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ENSAYO
     

 

 

La República Ludens

Álvaro Vázquez Mantecón

 

 

 

En alguna de sus muchas andanzas, Periquillo, el personaje creado por José Joaquín Fernández de Lizardi, se convirtió en tahúr. Por espacio de seis meses, y bajo la tutela de su experimentado amigo Januario, vivió de las ganancias obtenidas en diversos corrillos de cócoras, aficionados a los naipes. Aprendió todas las argucias propias de los albures: amarrar, dar boca de lobo, dar ratrillazo, hacer la hueca, dar la empalmada, colearse, espejearse… las ganancías obtenidas en el juego le permitieron llevar por un tiempo una vida con ciertos lujos. Pero sobre todo conoció el placer de desafiar lo indescifrable: el azar. Periquillo también descubrió que en el juego se podía conocer a la sociedad en la que vivía. Para él, cada partida era un escaparate en el que se podían observar los sueños, defectos, frustraciones y esperanzas del ser humano. “Conocí que es una verdad que (el juego) es el crisol de los hombres, porque ahí se descubren sus pasiones sin rebozo…” Veía que, al calor de la ambición, los jugadores mostraban su verdadero carácter:

 

El provocativo, el truhán, el soberbio, el lisonjero, el irreligloso, el padre consentidor, el marido lenón, el abandonado, la buscona, la mala casada, y todos, todos, confiesan sin tormento el pie de que cojean; y por hipócritas que sean en la calle, pierden los estribos en el juego, y suspenden toda apariencia de virtud, dándose a conocer tales como son.1

 

Hay dos tradiciones antiguas en México: el juego y su condena. Los gobiernos coloniales trataron infructuosamente de erradicar la afición de los novohispanos por el azar. Un discurso moralizante de la sociedad novohispana condenó al juego por su naturaleza pecaminosa, en tanto que en él confluían dos pecados capitales: la pereza y la avaricia. Hacia los últimos años del régimen virreinal aparecerían opúsculos que, como los Apuntes: discurso sobre los daños del juego, de José Miguel Guridi y Alcocer (1798) trataron de convencer a la sociedad de que el juego es un vicio al que se accede únicamente por debilidad y del cual no puede venir nada bueno:

 

Entre tanto la ociosidad, la tristeza, la sugestión, el contemporizar con las gentes, y sobre todo, nuestra propensión al mal, me precipitaron en el vicio del juego. Yo le había tenido antes aversión declarada, pero desapareció enteramente, y me hallé un jugador hecho y derecho con todas las cualidades que exigen los profesores en un buen tahúr, que son las que conducen a que se deje uno ganar… Estas prendas, que forman un héroe del tahurismo, produjeron un vacío inmenso en mi bolsillo y yo he padecido las aflicciones y sinsabores que a todos acarrea semejante ocupación.2

 

Muchos elementos de esta condena al juego siguieron vigentes en los primeros años del siglo XIX. En El Periquillo Sarniento Fernández de Lizardi se entretiene tanto mostrando la diversión existente en torno al azar que encuentra obligado escribir algunas páginas moralizantes para condenarla: “Todas estas reflexiones, hijos míos, os deben servir para no enredaros en el laberinto del juego, en el que una vez metidos os tendréis que arrepentir quizá toda la vida (…) y aun con los gustos que da se pagan con un crecido rédito de sinsabores y disgustos…”.3

 

 Sin embargo, a pesar de las reiteradas prohibiciones del gobierno virreinal y las condenas de clérigos y literatos, la sociedad novohispana practicaba asiduamente el juego. Los primeros gobiernos del México independiente, al igual que los coloniales, continuarán la emisión de bandos, reglamentos y leyes que combaten a los juegos de azar, aunque por su insistencia manifestaban su escasa efectividad. Lo único que cambiará es la argumentación –ahora secular y republicana- que caracteriza a las leyes de prohibición4. Pero las zahúrdas de jugadores, constantemente acosadas –o solapadas- por las autoridades, siempre encontraban el lugar para pasarse un buen rato apostando en torno a una mesa y con una baraja.

 

¿Quiénes juegan en la primera sociedad mexicana? Todos. Una litografía de Claudio Linati de 1828 muestra a un heterogéneo grupo de jugadores que echan albures en la vía pública, a escondidas de los serenos y gendarmes que patrullan la ciudad. La composición del grupo es variada: en torno a un tapete con naipes y monedas se agrupan un militar, un ranchero, un lépero, dos artesanos y un señorito citadino que está a cargo de la talla o repartición de las cartas. Todos los estamentos de una sociedad profundamente jerarquerizada se encuentran en el juego. En torno al azar se disipan las diferencias, y aunque sea por un momento, viven una especie de igualdad republicana. Pero más que costumbrista, la imagen dibujada por Linati es simbólica. Por lo general la sociedad mexicana del siglo XIX jugaría en espacios separados.

 

Para léperos y pelados el espacio por excelencia para pasar los ratos de ocio –y para jugar- fue la pulquería. En el caso de la ciudad de México, estaban situadas en los barrios de la periferia, desde que el virrey Mancera decidió alejarlas de las calles principales del centro de la ciudad para evitar los disturbios de borrachos. Las pulquerías eran jacalones con nombres curiosos: La Nana, Los Pelos, La Retama… Ocasionalmente estaban adornadas con pintura en la pared; un charro, una riña, escenas taurinas y en ocasiones algún prócer de la patria, o bien, hacían burla de algún político del momento. Los asistentes bebían el pulque en cajetes de barro o bien en vasos de vidrio verde. Como aperitivo se servían casuelitas de chiles verdes y sal. Guillermo Prieto recordaba de la siguiente manera el bullicio que imperaba entre los hombres y mujeres que concurrían a este tipo de lugares: “Imposible es describir el griterío, el barullo, el tono de tumulto de la pulquería; gritos, silbidos, riñas, retozos, lloros, relinchez, rebuznos, todo se mezclaba a los cantos del fandango y al sonoro ¿dónde va lotra? del jicarero.”.5

 

Era común que en las pulquerías se jugara a la rayuela, o la pítima o tuta, una versión de la rayuela que se jugaba con monedas en lugar de tejos de bronce. También se jugaba a los naipes (rentoy y albures) sobre mesas o sobre el suelo, en torno a una frazada. Guillermo Prieto describió en Memorias de mis tiempos el ambiente, en su opinión tan cercano a lo ilícito, que privaba en las pulquerías:

 

Se cantaban canciones obscenas, se jugaban albures con barajas floreadas, se hacía campo a las bailadoras del dormido y del maleriado; en una palabra, se daba gusto Satanás en aquel conjunto privilegiado por su estimación y cariño.6

 

El juego y la sensibilidad –con las que “se daba gusto Satanás”-, característicos de las pulquerías, fueron continuamente combatidos por autoridades y moralistas. Los ayuntamientos de la ciudad lanzaban, una y otra vez, disposiciones para tratar de evitar desórdenes en el interior de ellas. Unas veces restringían el horario en que podían atender a los clientes; otras, prohibían la presencia de músicos y la permanencia de los parroquianos un lapso mayor del que les tomaba ingerir un vaso de pulque.7 Esta última disposición dio lugar a que en algunos establecimientos se colgaran carteles que decían: Vayan entrando, vayan bebiendo, vayan pagando y vaya saliendo…8 Y siempre, los bandos municipales prohibieron el juego en el interior de las pulquerías.9

 

Entre los asistentes a éstas, las riñas por celos o desacuerdos durante el juego eran comunes. George F. Ruxton, un viajero inglés que recorrió el país en los días previos a la invasión estadounidense, se aventuró a recorrer de noche los barrios bajos en la ciudad de México. De su relato se obtiene una imagen estremecedora del resultado de un pleito entre jugadores. Mientras algún jugador agoniza, probablemente un tramposo, su agresor continúa tranquilamente con la partida:

 

Después de dejar la pulquería, visitamos, sin temores, las casuchas donde esa gente se reúne para pasar la noche, socios cuartos donde los hombres, mujeres y niños duermen envueltos en sarapes, o en grupos, jugando cartas, firmando ferozmente, discutiendo y peleando acaba el día.

