miedo a las palabras sospechosas de herejía, ningún olor a sotana es tabú para mí (parafraseo ahora a Lacan).

               Y prosigo.  Y ¿qué lectura retroactiva hemos de hacer de Agustín de Hipona, que intuyó ese après coup que persigo, y además que decimos más de lo que queremos decir? ¿Y Pablo de Tarso, palabra fundante de la iglesia de Roma, o Tomás de Aquino y su Summa, que retuerce el aristotelismo y lo cristianiza? Ese neoaristotelismo llega hasta nuestros días, y forma parte esencial de la historia de la filosofía. ¿Y qué de Aristóteles mismo?  Y no solo su poética—que en sí no es poco--; está la Etica a Nicómaco,   que como una serpiente, se ha enroscado en todo el pensamiento ético occidental, Spinoza, por ejemplo,  y es el sostén del edificio de la dialogía bajtiniana, y punto nodal del desafío que le lanzan Freud y Lacan. Su Lógica llega hasta nuestros días—reacentuada, claro—por Lacan. Si ya Aristóteles se hacía cargo de otra lógica que no participara del Todo, y se excluye de él, Lacan habla de esa posición de no-toda que asocia con la subjetividad de la mujer. No podemos dejar de lado la poética aristotélica, fuente de la retórica, de la filología tradicional, de la teoría del discurso--¿o no ha sido  punto arquimédico aquella definición suya de la metáfora como aquello que surge de la intuición de una analogía entre dos cosas disímiles? Claro, que lo que hoy sabemos es que son objetos verbales, puros e independientes; nada revelan o comunican.

¿Y Dante, que comprendió el sentido de la escoria humana, en la traición y la soberbia, e intentó encontrar un sentido, y trazó con mano maestra ese misterio y esa tortura que se llama amor en la historia de Paolo y Francesa? ¿No estaba ya esta historia escrita en el Cantar de los Cantares, en los Salmos de David, y en toda la erótica occidental o amor cortés, y en las desdichas de Orfeo y Eurídice? ¿ Y Job, que imprecaba a Dios inquiriendo el por qué de sus males? ¿Y Sor Juana, en su enganche con el saber, y en su defensa de las trabajadoras de la palabra, y con su profundo conocimiento del amor, y de lo fantasmagórico, y de la mirada, y del oído? Y su relación con la libertad, que en certidumbre anticipada  nos implica para que leamos que el descentramiento hace vacilar y tambalearse el centro hegemónico, que el dominio absoluto es utopía. Escuchándola se oyen las voces y el diálogo con otros, desde Homero a la Biblia, y al pensamiento filosófico moderno, Spinoza, por ejemplo.

Y claro que el barroco es muchas cosas, porque hay muchos barrocos: según Alejo Carpentier, en catálogo a una exposición del gran pintor cubano, René Portocarrero, es: “más que un estilo...una manera de metamorfosear las materias y las formas, un modo de arreglar desarreglando; un modo de transfigurar.” Latinoamérica es barroca, y lo era antes de ser latina, concluye. ¿Y no es este el mensaje de Juana de Asbaje, ese arreglar desarreglando? ¿Y Petrarca, que inicia una relación nueva con la palabra poética? ¿Y Juan Ramón que en Diario de un poeta recién casado, Animal de fondo, y Espacios, no solo inaugura un nuevo lenguaje, sino otra forma de decir el ser? Y si sentimos la poderosa voz de Neruda, ¿no nos habla de esa América—la Nuestra América de Martí—y retoma y reacentúa la voz de los vencidos?  ¿Y el dolor y la angustia del ser en Vallejo, y en los sonetos darianos? Y Darío mismo que nos ha hecho hablar de otra manera, y sentir con mayor sutileza. Podría ofrecer muchos ejemplos, no quiero dejar pasar dos acontecimientos nos escriben nuestra contemporaneidad, si bien ya aludí a Las Troyanas, de Eurípides.

Retomemos ahora a Walt Whitman y Melville a la luz del 11 de septiembre pasado. Mientras el primero—gran poeta de la democracia norteamericana lanzaba sus jaculatorias sobre el origen y fin de todo el mal en sus Leaves of Grass, cantándole odas a la poderosa definición de democracia representada por los Estados Unidos y al individualismo, al mismo tiempo que  éstos invadían a México, el segundo, Melville, nos desvela ese “destino manifiesto” en la enloquecida persecución del mal, simbolizado por la ballena blanca. La lectura retroactiva a que nos invita aquel gran poeta de la democracia estadounidense es, justamente,  una que en nombre de un “destino manifiesto”, mito básico –y esto lo sabemos los caribeños en carne propia—ese tipo de democracia ha de imponerse por la fuerza o a fuerza de fuerza. En dialogía, Melville, en Moby Dick, nos ofrece otra paradoja: la búsqueda de la ballena blanca, que adquiere el valor del mal, mientras Ahab se cree un dios que lucha contra todo el mal en nombre del Dios único.. Y ¿no es ese el discurso dominante de Norteamérica actual en aquello de la justicia infinita?