 

Nos llamó la atención el llanto de una mujer que, en la oscuridad casi total de un rincón, atendía a un hombre cubierto con un zarape que había sido herido en el pecho. La mujer, semidesnuda, intentaba en vano consolar el dolor de aquel hombre.

 

El herido acababa de ser apuñalado por un lépero con el cual había tenido una disputa por un juego de cartas y que permanecía sentado tranquilamente, a un metro del hombre herido, continuando el juego con otro; con el cuchillo aún manchado de sangre junto a él.

 

La herida era evidentemente mortal pero ninguno de los presentes brindaba la menor atención al hombre herido, excepto la mujer que, fiel a su naturaleza, trataba de reanimarlo.10

 

En algunas pulquerías había, al lado de las tinajas, un apartado para la “gente decente”. Se trataba de un cuarto cerrado con las paredes hechas de tablas, con mesas y manteles, donde se encerraban según el recuerdo de Guillermo Prieto, “frailes de cerquillos alborotados, jefes y oficiales, mugrosos y balandrones, artesanos ladinos y chicas de la vida alegre descotadas, risueñas…”11 sin embargo, en una sociedad profundamente marcada por las diferencias de clase, los espacios del juego también estaban separados por el estamento al que pertenecían los jugadores. Para los señoritos de clase media y alta había otros lugares donde podían jugar tranquilamente, sin el peligro inminente de morir acuchillados en una riña.

 

Uno de esos espacios eran los cafés, habitualmente situados en calles céntricas de la ciudad. Algunos, como La Sociedad del Progreso que estaba al lado del Teatro Principal, tenían un ambiente de lo más inocente. A él asistía todo tipo de gente. Desde rancheros que acudían a tomar soletas con nieve de limón hasta familias enteras que daban cucharadas a su mantecado. Algunos asistentes mataban el tiempo antes de entrar a la ópera (el café tenía un acceso al teatro) jugando ajedrez, a la damas o al dominó. También tenía un apartado para jugar billar, donde se corrían pequeñas apuestas. En otros, como el Café del Sur, privaban en la conversación los chismes y comentarios políticos. 12 Algunos parroquianos se ocupaban de organizar partidas de ajedrez, damas y dominó (a pesar de que un bando emitido en 1832 había prohibido la realización de este último juego en el interior de cafés y “demás casas de concurrencia pública”).13

 

En otros cafés el ambiente no parece haber sido tan familiar. Era el caso de La Gran Sociedad, que estaba dividido en cuatro secciones: café, billares, nevería y hospedaje. Los parroquianos, según lo recordaba Guillermo Prieto, eran vagos de cierta categoría: comerciantes, empleados del gobierno, oficiales del ejército, hacendados, que se mezclaban con tahúres y cómicos: “caballeros de industria y niños de casa grande, como se les  llamaba, holgazanes y prostituidos”. En una palabra, eran los calaveras, beneficiarios de la parranda decimonónica, quienes por las tardes

 

…se envolvían en una atmósfera de humo de tabaco y formaban grupos en las mesas, ya de disputadores políticos, ya de obscenos oficiales que escupían por el colmillo y daban alas a la crónica escandalosa; ya de gentes de éstas que se dicen decentes, sin oficio ni beneficio, que viven de parásitos de su familia, de sus amigos y del Erario, que ven como capital enemigo al trabajo honrado.14

 

Este último punto es revelador. A lo largo del siglo XIX los liberales (como Prieto) condenaron al juego porque representaba una oposición al  “trabajo honrado”, el valor ético secular que conduciría a la sociedad al progreso. Sin embargo, los jugadores no hacían caso de las prohibiciones legales ni de las críticas de los moralistas y seguían organizando partidas en pulquerías y cafés donde como en café de Veroly, había mesas exclusivamente destinadas a las cartas y el dominó.15

Pero no todo el juego se hacía en lugares públicos. También en las tertulias y reuniones de “buena sociedad” tenía un lugar importante. Durante el verano se organizaban veladas en las fincas campestres que algunos aristócratas poseían en los pueblos aledaños a la ciudad de México, como San Ángel, Mixcoac y Tacubaya. Ahí el juego se combinaba con otras diversiones, todas ellas muy decentes. Ponían juegos de prendas, cantaban y se hacían cuadrillas de baile. También se organizaban partidas de naipes (malilla y tresillo) donde frecuentemente se corrían pequeñas apuestas. Se jugaban albures, aunque con cierto tinte piadoso. A pesar de que la Iglesia condenaba el juego, las señoras solían invocar a Santa Lucía para que en el siguiente reparto saliera el dos de oros; apostaban al tres pidiendo fortuna a la Santísima Trinidad; rezaban  a Santiago Matamoros para que saliera el caballo; o bien, asociaban la carta del rey con plegarias al Rey David.16

 

En los juegos de salón niños y jóvenes serían introducidos a esa lógica de representación del mundo que implican  los juegos de mesa. Jugaban a las damas, al nuevo coyote, a juegos de tableros y dados como el juego del circo y la oca, con sus variantes gráficas, como el juego de los charros contrabandistas, seguramente inspirado en Astucia…, la novela de Luis G. Inclán. A veces los juegos encubrían una finalidad didáctica, como el caso del Sitio de Puebla y el Sitio de Sebastopol, variantes de las damas. Aquí la finalidad es que el niño juegue al tiempo que recrea gestas nacionales y momentos importantes de la historia mundial. Muchas de las imágenes presentes en este tipo de juegos, como las figuras de la lotería de cartones, insisten en la representación de figuras de tinte nacionalista: el chinaco, el guaje, la silla charra, el nopal…en todos estos juegos de mesa se aprenden las reglas y los valores de la sociedad en la que se encuentran inmersos.

 

Para la sociedad mexicana del siglo XIX el  juego era una forma de entretenimiento y a la vez un peligro latente. En algunas regiones de provincia, concretamente en Los Altos de Jalisco, se utilizaban los naipes para narrar “La vida de Don Biján”. Se trataba de un cuento versificado sobre la historia desgraciada de un jugador. Los pasajes eran ilustrados por las cartas de la baraja española, que eran colocadas una a una sobre la mesa al tiempo que se recitaba el verso. Además de entretener a los niños, las coplas advertían sobre la maldad asociada a los juegos de azar:

 

Nobilísimo auditorio,

decidme si no he de enfadar,

para dar principio y fin,

a la vida de este famoso Birján

            (se mostraba el rey de espadas)

 

Era de muy nobles prendas,

de una crianza sin igual,

mas su maña cabeza,

se llegó a desbaratar.

salió del juego enfadado

y casi al despertar,

 

Se encontró con este caballero,

y luego empiezan a hablar.

            (caballo de copas)

¿Qué hace Ud. Amigo don Birján?

¿Todavía es Ud. Hombre rico, hombre casado?

Mujer busco para hacerlo, porque creo puesto en estado,

dejaré el maldito juego, y viviré sosegado.

 

El caballero le ofrecía a don Birján que tomara a su hija por esposa, poniéndole una dote generosa (“pues aunque la niña era fea, su oro la disimulaba”). Pero Birján no pudo evitar volver al juego, y perdió la dote de su esposa en os albures. Trabajaba y rehacía su fortuna, aunque siempre la volvía a perder en el juego. Finalmente, la avaricia conducía al personaje a convertirse en asesino:

 

Salió del juego enfadado, y casi al desesperar,

cuando se encontró este caballero

            (caballo de oros)

Y luego empiezan a hablar.

¿Qué anda Ud. Haciendo, amigo don Birján?

Ando en busca de un socorrito que me pueda consolar.

Vaya ese escudito que lo podrá remediar,

Más siendo Ud. Hombre rico y de tanto decoro,

No es suficiente ese escudito, vaya este par de onzas de oro.

            (dos de oros)

Admirado don Birján de ver tanto dineral

Le preguntó: amigo, ¿cómo ha podido reunir Ud. Tanto caudal?

Sé el oro y plata sellar.

Enséñeme Ud. El troquel,

A ver si viendo aprendo el oro y plata sellar.

Aquí tiene Ud. El troquel.

            (as de oros)

Le entró a Birján la codicia,

Metió mano a su espada

Y le dio dos, tres, cuatro y cinco cuchilladas,

             (dos, tres, cuatro cinco,

Seis, siete heridas mortales.

           Seis y siete de espadas)

 

Mas don Birján no atendió,

que detrás de este nopal,

         (as de batos)

estaba esta india parada,

         (sota de espadas)

lo que de todo día cuenta

a un teniente de Acordada.

 

El que al instante salió, con espada en mano

          (caballo de espadas)

y por mandato de estos tres abogados

         (reyes de oros, copas y bastos)

fue don Birján sentenciado

a morir en estos cuatro palos amarrado.

         (cuatro de bastos)

 

La baraja era una de las formas más difundidas para el juego y la apuesta en el México del siglo XIX. Eran tan populares los juegos de cartas que durante la primera mitad del siglo el gobierno había mantenido la disposición colonial que le reservaba el monopolio de la fabricación y venta de naipes, lo que significaba una fuente de ingresos nada despreciable. Las cartas acompañaban a los soldados y a los arrieros en sus recorridos a lo largo del país, y eran un elemento importante en el uso del tiempo libre. ¿De qué otra manera pasar los ratos libres en pueblos y rancherías alejadas del bullicio de la capital? Incluso los curas de pueblo, como aquel retratado por Hilario Frías y Soto en su Álbum fotográfico, no pueden evitar matar el tedio echando albures con la baraja.17

 

Las novelas costumbristas del siglo pasado consignan la presencia de los naipes en la vida cotidiana de pueblos, ranchos, haciendas y ciudades. En Astucia, el jefe de los hermanos de la hoja o los charro contrabandistas de la rama, novela de aventuras –tan larga como su nombre- escrita por Luis G. Inclán, se narran varios episodios en los que los juegos de cartas son fundamentales en la diversión y ocio provinciano. En alguno de ellos, los invitados a una hacienda no lo dudan: apenas se pone el sol, alguien propone que se organice una partida de naipes; por supuesto, con apuesta…

 

-       Señores, si a ustedes les parece, pondremos burlote, gánenme este pico, yo las tejo.

-       ¡Sí, sí –contestaron- burlote! ¡póngalo, don Pepe!- (…) empecé a echarles albur y gallo; admitía algunos tecolotes, todos menos, parejitas, pares y nones, cuando me ofrecían; estuvieron de malas y en dos por tres los recogí. Empecé a subir caja, el amo se picó, mandó traer dinero dos o tres veces, y el resultado fue que a las doce de la noche tenía yo ochocientos y pico de pesos en dinero y cuatrocientos en cajas.18

 

“Burlote”, “ganar un pico”, “tejerlas”, “admitir tecolotes”… A la distancia del tiempo, las fraces de los jugadores casi son incomprensibles. Escritor nacionalista, Inclán buscaba retratar en su novela la manera de hablar de los charros, a quienes consideraba representantes del “verdadero carácter mexicano”. Y encuentra en el juego la posibilidad de nutrirse con un amplio vocabulario local. En oro episodio Inclán describe cómo un grupo de jugadores de una ranchería en Michoacán acude por la noche a la trastienda del único comercio de la localidad a jugar al rentoy (variante mexicana del mus). El autor pone énfasis en la descripción de las frases emitidas por los jugadores:

 

-       Envidio –gritó lleno de entusiasmo.

-       Quiero –respondió uno de los jugadores.

-       Van tres más –agregó otro.

-       Pues que se acabe –replicó el cuarto-, échense fuera, este es su rey.

-       Mi dos y no llora.

-       Este cuarto como tortilla de quince viernes.

-       Aquí está la ley –dijo el último dando manazos en el mostrador.

-       Copa, copa –gritaron todos-, echa copa, Zambo, y no andes con miserias que para todo da el naipe.19

 

Las ferias constituían otro espacio, habitualmente rural, en el que se practicaba abiertamente el juego, como un lugar de excepción a las leyes que prohibían toda forma de diversión relacionada con el azar. Las ferias provincianas, importantes para el comercio regional, eran atractivas para los tahúres y vendedores ambulantes. En Los bandidos de Río Frio, Manuel Payno relata cómo los barilleros que vendían espejos e hilos de colores y los tahúres ambulantes llegaban a la feria de Tepetlaoxtoc equipados con pequeñas ruletas, barajas, dados y cascabeles. Se instalaban en la plaza y en la calle, junto a los puestos de fruta.20 El viajero inglés George F. Ruxton describió cómo en la feria de Lagos convivía gente de diverso origen social. Quienes se encontraban comúnmente separados en la cotidianidad, se unían en torno a los puestos destinados al juego:

 

            En la plaza había numerosas casetas de apuestas donde la gente de todas las clases se llenaban los bolsillos con montones de oro, plata y cobre. Aquí acudían el hacendado con sus doradas “onzas”, el ranchero con sus pesos de plata y el lépero con sus “tlacos” de cobre. En un puesto de regular categoría, donde la apuesta más baja era en pesetas, se congregaba una mezcla de todas las clases sociales. La mesa cubierta con paño verde exhiba tentadoras filas de oro y plata, rodeadas por emocionados rostros21.

 

Algunas ferias adquirieron fama precisamente por los juegos de azar que en ellas se levaban a cabo. La de San Agustín de las Cuevas (Tlalpan), por ejemplo, se celebraban durante la Pascua del espíritu Santo. Esta feria era especialmente esperada por los habitantes de la cuidad de México por la cantidad de juegos que se instalaban en ella. Según Antonio García Cubas “podía tenerse por el Baden-Baden o el Monte Carlo mexicano. Los que a Tlalpan se dirigían iban, como dice el refrán, por lana, y los que regresaban, volvían trasquilados, pues pocos eran los que venían con dinero en el bolsillo y raros, muy raros, los gananciosos”. En la feria se instalaban diversos puestos en los que se jugaban  con naipes, dados, carcamán y lotería de cartones.22 

 


El Valiente
Cartón de loteria siglo XIX




Los puestos pequeños colocados en la calle o en la plaza eran variados. Se jugaban alburitos, es decir, albures con la baraja. Se le llama así, en diminutivo, por la baja denominación de las apuestas (tlacos y cuartillas), que hacían que el monte no excediera los veinticinco pesos. En otros lugares se jugaba a los dados, que a decir de los cronistas de la época solían estar truqueados: los tahúres ponían azogue en su interior para que salieran los números deseados. También se hacía el juego de las tres cartitas (antecedente de “dónde quedó la boita”): un tallador repartía tres cartas (sota, caballo y rey, por ejemplo), las barajaba rápidamente y luego convocaba las apuestas de los asistentes para saber dónde había quedado alguna de ellas. Sobra decir que casi siempre ganaba.

 

Otro juego común y que atraía a muchos jugadores era el carcamán. Los carcamaneros solían recorrer todas las ferias del país con su puesto, razón por la cual recibían el nombre de misioneros. Sobre una mesa ponían un bastidor que contenía las doce figuras de la baraja española, más una roja y otra negra. El carcamanero tiraba con un cubilete tres dados y que marcaban cada una de las cartas a las que se apostaba. Pagaba las tres barajas señaladas por los dados y recogía el importe de las siete restantes. En realidad, buena parte del éxito del juego se debía al ingenio y simpatía del tahúr. Para llamar la atención de los transeúntes, el carcamanero recitaba versos picantes:

 

Entren y vayan entrando

Vayan todos apostando,

Con cinco se sacan seis

Y con seis se sacan diez.

 

Entren niñas bonitas, vamos entrando

 

En los cerros se dan tunas

Y en las barracas pitayas,

Y en las bocas de las viejas

Anidan las guacamayas

 

[…]

 

Al as, al dos, al tres,

Pongan al as, sin cautela,

Mientras me dice Marcela,

Si no es naranjo, lo que es,

 

Sigan y vayan entrando.