La verdad como contradicción

Son textos que desvelan lo oculto, lo profético, las promesas de todo tipo, y al mismo tiempo algunos—como Sor Juana, Unamuno, Valle, entre tantos—saben que la verdad no se funda sino en la suposición de lo falso, que la verdad es contradicción, y que su enunciado es solo la denuncia de la no verdad, que se dice por la mitad? ¿Hemos de rechazar por falsa, y carente de  de transparencia, entonces, a lo que se dice por la mitad, en la contradicción, en la anáfrasis y la paradoja, y la ironía, y la risa, y las palabras a dos voces? No entenderíamos a Shakespeare y a Cervantes, maestros de lalengua, de la palabra referida, del discurso común como doble, y por lo tanto como máscara de horror y de engaño; de hacer lecturas sintomáticas de los significantes amo para desarticular las prácticas simbólicas que sustentan la ficción de una totalidad sustancias. Tampoco se trata de ser Pierre Menard, ni construir escrituras falsas o simuladas a partir de esas escrituras firmadas por Platón o por Lacan. Significa que impulsen a marcar otro acontecimiento textual, es decir una nueva escritura. No se trata entonces de escribir como....Lacan, por ejemplo. Sino de leerlo escuchando, y coger cada uno de sus conceptos y romperlo, y sacarle el fruto y convertirlo en semilla y tratar de responder a las preguntas que no hizo, y buscar repuestas a las que dejó en el aire, y que estas no sean semillas que se lleva el viento.

Y para seguir anudando o tejiendo....¿no estoy sesgadamente aludiendo a la reacentuación?  Se cae de su peso que solo se reacentúan  los acontecimientos; siempre traducidos y retraducidos, interpretados y reinterpretados, y leídos siempre retroactivamente, â rebours. Que buscando su sentido leemos nuestro futuro. Y no es magia lo que propongo. Cómo leer lo no dicho, lo que debemos desescribir abrirá agujeros. El acto lectura es justamente lo que debemos reaprender. No se trata de reducir estos discursos acontecimiento a nuestras teorías sobre la literatura; se hace imprescindible no insistir en lo ya inscrito, sino marcar un acontecimiento textual, una forma de lectura que se abre a una nueva escritura.

Lo que estos trabajadores de la palabra hacen surgir es  el objeto Sade: la descarnada verdad de la falsa alteridad, la degradación de la vida social, el monstruo que llevamos dentro, el “objeto patológico” kantiano, con su fuerza aterradora de “desterritolización”, que disuelve todos los vínculos simbólico tradicionales y marca todo el edificio social con un desequilibrio estructural irreductible. Y ese “objeto Sade” que la sociedad oculta como secreto de los secretos, el punto negro, la “invisibilidad de lo invisible”, nos invade, haciéndome perder el norte, el criterio, mi orientación en el mundo. No es accidental que los monstruos aparezcan en toda ruptura que anuncia una nueva época del capital: y ¿no hay algo de eso en el arte moderno? Volveré sobre ello para distinguir, aunque solo sea hipotéticamente, a Goya, Picasso de la modernidad.

El arte moderno

Permítaseme proseguir mis digresiones, que tocan es punto que se llama angustia, que siempre dice una verdad. Y consciente soy de que dejo de lado la pintura. La pintura--escribe Lacan (1992:112-127)--incluye una función subjetivadora, que tiene el poder de hacer o conformar o transformar a los sujetos. De esta función Lacan deduce que la pintura no trata esencialmente de la representación, y que la historia de la plástica es la secuencia de las variaciones de la estructura de subjetivación. Esta reflexión nos debiera llevar lejos, y de manera directa a los intentos de cercar lo Real, abordado de manera directa por los grandes modernistas. ¿Y cómo se socava la consistencia de la realidad en  nuestro mundo contemporáneo, si con el neoliberalismo y el capital sabemos que no es necesario combatir las doctrinas, sino esperar a que se pasen de moda, y hacer pactos y chapuzas y la metáfora del dinero hace del arte moneda falsa? Repensemos así a Breughel. Ya Goya--el primer gran crítico de la ilustración--había sentido esa angustia, esa desolación y vacío que deja en el sujeto el entronamiento de la razón; Picasso nos hizo ver aquella fase inhumana y destructiva en la historia del sujeto moderno, en los horrores de la guerra--que siempre es fratricida; ahí está su Guernica con sus seres mutilados y fragmentados. Goya y Picasso abrieron el camino a otras formas de mirar el mundo contemporáneo. En ambos está presente el cuerpo doliente de nuestra posmodernidad; en ellos están  Auschwitz y las guerras asesinas de todo el siglo XX  y el achatamiento brutal con que comienza el siglo XXI.

No son los únicos. Münch nos abrió el oído para sentir el grito mudo de la angustia; Kafka se metamorfoseó en insecto. Hablamos de aquellos que han logrado captar--en vuelo--las barreras del deseo: lo bello y la pura destrucción.  Es este, justamente, el campo de crítica que se puede leer en el modernismo, y podríamos mencionar a esos maestros de la  pintura, cuyo legado es aquella función subjetivadora, con el poder de hacer o conformar o transformar a los sujetos, recordando a Lacan. Esta es la memoria que hemos de perseguir y recobrar, en relecturas retroactivas y reacentuaciones,  intentado un desciframiento desde nuestra contemporaneidad posmoderna. Y centro mi mirilla en la función de lo bello: y lo desconocido temible, más allá de la raya, que es lo que se llama inconsciente; es decir, lo que Lacan define como “la memoria de lo que olvida” (Lacan 1991:279). Y lo que olvidamos es aquello para lo cual todo está hecho para que no se piense: la hediondez, la corrupción, siempre abierta como abismo--escribe Lacan--pues la vida es podredumbre. Por vueltas y revueltas este neobarroco nos conduce al barroco. Y sigo.

Claro que todo esto supone riesgos, y exige a su vez formas de lectura heterogéneas.   Ahora es preciso que le encontremos un sentido a este batiburrillo de nombres y acontecimientos. Y que comencemos a darle sentido a los textos maestros: que la ruptura del canon significa asentarse en las diferencias --el concepto de lalengua lacaniano, y el de heteroglosia de Bajtin son centrales--como decisivas para la estrategia de interpretación y de lectura. Se evitará así el reduccionismo de autores. Perseguir los puntos de acolchado que fijan cambios en la cultura: leer, interpretar, buscar el sentido del Barroco, ell Romanticismo, el Modernismo con mirada critica que debería aplicarse a buscar las maneras específicas en que actúan las contradicciones internas, cómo se le da forma al síntoma, y las maneras en que el trabajo textual sintomatiza la relación con la totalidad histórica, tan compleja y sofisticada, en unos y otros, si bien por razones distintas.

            Finalmente--y retomando a Walter Benjamin--que la literatura y la cultura están atravesadas por "el barro y la sangre", solo que en la europea sus "estrategias de contención" ideológica (que diría Jameson) son más sutiles y sofisticadas, porque han tenido mas tiempo y necesidad de desarrollarse.

Cada libro vive así “entre dos muertes” (adaptando un concepto lacaniano), recubierto con el espesor de de los acontecimientos que narran, de los flujos de intercambios intersubjetivos, de sus arquitecturas conceptuales nunca finalizadas, del “discurso universal”, del lenguaje, de lo que Lacan llama lalengua. El texto es una superficie de inscripciones, lugar de disociación, volumen en perpetuo derrumbamiento; todo impide una visión cerrada y acabada.  Resulta una quimera buscar una unidad sustancial, y un servilismo fatigar su vigor y su inagotable conflicto. Con ese “tesoro de significantes” --rebosante de malentedidos, del sustrato caótico de lo polisemia, de distorsiones--se hace la “letra”--ese soporte material que el discurso concreto toma del lenguaje” (en palabras lacanianas en Escritos).  La letra marca el destino del sujeto que él debe descifrar.

Esto es, en síntesis,   la lectura que Lacan propone, y que yo he intentado seguir en sus meandros.  La suya es una invitación a leer y valorar aquellos textos maestros que rompen el canon. Y me repito: resisten el tiempo y al tiempo, porque su lectura  es siempre retroactiva, al trabajar con lo Real, con el síntoma, nos adelantan nuestro futuro. Sus ficciones desvelan las ficciones que nos hemos creído. Pude haber seguido, me paré en seco muchas veces, y dejé curvas, y cuestas, y precipicios, y secanos y desiertos, y rías, y lagos y mares. Porque todo eso y mucho más equivale romper el canon,  y me quedo corta a mi pesar.

           

Referencias:

Jacques Lacan. Los no incautos yerran (Les non dupes errent). Texto mecanografiado de la Biblioteca Freudiana, 1974.

----. La ética del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 1991.

----. El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires:Paidós, 1992.

Zavala, Iris M.  “El  canon y Harold Bloom”. Quimera 145 (1996): 49-54.