Se va, se tira y no hay reclamo;

Al ir ganando, se va pagando

Y al ir perdiendo se va recogiendo,23

 

Otro puesto común en las ferias era ruleta o imperial, juego que era obsesivamente prohibido por las autoridades. Se trataba de una rueda marcada con divisiones negras y coloradas, que tenían al interior una bolita que señalaba el número o color premiado. Al lado del artefacto se situaba un lienzo cuyas divisiones marcaban los números donde los jugadores ponían apuestas. Si ponían el dinero a un número y ganaban, recibían 36 a 1 de lo invertido; si lo ponían entre dos números se pagaba 18 a1; entre cuatro, 9 a 1. “con el alma en un hilo como se dice vulgarmente –describía Antonio García Cubas-, estaban pendientes todos los jugadores del vertiginosos rodar de la bolita, para adquirir, la mayor parte de ellos, al fijarse ésta en una de las divisiones, el desengaño de su triste suerte.”24

 

Había dos tipos de lotería de cartones: de número de figuras. De manera similar al carcamán, la persona que llevaba el puesto se valía del ingenio con el que cantaba las cartas para atraer jugadores. El hecho de estar dirigidas a un público en su mayoría analfabeto determinó que la imagen jugara un papel muy importante en este juego. En el caso de los números, buscaba símiles a la imagen. Por ejemplo, el 8 lo cantaba como los anteojos de Pilatos; el 22 como las palomitas; y para el 77, las alcayatas. Para las figuras también buscaba frases alusivas: el abrigo de los pobres, el sol; la arma de un valiente, el machete; va parriba San Lorenzo, la parrilla.25

 

Al menos en la feria de San Agustín de las Cuevas, uno de los juegos que estaban más organizados eran las partidas. También sobre este pesaban varias prohibiciones gubernamentales. Los empleados públicos, por ejemplo, tenían prohibido participar en este juego. Las partidas se efectuaban en puestos de diversas categorías. En los más elegantes la comida y la bebida iban por cuenta de la casa. En una mesa se reunían hombres y mujeres, de los cuales algunos alcanzaban asiento mientras que los demás permanecían parados en segunda y hasta tercera fila. Sobre la mesa se colocaba un tapete verde con cuadros negros, y encima se ponían las monedas de la apuesta sobre cada baraja repartida por el tallador. Antonio García Cubas, que asistió a estas sesiones, recordaba la emoción de los asistentes de la siguiente manera:

 

Ejecutadas las sucesivas operaciones, como barajar, alzar, tender las cartas de cada albur en el tapete y poner las correspondientes paradas o apuesta, el tallador dirigía a los circunstantes la expresada pregunta: ¿Están todos?,  a la que contestaba el director de la partida, después de cerciorarse de que ya no había otros puntos: Corre. Entonces el mismo tallador, con toda parsimonia, ejercía su oficio, en medio de un silencio profundo, que dejaba oír el débil ruido del aleteo de una mosca, y era de ver la diversa expresión que, en tales momentos, adquirían los rostros de los concurrentes revelando los sentimientos que interiormente los agitaban. Unos poníanse de encendido color, y demostraban en el semblante cierta zozobra; lívidos otros, expresaban en el gesto mortales ansias, y muy pocos, sin inmutarse, revelaban indiferente calma y una sangre fría admirable. Algunos, al deslizarse cada carta de la baraja acariciaba por la experta mano de tallador, creían ver en las extremidades, apenas visibles, de un dos de bastos, por ejemplo, las patas de un caballo o de una sota, figuras en las que habían cifrado su esperanza, sucediendo a la ilusión más completa la inmediata decepción. Por condescendencia del tallador, corría la baraja alguno de los puntos, el cual, según el temple y estado de ánimo, ejecutaba tal acto con firme o con trémula mano.26

 

Un espectáculo habitual en las ferias y asociado a las apuestas eran las peleas de gallo. En un redondel se situaba un gritón que coreaba a las aves que contenderían de la siguiente manera: “-Primer careado.- 4 libras 11 onzas.- Navaja libre.- vengan los gallos.” El gritòn anunciaba el momento en que se podían comenzar a correr las apuestas, mismas que eran recogidos por algunos corredores previamente acreditados por los dueños del palenque.27 Los corredores voceaban las apuestas, en busca de contraparte, en medio del barullo de los asistentes. La marquesa Calderón de la Barca comentó escandalizada que “…hasta las mujeres se entregaban a la influencia de la escena, apostando sotto voce desde los palcos que los caballeros a favor de sus gallos favoritos”.28 Mientras tanto, se ataban las navajas a los espolones de los gallos. Una vez casadas las apuestas, se cerraban las puertas y se probaban los gallos: los soltadores los juntaban, al tiempo que los encolerizaban arrancándoles plumas. Finalmente un sentenciador, o juez, certificaba la validez de las peleas. Había también un depositario, que recolectaba las apuestas y era enviado por el juez al ruedo para cerciorarse de que el gallo caído estuviese muerto. Una vez cobraban las apuestas, se volvían a abrir las puertas del palenque, para permitir la entrada de asistentes a la siguiente pelea.


Pelea de Gallos
Decoración de salterio, finales siglo XIX


 

Cuando no había feria, los jugadores empedernidos se veían obligados a acudir a casas clandestinas, habitualmente ubicadas en los barrios aledaños a la capital, donde creían estar a salvo de las miradas reprobatorias de una sociedad para la que, pequeña al fin, no había secretos. Sólo por un momento guardaban la ilusión del anonimato, aunque sus correrías no tardaban en estar en boca de todos. En Los bandidos de Río Frío, uno de los personajes creados por Manuel Payno, don Diego, el conde de Sáuz, lleva una doble vida. Suele salir por las noches a los barrios bajos de la ciudad;

 

¿Dónde iba el conde? En su casa nunca lo supieron; pero las gentes que en México cultivaban el ramo de la crónica escandalosa no lo ignoraban. Tenía sus tertulias de juego, y de muchachas del medio mundo, como se dice hoy, en la Cruz Verde, por el Parque del Conde, por el Puente Solano, por andurriales y casas misteriosas conocidas de los que se llamaban entonces calaveras; y allí, disfrazado, pues no se daba a conocer más que como un hombre rico del interior, jugaba, bailaba, enamoraba (nunca bebía) y gastaba una buena parte de sus rentas. Decía llamarse don Diego Machado, pero le llamaban las alegres contertulianas don Diego de Noche, pues por más esfuerzos que habían hecho, no lograron conseguir que ni una sola vez las visitase de día.29

 

En Los bandidos de Río Frío, Payno se ocupa de describir de manera literaria un lugar especialmente dedicado al juego entre personas distinguidas. Payno se imaginó, probablemente inspirado en algún caso real, un sitio fastuoso que funcionaba como casino durante la temporada vacacional en las cercanías del pueblo de San Ángel. En él se hacían dos tallas al día. La primera comenzaba al mediodía, entre las doce y la una de la tarde. A las cuatro se servían platillos elaborados por un cocinero francés “vino a discreción, nada de ordinarieces; chile y pulque, ni olerlos”. Después de la comida se llevaba a cabo la segunda talla, que duraba desde las seis hasta las once de la noche”.30

 

La policía solía hacer redadas de jugadores en las casas de juego, aunque no siempre con suerte. Guillermo Prieto contaba una anécdota ocurrida en una de estas casas clandestinas:

 

(Madeleno) Era jugadorcísimo y concurría a un garito secreto y disimulado en la calle de la Pila Seca, donde pretextaban una señoras tertulias y loterías.

 

Una noche, en lo más fervoroso del juego, anunciaron a la policía: unos corrieron, salvando azoteas; los otros se escurrieron entre los mismos esbirros; Madaleno había quedado en medio de la pieza como tonto en vísperas. Entonces la señora de la casa lo dobló y colocó bajo un sofá, haciendo se sentase sobre él, para cubrirlo, una matrona rolliza de amplío vestido y de gravedosa catadura.

 

Al penetrar a la sala de la policía, todo estaba en orden: unas señoras cosían, y otras, en una mesita, jugaban brisca. Pero entretanto, el tapado se ahogaba; hacía por contener la tos y no podía; por último, llevó su mano respetuosa a las piernas de la señora para que las desviara y lo dejase respirar… la señora se hacía disimulada; él, asfixiándose, fue más exigente: entonces la señora, dando una torcida interpretación a las insinuaciones de Madaleno, no pudo resistir y se levantó diciendo:

 

-       ¡Ah pícaro!, que se lo lleve a Ud. la policía, que primero en mi honra.31

 

Algunas casas de juego clandestinas eran administradas por mujeres y, en ocasiones fungían también como casas de citas. De nuevo, la afición por el azar y por la sensualidad se unían en un espacio común donde era posible el ejercicio de una moral alterna a la tradicional. Precisamente por eso serían constantemente combatidos por las autoridades.