 

 

 

 

 

Lo que propongo como reflexión, entonces,  es  que romper el canon equivale a un acontecimiento: concepto nodal en el discurso de Bajtin y Lacan (y no son las únicas herencias). Tomemos un modo de acceso barroco; o sea por enigmas,  laberintos, y paradojas.  Empecemos por citar a Mallarmé cuando escribe: “Nada habrá tenido lugar sino el lugar”.  Y enlacemos este nudo con los textos maestros: aquellas obras ejemplares que han organizado  nuestras vidas, aquellos productos de la creación que se deben reconocer, cuyos autores reclaman nuestro respeto y que reconozcamos su trascendencia y autoridad.  Son pensadores de certidumbre anticipada que resisten los embates del tiempo, y que cobran sentido retroactivamente.

Aludo muy directamente a aquellos trabajadores de la palabra que tocan lo insoslayable de la verdad, y así son atormentados. “Trabajadores de la palabra”-- el término se empleó en la Edad Media para definir a los escritores-- a aquellos y aquellas torturados; sí, porque trabajo—nos recuerda Lacan—viene de tripalium, que fue un instrumento de tortura. Y el trabajo—y permítaseme volver a citar a Lacan—tal y como lo conocemos por el inconsciente, es lo que hace relaciones con ese saber—el del inconsciente, claro—por el que somos atormentados, y de ahí nace el goce.  No ser incautos de ese saber—sostiene—porque a fin de cuentas es nuestro único patrimonio de saber (1974:9). Pero....siempre hay un pero, todo tiene su envés: lo que hacemos está siempre determinado por ese saber; un saber que nos sabe, y el hecho de que esté determinado por una articulación soportada por la generación anterior, no nos excusa. Termino mi paráfrasis: esto funda discurso. Lo retomaré en otra vuelta.

            Acontecimiento es un decir; pero no uno superficial, no un momento de conocer: está en el efecto de lo que nos determina. Más nítido aún: el acontecimiento no se produce  mas que en el orden de lo Simbólico; no hay acontecimiento sino de decir. Así lo define Lacan, y alude al  “acontecimiento” Freud (26). No es todo. Si la verdad solo puede decirse a medias, todo decir a medias de lo verdadero tiene a la muerte por principio, y en enfrentamiento con la muerte solo pasa con lo Bello (31).

            Prosigamos  estas curvaturas, y de paso establezcamos un diálogo entre Bajtin y Lacan. El acontecimiento en Bajtin no se explica sin su filosofía del lenguaje: el sistema lingüístico encierra un significante y un  significado cuyo nexo debe ser reconocido como necesario. Esta división del signo implica que "el está ya en el seno del discurso"; si bien esta aseveración es lacaniana (1992:392), me parece que permite proponer un punto de partida distinto sobre la dialogía, como acontecimiento de encuentro entre el yo y el Otro, y el momento en que se constituye la palabra. Dicho en plata: hay una duplicidad en el otro (como en todo signo) y una mutua correspondencia-- está el otro imaginario y el Otro con mayúscula. En Bajtin hay un Otro más allá de todo diálogo concreto, de todo juego interpsico­lógico --y he ahí todo el desarrollo del concepto de dialogía y del Tercero. Para Lacan, ese Otro es "el lugar donde se constituye el que habla con el que escucha" (1992:389).

Así pues, el , el que puede responder, no debe pensarse como una simetría, el de la completa corresponden­cia, el alter ego, el hermano. Y continúo mi lectura. El otro no es un rostro humano, animado por un yo reflejo del yo propio; la concepción simétrica y recíproca de un semejante no entra en este esquema. Y el tercero se refiere al discurso mismo (la tercera persona no existe, nos ha mostrado Benveniste). Este Otro es el  lugar donde se constituye la palabra, y su relación con los valores. Retomemos antes el hilo. La otredad es el elemento constructivo básico; este nivel intersubjetivo implica siempre al yo en el aconteci­miento del ser en su relación con el otro y se resume en la máxima "en el ser no hay coartada". Así concebi­da, la responsabilidad tiene un carácter ontológico, y el acto proviene del yo como centro arquitectónico, siempre orientado hacia el otro. Bajtin establece una coherencia entre el mundo de la cultura y el mundo de la acción humana; el mundo del acontecimiento, del acto se rige por la responsabilidad. La vida humana es ese acto único de autocreación. La literatura, el hecho literario, se inserta en la práctica social, y la alteridad es siempre material e inestable. El de Bajtin es siempre el mismo pensamiento que continúa; podría decirse que va completan­do su esquema haciendo entrar en él cosas muy diferen­tes. Derivo de antemano esta conclusión: para Bajtin se trata en realidad de aprehen­der el acto original de comunica­ción que es el hecho literario, y las significaciones que entran en juego, estudiando sus pulsaciones paradójicas, donde siempre persisten las mismas antinomias bajo formas transforma­das.