 

Ante una población aficionada al juego, los bandos del gobierno insistirían en su carácter pernicioso. En 1853, durante el último gobierno de Santa Anna se emitió un decreto que anunciaba que serían considerados como vagos a todos los tahúres de profesión, así como aquellos que “aún cuando tengan alguna renta y patrimonio, no tienen otro objeto que el de asistir a casas de juego o de prostitución, cafés o tabernas, u parajes sospechosos”. Las penas que imponía el decreto a los jugadores eran severas: aquellos que fueran aptos estarían destinados al servicio de las armas o de la marina; los que no, a casas de corrección, fábricas, talleres o haciendas de labor. También serían destinados a la colonización de zonas poco habitadas.32

 

A veces la legislación exageraría el carácter pernicioso del juego, como en el caso de un bando emitido por Juan Baz, gobernador del Distrito en 1856, que encontraba en él las causas de prácticamente todos los males de la sociedad:

 

Considerando que los juegos de suerte y azar ocasionan la ruina de las familias, fomentan la ociosidad y los vicios, que son causa reconocida de casi todos los suicidios y de la mayor parte de los robos y de la prostitución de las mujeres, y que sirven de un foco de libertinaje en que la juventud recibe las primeras lecciones de inmoralidad que más tarde la conducen a los crímenes y teniendo presente que el primer deber de los gobernantes en segar las fuentes de maldad, sofocando hasta donde sea posible los gérmenes de los vicios, y amparando la moral pública, sin la cual es imposible la existencia de un pueblo, he venido en dictar las siguientes providencias…33

 

Las “providencias” dictadas por el gobernante en este bando eran las acostumbradas: la prohibición de los juegos de azar, de la ocupación de casas y de los oficios relacionados con el juego (montero, tallador, invitador) y la calificación de los jugadores como vagos, imponiendo penas diversas que van desde la imposición de multas hasta la prisión, el destierro y la incorporación al ejército. La singular era la voluntad del Estado por limitar y reglamentar la manera en que los ciudadanos ocupaban su dinero y su tiempo libre.

 

Un bando del gobierno del Distrito, del 17 de enero de 1861, establecía una vez más la prohibición de “todos los juegos de azar, suerte y envite”, entre los que se encontraban la ruleta, el monte, la lotería (de cartones), la bagatela y el imperial o ruleta. Pero, a diferencia de los anteriores, tenía cuidado en mencionar cuáles juegos eran los permitidos: la pelota, los bolos, el billar y otros semejantes, “siempre que en ellos no haya envite, suerte o azar, en cuyo caso se considerarán como prohibidos…”34 Para ganar dinero desafiando al azar, el gobierno se reservaba un monopolio establecido desde la colonia: las rifas de la lotería.

 

La lotería fue una de las pocas maneras de desafiar al azar permitidas por los gobiernos de México independiente. Con altibajos, la mayoría de las veces provocados por la inestabilidad del país, la lotería se constituyó como una de las instituciones de origen colonial que ganó una carta de aceptación en el país. En los primeros años de la Independencia, el Congreso del Primer Imperio dio continuidad a la Real Lotería novohispana, aunque ahora con el nombre de Lotería del Estado. El decreto prescribía que los fondos recabados debían destinarse al Hospicio de Pobres y al “embellecimiento de los edificios principales”. Sin embargo, durante los primeros años de vida independiente del país, la Lotería del Estado no funcionó del todo bien. Era común que los premios no se pagaran. Además, como casi todas las instituciones gubernamentales del periodo, debía sueldo a sus empleados. Ante el descrédito público de la Lotería, en 1843 el gobierno decidió ponerla en manos de la Academia de San Carlos, para que de las rifas obtuviera los recursos necesarios para su funcionamiento. En pocos años, la Academia consiguió recuperar la credibilidad del público en los sorteos.35 Además de la organizada por el gobierno existían varias loterías que se hacían con la finalidad de recabar fondos para diversas obras, en su mayoría piadosas y patrocinadas por el clero. Así, la gran cantidad de sorteos que se realizaban en la primera mitad del siglo XIX hicieron de la presencia de la lotería algo cotidiano. Era común la presencia de billeteros en las calles principales de la ciudad. En su Álbum fotográfico, Hilarión Frías y Soto retrata de la siguiente manera a los vendedores de billetes de lotería:

 

El Billetero sube y baja, y recorre la ciudad entera, gritando la venta de su efecto y escogiendo para ese anuncio ambulante, las frases que más afecten la imaginación del comprador, despertándole el deseo y la esperanza de obtener un premio. Esto no es trabajar, dijo un diputado en la Cámara, y sin embargo, La orquesta no cambiaría la curul por el dolce fro niente del Billetero.

 

En esa vida de movimiento continuo, gana una miseria para vivir apenas; y sin embargo es honrado, y se confían a él sumas que podrían despertar su pequeña ambición, pero ni la tentación de hacerlo le ocurre siquiera.

 

Pero esa clase agoniza: ¿a dónde irán sus miembros cuando se supriman definitivamente las loterías?36

 

La posibilidad de que las loterías “se suprimieran definitivamente” era cierta. En 1861 un decreto del presidente Juárez quitó a la Academia de San Carlos la administración de la lotería gubernamental y ordenó la creación de la Lotería Nacional. También se prohibieron todas las rifas pequeñas que pudieran significar alguna competencia al gobierno en su monopolio del azar. Sin embargo, la prohibición de los sorteos duró poco. Durante el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada se permitieron de nuevo las loterías para instituciones de beneficencias, al tiempo que se organizaban otras para financiar obras seculares, como la construcción de vías férreas, con las que los liberales esperaban cambiar la fisonomía del país.37

 

*

Algo cambió definitivamente en la imagen de México con la generación de la Reforma. Tanto, que hacia finales del siglo XIX tres estupendos cronistas (Payno, Prieto y García Cubas) dedicaron numerosas páginas a descripción de un país que sentía que se les había ido para siempre desplazado por los telégrafos, ferrocarriles y la uniformidad de los trajes negros. México ya era muy distinto a la realidad post-colonial que había dominado el panorama de la primera mitad del siglo XIX. Conforme el Estado aumenta su presencia en la sociedad, el sueño de la nación constituida se vuelve cada vez más cercano. Y se establecen también nuevas costumbres, al tiempo que se hacen más presentes los mecanismos de control en la sociedad.las leyes emitidas por los liberales que  intentaron atajar lo que consideraron como un comportamiento patológico. Se intensificaron las prohibiciones hacia el juego y las regulaciones al ejercicio de la prostitución. En el combate al deseo y a la pasión por el azar se dirigirían esfuerzos mayúsculos en varios frentes.

 



Jugador de cartas
Julio Ruelas, 1862



Ya durante el Segundo Imperio Paula Kollonitz, una dama de la corte de Maximiliano, observó la tendencia a prohibir el juego por parte de los gobiernos republicanos en los años anteriores a su llegada.38 Dudaba que la tendencia se revirtiera, como efectivamente pasó. A pesar de todo, durante los últimos años del siglo XIX la reglamentación o prohibición del juego no fue precisamente uniforme. En 1885 un diputado pidió en el Congreso que se permitiera el juego, en nombre de la propiedad y las garantías individuales. Pero en su caso de excepción. Los bandos y reglamentos emitidos por las autoridades continuaron la prohibición de los juegos de azar en lugares públicos (calles, plazas, cafés, salones y prostíbulos), con excepción de las ferias. Sólo se permitían el ajedrez, boliche, bolos, billar, brisca, conquián, carreras de caballos, a pie o con velocípedos, damas, dominó, malilla, panguingo, póker común o cerrado, paco, pelota, peleas de gallos, rentoy, tute, tresillo, tiro al blanco.39

 

Durante el Imperio de Maximiliano y la República Restaurada se difundieron entre las clases altas del país los conceptos de salud e higiene. Contra la idea de que el juego era una forma patológica de recreación y uso del tiempo libre, se  opuso el deporte. Habría dos vertientes, la práctica del deporte como manera de mantenerse saludable, y por otro lado, la asistencia a eventos deportivos como forma de entretenimiento. Sin embargo, las apuestas no tardaron en invadir este espacio, que hasta ese momento sólo había estado presente en el juego de pelota practicado desde la colonia por los comerciantes vascos en el frontón de San Camilo.40 Pronto comenzarían las apuestas en espectáculos deportivos como el hipódromo y el box.