            No puedo resistirme a otras tentaciones.  No quiero silenciar el Ereignis heideggeriano: el puro pasado que acontece, el único estatuto posible de lo radicalmente otro en lo mismo. Ya siempre acontece acontecer. Así pues, esta escisión, esta errancia es historial: acontecimiento que ya siempre nos constituye como lo todavía no acontecido. Acontecimiento, donación y por tanto inquietante, Unheimlich ( en núm. esp.  Anthropos 1989). ¿Debo decir que es uno de los principios de la différance derrideana? Dejo el tema al aire, no sin enroscar mi hilo  finalmente en  Alain Badiou, y su política del acontecimiento de la ruptura (léase El ser y el acontecimiento), que pueda sostener productivamente la escisión del lazo social; un proceso radical de división de lugar. Badiou—filósofo, lacaniano y novelista—nos invita también a tomar en cuenta la carcoma de lo heterogéneo,  a “escuchar” (que diría Bajtin), los antagonismos.  El  acontecimiento indica que algo diferente e imprevisible se ha producido; es una interrupción anunciadora de un porvenir; mirar el abismo y crear las formas del futuro con una ética que divida las conciencias, que no busque armonías sino rupturas. Una ética que ceda ante el deseo, ese imperativo ético lacaniano que representa Antígona.  Lo dicho nos obliga a tomar riesgos con el deseo, y se hace imprescindible citar de nuevo a Lacan: “El deseo, lo que se llama el deseo basta para hacer que la vida no tenga sentido si produce un cobarde”. Pero no insistiré más por ahora, tomo otra juntura. 

            Y un paso más adentrándome en el laberinto, me conduce a Borges y una intuición sobre el acontecimiento: “En tiempos de auge—escribe en Historia de la eternidad—la conjetura de que la existencia del hombre es una cantidad constante, invariable, puede entristecer o irritar: en tiempos que declinan (como éstos), es la promesa de que ningún oprobio, ninguna calamidad, ningún dictador podrá empobrecernos”.  Si todo decir tiene la muerte por principio, y enfrentarse con la muerte solo pasa con lo Bello, hay sí acontecimientos, formas de decir que nos han determinado. La Biblia, el Korán, el Popol Vuh, el Chilam Balam,  pero no menos el pensamiento  y la tragedia griegos: Antígona, que pasó al mito cristiano en la figura de Cristo, como hay un acontecimiento Edipo. También hay un acontecimiento Sócrates, Aristóteles, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino,  Dante, Petrarca,  La carta colombina, el Lazarillo, La Celestina, Giordano Bruno, Galileo, Copérnico, Lutero, el Inca Gracilazo,  Velásquez, Cervantes, Shakespeare, Sor Juana, Descartes, Goya,  Kant,  Rousseau, Hegel,  Darwin, el matemático Evariste Galois (que descubrió la teoría de los grupos, que luego desarrollará Cantor),  Baudelaire, Dostoievski, Rimbaud, Mallarmé, Marx, Freud, Unamuno,  Valle Inclán, Darío, Juan Ramón, Einstein, Kafka, James Joyce, Heidegger, Borges, Lacan....

Algunos acontecimientos son transculturales (no me atrevo a llamarlos universales), porque nos han determinado: Freud delimitó con claridad los tres traumas infligidos al narcisismo del ser humano, descentrándolo—el trauma psicológico (el poder del inconsciente sobre el yo consciente), el trauma biológico (la descendencia animal descubierta por Darwin), y el cosmológico (la tierra copernicana ya no es el centro del universo), y uno que se le escapó a Freud, el descentramiento tecnocientífico de lo geopolítico (el marxismo y su teoría del síntoma). No hemos de olvidar los acontecimientos históricos: la caída del Imperio Romano,  el llamado  “descubrimiento de América”,  la Revolución Francesa,  la Revolución Norteamericana, las Guerras de Independencia Latinoamericanas,  la abolición de la esclavitud,  las guerras mundiales. la Revolución Rusa, la Mexicana, Aushwitz, la Revolución  Cubana, y sin duda, el 11 de septiembre del 2001. 

Sé que les he ofrecido una burundanga—dicho en puertorriqueño—un coctel,  y es imprescindible  establecer distinciones. He mencionado algunos acontecimientos de escritura que nos demuestran que la verdad no es transparente, que tiene sus reversos y contradicciones,  y muchas vestimentas.  Estos acontecimientos de escritura nos presentan los síntomas sociales; hablan desde los bordes, desde el descentramiento, y  se crea a partir de una transgresión radical de las normas y la doxa, y las pretensiones de hegemonía y sus aporías que  nos incumben a todos. Hay, además,  otras formas de decir, que han configurado no solo el destino individual, sino los destinos humanos: la Biblia y todo libro sagrado, y todo aquellos que ha formado lo que se conoce como occidente (pues al occidente me limito): desde el pensamiento griego, al imperio romano y al cristianismo. Otros vimos han asestado golpes en el corazón de las tinieblas del narcisismo humano, donde habitan la depredación y el odio al prójimo, y eso que Freud llamó “el narcisismo de las pequeñas diferencias” que nos induce a  agarrar de inmediato el garrote en cuanto un edificio ideológico gana consistencia al  organizar su material prima en un relato coherente (“el judío”, “el moro”, “el negro”). Los libros maestros abren una brecha y nos inducen a dominar  la “Cosa””: el temor y el odio al otro. Pero volvamos sobre el caballo que monto.

            La ruptura  del canon solo se reconoce con el paso del tiempo, en lecturas retroactivas (el après coup lacaniano). Modifican retroactivamente el presente, son de acción retardada  o diferida , la causalidad después del suceso. Se trata de una articulación distinta del  pasado, del presente y del futuro; nos permiten (y es evidente que establezco nexos con el psicoanálisis) establecer una arqueología del pasado viviente –cómo se vive el pasado en los monumentos, en los documentos de archivos, en la evolución semántica, en los rastros, en la tradición, como dice un famoso texto de Lacan, “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”.   Ya San Agustín hablaba del “tiempo presente de las cosas”, y lo alegra a partir de un poema.; a Unamuno tampoco se le escapa, y escribe:

                                               Nocturno el río de las horas fluye

                                               Desde su manantial que es el mañana

                                               Eterno....

 

            Son textos que nos permiten leer el futuro; inventan una nueva forma de discurso –vínculo social--, cuyas posibilidades y leyes y poder son inseparables de la verdad que crean. Anudan y desanudan el presente, el pasado y el futuro; me atrevo incluso a establecer más nexos con el psicoanálisis, cuando Lacan afirma  en “Función y campo”...que la única meta del análisis es el advenimiento de un relato verdadero y la comprensión del sujeto de su propia historia en su relación con un futuro.

            Pero anudar y desanudar no son aquí solo metáforas. No solo los textos anudan y desanudan, también el acto de lectura. Hay algo ahí muy sorprendente y adecuado para retenernos. Y me permito dos libertades: citar a Borges y a Primo Levi. Del primero son estas rutilantes palabras: “A veces creo que los buenos lectores son cisnes aún más tenebrosos y singulares que los buenos autores”, escribe en Historia universal de la infamia.Mientras Levi  toma otro giro, no menos singular: “en el acto mismo de la citación yace la causa  de nuestro destino, de nuestro estar aquí”.  De no haber esta transferencia—y empleo a propósito un término lacaniano que define la relación entre analizante y analizado—será imposible anudar y desanudar; o dicho de otra manera, desescribir el futuro que se experimenta como si estuviera escrito y estructurado por las palabras y los hechos con los que se ha identificado. Nos permiten, pues, desescribir el futuro, borrarlo y no caer en la repetición  de las identificaciones.

            Modernos, contemporáneos, clásicos,   todos—cada uno a su aire, y con su trabajo de lalengua—explora las manifestaciones  del bien y del mal en el punto de intersección de la subjetividad singular y de la organización social en una dimensión nueva de la condición humana: los trastocamientos del vínculo social.  Recogen ese malestar de la cultural, ese estar mal en el mundo, esa incomprensión, esa maldición por ser humanos –“fieramente humano” que dirá Dámaso Alonso--, que siempre convierte nuestro destino en trágico. Del tedio a la lucidez, del delirio a la desesperación,  de Góngora a Sor Juana a Darío los ojos miran; y la mirada nos atrapa, porque no estamos libres, no somos libres, solo para desear. Y es deseo, es aquello que nos lleva—aunque no queramos—a sumir los riesgos de la aventura humana. Pero, ¿no nos indican también, con palabras temblorosas de miedo y deseo, que mientras vivimos, dejemos dormir los propósitos, que nos olvidemos de nosotros mismos, que nos olvidemos de la muerte?  Estos  contemporáneos nos dicen, tal vez, que la grandeza de un espíritu debe medirse por el tiempo que es capaz de perder.