 

Las carreras de caballos comenzaron con la conquista. Se dice que Hernán cortés organizó una carrera parejera de caballos sobre la arena de la playa para impresionar a los emisarios de Moctezuma. De ahí en adelante, las carreras fueron algo común, sobre todo como un espectáculo vinculado a las ferias. Pero no fue sino hasta los primeros años del siglo XIX que las carreras de caballos se convirtieron en un deporte formal, impulsado por residentes y diplomáticos británicos y estadounidenses. Contra la carrera parejera de los charros, alrededor de 1840 se comenzaron a organizar competencias informales en pequeñas pistas que medían entre 1,000 y 1,500 pies. Al parecer eran cortas, porque quienes las crearon estaban convencidos de que los caballos no soportarían una distancia mayor con la altura de la ciudad de México.41

 

Hasta 1870 había una pista para carreras de caballos en Chapultepec. El deporte como espectáculo comenzaba a ganar adeptos y no tardaron en surgir las apuestas en alguna carrera celebrada en 1876 un tal señor Portillo ganó 1,00 pesos en un solo día. En tanto que el azar no intervenía en los caballos, las autoridades no encontraron ningún impedimento para que los espectadores corrieran apuestas. La creciente afición a las carreras de caballos a la manera inglesa determinó la creación del Jockey Club en 1881. El 23 de abril de 1882 se abrió un hipódromo hecho y derecho en Peralvillo, entre la ciudad y la villa de Guadalupe. Encargaron su construcción a Richard de Bergue, quien al parecer tenía mucha experiencia en hipódromo de Francia, Inglaterra y Estados Unidos. De Bergue diseñó dos pistas concéntricas, de una milla la exterior, y de media la interior. En las gradas cabían comúnmente sentadas 720 personas, aunque alrededor del campo cabían más de 4,000 espectadores.42

 

En la inauguración, el presidente Manuel González estuvo acompañado del cuerpo diplomático y la élite de la capital. Se corrieron caballos de “distinguidos miembros de la sociedad mexicana” como Pedro Rincón Gallardo, los generales Epifanio Reyes y Bernardo Reyes, y José Zoliélliga. Desde un principio, la afición a los caballos en México tuvo un carácter aristocrático. Entre los miembros del Jockey Club se encontraban Manuel Romero Rubio, el suegro de Porfirio Díaz; Pedro Rincón Gallardo, quien por mucho tiempo fue gobernador del Distrito Federal, José Ives Limantour, ministro de Hacienda y considerado como la máxima figura de los “científicos”; Pablo Escandón y Barrón, gobernador de Morelos y persona cercana a don Porfirio; Guillermo de Landa y Escandón, senador por Michoacán, después por Chihuahua y finalmente gobernador del Distrito Federal… y así sucesivamente.43 Pero no toda la élite porfiriano se adhirió al Jockey Club. Algunas, más tradicionalistas, prefirieron practicar la charreada, que ahora adquiría el estatus de deporte nacional y dejaba atrás su carácter de actividad necesaria en las haciendas ganaderas. Para estos caballeros nacionalistas la charreada estaba mucho más vinculada al dominio del caballo, y consideraban que en el hipódromo se practicaban más las apuestas que la equitación.44

 

El Jockey Club creció a pasos agigantados. Para octubre de 1910, contaba con un nuevo hipódromo en la Hacienda d la Condesa. Para ese momento, el corte aristocrático del Jockey Club se convirtió en un modelo a seguir. En las principales ciudades del país (Veracruz, Amatlán, León, Matamoros, Guadalajara, Chihuahua) las élites locales no tardaron en fundir sus respectivos jockey clubs.45 En la Casa de los Azulejos, sede del Jockey Club en la céntrica calle de Plateros, y otros clubes hípicos, los aficionados a las carreras compartían información sobre caballos, concertaban carreras, bebían, fumaban y, sobre todo, apostaban.46

 

En 1895 se inauguró otro hipódromo en Indianilla. El empresario era un  estadounidense que un año antes había intentado, con poca fortuna, establecer una pista. Algunos decían que el fracaso se debió a lo inadecuado del lugar escogido; otros, que por la inexperiencia del sistema de apuestas “al estilo estadounidense” que quiso implantar. El nuevo hipódromo, situado a la orilla del camino de La Piedad (actualmente Av. Cuauhtémoc), contaba con un costoso equipo para el cómputo de apuestas. Para la élite porfiriana las apuesta en el hipódromo se convirtieron en un nuevo símbolo de urbanidad. Las crónicas de la época suelen recrear una y otra vez la aparente impasibilidad con la que los caballeros ganaban o perdían grandes cantidades de dinero, mostrando de esta manera su capacidad de tomar riesgos y oportunidades.47

 

Otro deporte que se convirtió en un espacio potencial para los apostadores hacia finales del siglo XIX fue el box. De manera similar a lo sucedido en el ambiente hípico, este deporte fue difundido por extranjeros residentes en el país, durante los años sesenta del siglo pasado se abrieron dos academias de lucha en la ciudad de México: la primera por un francés, Nicolás Poupard, en 1867. Por otra parte, en febrero de 1868 Thomas Hoyer Monstery, coronel del ejército de Estados Unidos, abrió una escuela de “artes de combate” que ofrecía clases de esgrima y boxeo. Como propaganda para sus respectivas academias, ambos decidieron organizar una exhibición de boxeo. Ésta se llevó a cabo en los altos de un Café

 

Concordia de la ciudad de México el domingo 15 de febrero de 1868, convirtiéndose en el primer combate oficial celebrado en el país. Entre el numeroso público se encontraban varios oficiales del ejército mexicano. Como acto final se realizó un combate entre Monstery y una de sus discípulos, un tal Sr. Valdez, quien mostró las suficientes cualidades en la defensa como para entusiasmar a muchos de los oficiales asistentes y alentarlos a ingresar a la escuela del estadounidense.48

 

Con el tiempo, las funciones de box se institucionalizaron hasta convertirse en un deporte común durante el porfiriato. En 1887 el gobierno del Distinto Federal permitió una exhibición popular de boxeo en alguna de las plazas de toros de la capital. Ya para la década de 1890 se presentaban espectáculos de box en los teatros, como parte de la variedad, alternando con los números musicales. Los Hermanos Davis consiguieron hacerse de un grupo de aficionados al box después de su aparición en el Teatro Principal. Es curioso que los deportes de combate (esgrima, lucha y box) se hayan desarrollado precisamente en los años de la paz porfiriana. Las clases media y alta, para entonces excluidos de la violencia política que había caracterizado los primero años de vida independiente en el país, ahora encontraban particularmente emocionantes los nuevos riesgos deportivos.49

 

Con todo, la recién adquirida afición de la población por el deporte no pudo contener el gusto por el juego. Las apuestas únicamente se desplazaron hacia nuevos espacios, como el hipódromo o la arena de lucha. Y aunque perseguido, el azar y sus juegos nunca dejaron de ejercer una extraña fascinación en quienes lo desafiaban. Las prohibiciones determinaron que los jugadores siguieran asistiendo a lugares habitualmente condenados por una sociedad que de manera tácita los permitía. Al juego y la diversión se les impone un tiempo y un lugar alterno (la noche y la zona de tolerancia), considerando como insalubre y patológico por las leyes y los moralistas. Será allí donde se corran las apuestas. Durante el porfiriato aparece un nuevo espacio: la cantina, como evolución de las tabernas y vinaterías. A pesar de ser un espacio permitido, dandis, calaveras y poetas malditos asisten a ella con un estado de ánimo particular, casi como un escape.

 

Cuando me cansaba de los titis sin seso que forman nuestra sociedad elegante, -escribió Bernardo Conto Castillo- iba allá, a algunas cantinas de segundo orden, donde futuros escritores, jóvenes preocupados por rivalidades de escuela y perfectamente felices bebiendo cerveza y lanzando mordentes epítetos contra los viejos y los poetas que cantan al son de los pesos de la administración pública, me tuteaban y acogían bien porque mi presencia era para ellos una noche en la que podían beber sin tasa.50

 

Otras veces, se jugará en los burdeles, lugares condenados y a la vez anhelados, en tanto que sirven de válvula de escape a la presión de las reglas sociales. El escritor Federico Gamboa relata en su diario una excursión a una casa de citas de 1896. Curiosamente, el clímax de la noche no es la cama, sino los chistes, las bromas, y los juegos de azar.51 Los jugadores porfirianos también acuden a garitos clandestinos. Algunos cafés esperan a que se vayan los clientes y cerca de la medianoche permiten a un grupo de jugadores empedernidos la entrada a la trastienda. Otras veces, también de noche, las casas de apariencia común se convierten en casinos. La policía las acecha, la mayoría de las veces infructuosamente.

 

En 1873 el gobernador de la ciudad de México, Tiburcio Montiel, hizo por primera vez una Memoria de las actividades realizadas por su gobierno, Montiel era un hombre peculiar. La prensa de la época le criticaba su costumbre de recorrer la ciudad por las noches con el resguardo nocturno para combatir a la delincuencia. Tenía una particular obsesión por cerrar garitos de juego. Peo encontraba una dificultad: los policías eran comúnmente sobornados por los jugadores, cosa a la que en opinión del gobernador eran muy proclives los guardianes del orden público debido a lo bajo de su salario:

 

… no será remoto que los mismos agentes que emplea la Inspección de Policía sean a la vez agentes de los jugadores, que les den parte de cuanta medida se toma contra ellos, o que se hagan cómplices de la ocultación, dando un nombre falso o dejando escaparse a los culpables y desaparecer los cuerpos del delito, cuando ellos son los encargados de practicar el cateo.

 

El gobernador se quejaba en su Memoria de las dificultades de la policía para descubrir las casas de juego, pues estaba obligada por ley a llamar a la puesta de la casa sospechosa, lo que daba tiempo para esconder la baraja o la ruleta:

 

… en el acto hacen desaparecer las pruebas de su ilícita diversión –escribía Montiel-; cuando la policía se presenta, sólo encuentra personas que leen, tocan el piano, cenan y parecen perfectamente ajenas al delito sospechoso.

 

Otras veces, Montiel corría con suerte. En una ocasión recibió noticia de que la casa número 7 de la Cerca de Santo Domingo funcionaba como garito. El gobernador llamó a la Inspección General de Policía y ordenó que se procediera contra los jugadores. Para evitar la posible corrupción de los policías, los amenazó con cesarlos en su puesto y consignarlos a ellos a las autoridades en caso de no aprehender a los delincuentes. La enérgica medida funcionó. Esa noche eran detenidas dieciséis personas notables, entre los que se encontraban algunos diputados. Montiel los puso a disposición de los tribunales.52

 

Los diputados –que tanto legislaron en contra del juego- no estaban exentos de la afición por el azar. Rafael Heredia, un diputado por Córdoba, Veracruz, fue apresado por el gobernador Montiel en una casa situada en la calle de Arquillo, el 25 de enero de 1873. En la redada se detuvo a cerca de treinta jugadores, que al momento de la inspección se escondieron en los lugares más insólitos de la casa (uno de ellos fue sacado debajo de la cama del portero). Al diputado se le impuso una multa de cien pesos, por lo que se quejó abiertamente por los supuestos abusos de autoridad de Montiel. En respuesta, el gobernador hizo públicos los documentos que demostraban que Heredia era un tahúr contumaz. La Memoria concluye la relación del caso de manera lacónica: “el C. Gobernador se limita a esperar, no sin dar a conocer esos datos al Estado de Veracruz y al gobierno del C. Landero y Cos, por si aquel heroico Estado quisiese pensar en otro diputado que dé menos quehacer a la policía de México”.53

 

La condena al juego por parte de los liberales fue persistente. En 1874 apareció una novela de Vicente Morales (Gerardo. Historia de un jugador), que trataba de ser una condena tajante a la vida en torno al azar.54 Era una historia de folletín sobre un joven de clase alta originario de Orizaba, Gerardo Urrutia, que vive en la ciudad de México como una calavera. Su afición por el juego lo transforma –según el autor- en un verdadero peligro público: es libertino, seductor e incluso asesino. Para Morales, juventud, riqueza y ocio son una combinación fatal: “… ese joven es rico; la mayor parte de los ricos son libertinos. Esto es consiguiente: ocio y dinero, son los agentes del libertinaje”, dice uno de los personajes de la novela para describirlo. Intenta enamorar a una joven honrada, cuyo padre le aconseja alejarse de él:

 

-Es jugador, ángel mío: no te conviene, aún suponiendo que te amara… ¿Sabes lo que es un jugador? Es un hombre sin corazón, sin sentimiento: un hombre que todo lo sacrifica a su odioso vicio; que el día en que pierda todo venderá hasta la camisa que lleve puesta, que te dejaría en la miseria más espantosa, y entonces… ¡comerciaría con su propia mujer! ¡¡Explotaría tu belleza!! Hoy lloras por él, Julia, y mañana no te quedaría una lágrima en los ojos de vergüenza y desesperación… ¿Qué dices, aceptas ese porvenir?...55

 

Vicente Morales intenta describir detalladamente el mundo en el que se desenvuelve su personaje. Recrea el ambiente de los jugadores clandestinos, y sus reglas internas. Por ejemplo, relata como los asistentes a una partida se molestan porque uno de sus compañeros, que durante la noche había tenido suerte, no se queda hasta el final. Por supuesto, el escritor termina moralizando al respecto:

 

¡Qué sarcasmo! ¡qué ironía!

Llaman los jugadores poco caballeroso que se levante un punto cuando gana, debe permanecer hasta que lo desplumen.

Lo nada caballeroso, lo inmoral, lo reprensible, es frecuentar esos garitos inmundos, por otro nombre partidas, a donde el hombre de honor se envilece y se degrada…56

 

Pero para Morales lo importante es demostrar que el jugador es un ser dañino, en tanto que

 

…vive en medio de una sociedad a quien roba por medio de la seducción y deslumbrándola con una ganancia efímera. Sus potencias se embotan permaneciendo días y noches enteras al lado de la mesa de juego. Si ganan, beben por placer, si pierden, para ahogar su insaciable sed de oro en el vino. Se olvidan de los afectos más caros y santos por el amor al juego; cuando se pierde, se roba para jugar…57

 

Otro escrito, el poeta Manuel Acuña, prólogo el libro de Vicente Morales. Acuña encontró que la sociedad debería estar agradecida con el autor por la escritura de un texto tan útil. También él encontraba en el juego un vicio “degradante” y “necio”, un “atavismo” –palabra clave en la búsqueda del progreso de finales del siglo XIX- al que debe oponerse una virtud: el trabajo. Veía en el libro una llamada de atención en tanto que le mostraba que “para la satisfacción de su auris sacro fames hay otros caminos que el de la bolsa y el de la ruleta (sic) y otras puertas que la de la usura y de la lotería”. Acuña remata el prólogo con un discurso sobre el siglo XIX como símbolo del progreso y la fraternidad. En este nuevo mundo, el escritor debe cumplir con una función social, como la de encausar a los jugadores hacia un sano uso de su tiempo libre:

 

Es preciso que nosotros (los literatos) les mostremos a esos viajeros otros lugares de pasatiempo y de descanso que los que ellos han escogido en su extravío; que los apartemos de los garitos y de las tabernas, para llevarlos al teatro y las bibliotecas; que les enseñemos nuestras fábricas y hogares, y después, si ellos lo quieren, llevarlos a nuestros templos y nuestras sacristías.