            No es todo,  hay un plus. La lacaniana es una escritura que atrae y rechaza, seduce y dice no; es una escritura (o una voz) que habla desde la frontera, desde el margen,  una voz rebelde que rehuye el centro, porque sabe muy bien (y lo dice de mil formas), que en el centro están los universalismos y los discursos amo que nos domestican y someten. Su  estilo refleja esa postura: lo logra por antífrasis, por paradojas, por vueltas y revueltas. Sus textos acogen un aumento de suplicio; dan la bienvenida a todas las tormentas y tensiones del antagonismo violento, de la infatuación, de la risa, de las lágrimas y del olvido. Recoge los momentos de crisis, sus síntomas, amenaza invadir la vida diaria. En cuanto trabajador de la palabra, le da nueva vida a la palabra, nos enseña a buscar la palabra plena, y claro está, la seducción y la responsabilidad. Con gimnasia retórica hace grietas, fracturas; inventa formas de discurso cuya capacidad para la fascinación, y para hipnotizar son inseparables de la verdad que crean. Su discurso no se ha agotado; desarticula, despedaza, los lenguajes de la legitimidad, los significantes Amo, desplaza la identidad,  convoca el desarraigo. Y otra cosa: resiste el tiempo y al tiempo, porque su lectura  es siempre retroactiva, nos adelanta nuestro futuro, desvelan las ficciones que nos hemos creído. Desde la ética, a la palabra escrita, a la lectura, a la comprensión, a los discursos que nos mueven, al reverso de los discursos, al arte, al lenguaje: sin olvidar sus paradojas: como aquella de no se puede creer excesivamente en lo que se puede comprender. ¿Dónde quedan Habermas, Rorty y todo el pragmatismo moderno?

El acontecimiento Lacan –ese hablar siempre desde la frontera--a mí me ha obligado a repensar mi propia escritura y el pensamiento de forma radicalmente distinta. Si el acontecimiento es un decir, y la verdad solo puede decirse a medias, todo decir a medias de lo verdadero tiene a la muerte por principio; y nos recuerda con textos y palabras ejemplares solo posibles en un lector atento al menor ruido y al menor silencio, que el enfrentamiento con la muerte solo pasa con lo Bello. Bajtin también   encuentra en el fondo del acontecimiento dialógico una historia en movimiento, dramáticamente abierta, que excluye toda descripción conceptual metafísica y que solo se puede expresar en formas continuamente reinterpretables, y cuya continua reacentuación es siempre una elección  cotidiana práctica, que modifica la vida de quien la hace y el mundo en que esta persona vive.  Lo dicho por ambos tiene su peso.

            No puedo resistir  otras tentaciones, no sin enroscar mi hilo  finalmente en  que el acontecimiento Lacan  rompe lanzas por una política de la ruptura (retomada por Badiou), y una escisión del lazo social; un proceso radical de división de lugar, que nos invita a tomar en cuenta la carcoma de lo heterogéneo,  a “escuchar” (que diría Bajtin), los antagonismos. Ruptura y disonancias, que sostienen una ética que no cede ante el deseo, ese imperativo ético lacaniano que representa Antígona.   Lo dicho nos obliga a tomar riesgos con el deseo, y se hace imprescindible citar de nuevo a Lacan: “El deseo, lo que se llama el deseo basta para hacer que la vida no tenga sentido si produce un cobarde”. El  acontecimiento indica que algo diferente e imprevisible se ha producido; es una interrupción anunciadora de un porvenir; mirar el abismo y crear las formas del futuro con una ética que no una, sino que divida las conciencias, porque toda ética que no incorpore su reverso es solo bienaventuranza y engaño edulcorado. Pero no insistiré más por ahora. 

Y ya casi finalizo. Lacan es un acontecimiento que nos ha determinado. Y un paso más adentrándome en el laberinto, me conduce a Borges y una intuición sobre el acontecimiento: “En tiempos de auge—escribe en Historia de la eternidad—la conjetura de que la existencia del hombre es una cantidad constante, invariable, puede entristecer o irritar: en tiempos que declinan (como éstos), es la promesa de que ningún oprobio, ninguna calamidad, ningún dictador podrá empobrecernos”.  Esa es la invitación que me ha hecho Lacan, esa  es la palabra de su banquete. Y ahora, sentada en esa mesa solo me cabe añadir las transformaciones que el acontecimiento Lacan ha marcado en mi propio decir, en mi escritura.

Este mi héroe—y como todo héroe, trágico—me ayuda a comprender la neurosis moderna, los síntomas, las estrategias y tretas y abismos del lenguaje, la paradoja y su envés, la lectura retroactiva o el après coup, e intentar desescribir nuestro pasado para reescribir nuestro presente. Me ha enseñado que hay una equivocidad  necesaria para que la expresión sea justa. Me invitado--nos invita-- a retomar una y otra vez lo que sabe el poeta: que las palabras se eligen siempre con alguna equivocación. Nos elabora una teoría del lenguaje que se apoya en la convicción de que una lengua nos es más que la totalidad de los equívocos que su historia ha dejado persistir....como escribe en El atolondradicho.