 

Ellos acabarán tarde o temprano por agradecérnoslo.58

 

En este contexto, la crítica moral a los jugadores comienza a ser un patrimonio común de la sociedad. Ya no es exclusivo de los legisladores y gobernantes, encargados de conducir al país a la bienaventuranza. Ni del clero. Los literatos (Acuña y Morales) se lanzan a la condena del juego al tiempo que exigen un uso distinto del tiempo libre: después del trabajo, el ocio únicamente habría de estar destinado a la cultura. En este sentido, reflejaban una tendencia propia de la modernidad que, inevitablemente, había entrado al país. Los juegos siguieron como siempre, unas veces de manera oculta y perseguida; otras, de forma solapada y concurrida. Por mucho tiempo esa ha sido su suerte.


 



1 José Joaquín Fernández de Lizardi, El Periquillo Sarmiento, Promesa, Mexico, 1985, pp. 180-181.

2 Apuntes: discurso sobre los daños del juego, de José Miguel Guridi y Alcocer (1798). Citado por Sergio González Rodríguez en Los bajos fondos. El antro, la bohemia y el café, Cal y Arena, México, 1989, p. 121.

3 José Joaquín Fernández de Lizardi, op. cit., p. 183.

4 se puede consultar la legislación reunida por Manuel Dublán y José María Lozano: Legislación mexicana o colección  completa de las disposiciones legislativas expedidas desde la independencia de la República, México, 1876.

5 Guillermo Prieto, Memorias de mis tiempos, Patria, México, 1969,  p. 50.

6 Ibíd., p. 82.

7 “Provincias sobre las casas de trato en que se expanden licores”, Bando de policía del 28 de enero de 1829, en Manuel Dublán, op. cit., vol. II, pp. 91-92. Este documento iniciaba admitiendo la escasa efectividad de bando anteriores “La experiencia que es la maestra de los gobierno, ha enseñado que las providencias dictadas en bando del 2 de Mayo de 1823, para que las vinaterías cerrasen a las oraciones de la noche, no han producido el saludable efecto de contener los excesos de embriaguez”.

8 Antonio García cubas, El libro de sus recuerdos. Narraciones históricas, anecdóticas y de costumbres mexicanas anteriores al actual estado social. Patria, México, 1969, p. 292.

9 Ver la legislación recogida por Dublán y Lozano, op. cit., Sobre prohibiciones al juego en vinaterías y pulquerías ver en la misma compikación: vol. II, pp.91. 206; vol. VIII, p. 185; vol. IX, p. 324.

10 Véase el texto de George F. Ruxton, Aventuras en México, El Caballito, México, 1974, p. 64.

11 Guillermo Prieto, op. cti., p. 50.

12 Antonio García Cubas, op. cit., p. 204.

13 Bando del gobernador del Distrito, “Se prohíbe el juego del dominó en las casas de concurrencia pública”, 9 de mayo de 1832. Esta disposición se tomaba en virtud del “…abuso que se está haciendo en los cafés y otras casas de concurrencia pública del juego llamado dominó, que se ha convertido en juego de suerte, a la manera del monte y albures, y aún más perjudicial que éstos…” Dublán y Lozano, op. cit., vol. II, p. 429.

14 Guillermo Prieto, op. cti., p. 80.

15 Ibíd., pp. 166 y 294-295.

16 Ibíd., p. 105.

17 Hilarión Frías y Soto, Álbum fotográfico, Promexa, México, 1985,  p. 605.

18 Luis G. Inclán, Asturia. El jefe de los hermanas de la hoja o los charros contrabandistas de la rama, Promexa, México, 1985, p. 249.

19 Ibíd., p. 161.

20 Manuel Payno, Los bandidos de Río Frío, Porrúa, México, 1983, p. 538.

21 George F. Ruxton, op. cit., p. 97.

22 Antonio García Cubas, op. cit., p. 460.

23 Ibid., p. 462.

24 Ibid., p. 460.

25 Ibid., p. 461.

26 Ibid., p. 465.

27 Ibid., p. 467.

28 Calderón de la Barca, La vida en México, Porrúa, México, 1959, p. 219.

29 Manuel Payno, op. cit., p. 28.

30 Ibíd., pp. 458-482.

31 Guillermo Prieto, op. cit., p. 233.

32 Bando del gobernador del distrito. “Derecho del gobierno para corregir la vagancia”, 20 de agosto de 1853, en Dublán y Lozano, op. cit., vol. VI, p. 648.

33 Bando del gobernador del Distrito. “Sobre juegos prohibidos”, 27 de septiembre de 1856, en Dublán y Lozano, ibíd., vol. VIII, p. 254.

34 Bando del gobernador del Distrito. “Se prohíben los juegos de azar”, 17 de enero de 1861, ibíd., vol. IX, p. 13.

35 Artemio del Valle Arizpe, La lotería en México, Talleres Tipográficos de la Lotería Nacional, México, 1946, pp. 36-38.

36 Hilarión Frías y Soto, op. cit., p. 293.

37 Artemio del Valle Arizpe, op. cit. Para más información sobre la lotería véase: Marcela Estrada Attolini y Heidi Basave Ochoa, Historia de la Lotería Nacional para la Asistencia Pública, Creatividad Tipográfica, México, 1981.

38 Paula Kollonitz, Un viaje a México en 1864, Secretaría de Educación Pública, México, 1984. Citada por Sergio González Rodríguez, op. cit., p. 122.

39 Sergio González Rodríguez, op. cit., p. 122.

40 Juan Pedro Viqueira, ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicos y vida social en la ciudad de México durante el Siglo de las luces, Fondo de Cultura Económica, México, 1987, p. 252.

41 William H. Beezley, Judas at the Jockey Club anda other Episodes of Porfirian Mexico, University of Nebraska Press, Nebraska, 1987, pp.  26-27.

42 Ibíd.

43 Ibíd., pp. 29-3. Por su parte, José Valadés escribe lo siguiente en su libro El porfirismo, “Subvencionado por el gobierno (el Jockey Club) ocupaba la fastuosa Casa de los Azulejos en la que había sala de armas, de conversación, de baccará, de whist, de póker, de billar, y baños de agua caliente y fría… Teníase al Club como signo d esplendor del régimen porfirista, de lo que se hacía propaganda, tanto en el país, cuanto en el extranjero…. Sentábanse cotidianamente en torno de una mesa, con los naipes en la mano, el viejo financiero Sebastián Camacho, Tomás Braniff (el astuto extranjero que labró una fortuna en el país), el banquero también extranjero Luis Lavie, y Rafael David, el profesor de esgrima de los jóvenes mexicanos. Para adquirir categoría social. Hacíase indispensable ser miembro del Jockey Club” José C. Valadés, Porrúa, México, 1944, tomo II, pp. 37-38.

44 William H. Beezley, op. cit., pp. 29-30.

45 Ibíd.

46 Magalaena Escabosa de Rangel, La casa de los azulejos. Reseña histórica del palacio de los condes del Valle de Orizaba, San Ángel Ediciones, México, 1993, p.  96.

47   William H. Beezley, op. cit., p. 31.

48 Ibid., pp. 32-33.

49 Ibid.

50 Bernardo Conto, Asfódelos, Instituto Nacional de Bellas Artes/Premiá, México, 1984. Cuando por Sergio González Rodríguez, op. cit., p. 28.

51 Federico Gambos, Mi diario I (1892-1896). Mucho de mi vida y algo de lo de otros, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Serie Memorias Mexicanas, 1995, p. 187.

52 Salvador Novo, Un año, hace ciento. La ciudad de México en 1873, Porrúa, México, 1975, pp. 35-36.

53 Ibíd., p.37.

54 Vicente Morales, Gerardo. Historia de un jugador, Instituto Nacional de Bellas Artes/Premiá, México, 1982.

55 Ibid., pp. 27-36.

56 Ibid., p. 32.

57 Ibíd., p. 33.

58 Prólogo de Manuel Acuña al libro de Vicente Morales, ibid, pp. 12-13.


Este ensayo forma parte del libro "La Rueda del Azar".Juego y jugadores en la historia de México. Coordinado por Ilán Semo. Ediciones Obraje. México D.F.. 2000.

 










 
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