Con su retorno a Freud, y su desarrollo de conceptos fundamentales para la teoría y la teoría literaria nos alerta de que el cuerpo está recortado por el lenguaje, y que es necesario aprender a leer sus síntomas. Su ética está vinculada al deseo...y así, vuelve a Aristóteles, y traduce la virtud como modo de deseo o disposición, lo que tiene como consecuencia una nueva interpretación sobre la doctrina del bien que servía al dominio del amo antiguo. Finalmente, y no es todo, su lectura de Kant con Sade muestra la ley y su envés, y nos refuerza lo que saben los poetas: que cuando están en juego el placer y el dolor, la función del lenguaje fracasa. Y como apostilla o suplemento, nos conduce a escuchar—como Bajtin—a tomar en cuenta que la gran literatura solo tiene un tema: el mal, y no ignora su relación con la metafísica y el utilitarismo.

Y para terminar el porqué Lacan se ha hecho imprescindible en mi pensamiento y en mi escritura,  subrayaría que nos esclarece con lucidez barroca, la compleja relación entre lenguaje y verdad—cosa que mi maestro Unamuno sabía. Compleja en tanto que cada teoría de la verdad implica una forma de lenguaje.

Transformaciones que el acontecimiento Lacan ha marcado en mi propio decir, en mi escritura.

Este mi héroe—y como todo héroe, trágico—me ayuda a comprender la neurosis moderna, los síntomas, las estrategias y tretas y abismos del lenguaje, la paradoja y su envés, la lectura retroactiva o el après coup, e intentar desescribir nuestro pasado para reescribir nuestro presente. Me ha enseñado que hay una equivocidad  necesaria para que la expresión sea justa. Me invitado--nos invita-- a retomar una y otra vez lo que sabe el poeta: que las palabras se eligen siempre con alguna equivocación. Nos elabora una teoría del lenguaje que se apoya en la convicción de que una lengua nos es más que la totalidad de los equívocos que su historia ha dejado persistir....como escribe en El atolondradicho.

Con su retorno a Freud, y su desarrollo de conceptos fundamentales para la teoría y la teoría literaria nos alerta de que el cuerpo está recortado por el lenguaje, y que es necesario aprender a leer sus síntomas. Su ética está vinculada al deseo...y así, vuelve a Aristóteles, y traduce la virtud como modo de deseo o disposición, lo que tiene como consecuencia una nueva interpretación sobre la doctrina del bien que servía al dominio del amo antiguo. Finalmente, y no es todo, su lectura de Kant con Sade muestra la ley y su envés, y nos refuerza lo que saben los poetas: que cuando están en juego el placer y el dolor, la función del lenguaje fracasa. Y como apostilla o suplemento, nos conduce a escuchar—como Bajtin—a tomar en cuenta que la gran literatura solo tiene un tema: el mal, y no ignora su relación con la metafísica y el utilitarismo.

Y para terminar el porqué Lacan se ha hecho imprescindible en mi pensamiento y en mi escritura,  subrayaría que nos esclarece con lucidez barroca, la compleja relación entre lenguaje y verdad—cosa que mi maestro Unamuno sabía. Compleja en tanto que cada teoría de la verdad implica una forma de lenguaje. El acontecimiento Lacan me ha obligado a repensar el lenguaje y su límite, porque se trata del esfuerzo que tiene que hacer  cada uno de nosotros para situar aquello que excede el lenguaje y a la razón. Lacan me induce--nos induce a todos los trabajadores de la palabra-- a tener muy en cuenta al inconsciente, y nos refuerza que los seres humanos no somos solo razón, sino aquello que ya sabía Goya, gran crítico del racionalismo y la ilustración. De la mano de Lacan, y prendida de sus voces, me he visto obligada a releer a mis grandes inspiraciones—Sor Juana, Marx, Freud, Darío, Unamuno, Valle Inclán, Bajtin, Benjamín--, y aprender a leer con otros ojos y al sesgo. Podría continuar, solo debo añadir que sin Lacan los textos que escribo serían más chatos, y sin su pensamiento hubiera sido imposible leer  en retroactivo, o valorar el legado que aquellos héroes trágicos que son nuestro patrimonio, nos han dejado.

Podría continuar, solo debo añadir que sin Lacan los textos que escribo serían más chatos, y sin su pensamiento hubiera sido imposible leer  en retroactivo, o valorar el legado que aquellos héroes trágicos que son nuestro patrimonio, nos han dejado.

 

Referencias:

Jacques Lacan. Los no incautos yerran (Les non dupes errent). Texto mecanografiado de la Biblioteca Freudiana, 1974.

----. La ética del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 1991.

----. El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires:Paidós, 1992.

  Imágen: © landrea - Fotolia.com. Para Estudios de Historia Cultural.







 
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