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ENSAYO
     

 

 

La Rueda de la Fortuna

Carlos Monsiváis

 

 

 

“La muerte no mata a nadie, la matadora es la suerte”, se afirma en un corrido de la Revolución Mexicana, otro de los Homenajes a la sensación tan inevitable de verse beneficiado o maleficiado en la vida por circunstancias que no dependen de nuestra voluntad, sino de las azarosa disposición de elementos y situaciones. Nací en la clase social equivocada…Le atiné al gordo de la Lotería porque tengo una intuición formidable en materia de números… Con que mi hermano no se hubiese ido al cine esa tarde todavía estaría entre nosotros… Es una tonta pero Dios la alojó en un cuerpo impresionante y de allí todas sus otras propiedades… Tan inteligente y con esa cara… la idea de la suerte como ese don que no se desprende de nosotros o siempre nos rehúye, yace en el origen de muchas de las creencias que llamamos supersticiones (y de las supersticiones que consideramos dogmas) y origina vocablos (Serendipity, el hallazgo afortunado), personajes de tira cómica (el Pánfilo Ganso disneyano, el rústico de Lil’ Abner, la serie de Al Capp, al que persigue una nubecita con relámpago), leyendas nacionales e internacionales (los gaffes o portadores de estástrofes que amedrentan en las guerras a los del bando que apoyan), obras de teatro, novelas (Lucky Jim, por ejemplo)… Y la buena o la mala suerte se localizan en el género de géneros, el melodrama, donde –selecciono dos entre el millón de ejemplos- por accidente alguno pierde el dinero de las medicinas que salvarían a la madre enferma, o el hijo menor se encuentra en la calle el dinero que les permitirá abandonar el cerco de la miseria.

 

¿Quién se exime de tentar a la suerte? En uno u otro momento todos afrontamos la posibilidad de hacerla o deshacerla en la vida por causas ajenas a nuestro control. (La suerte: aquello situado fuera de nuestra voluntad, pero no del poder de atracción o rechazo de nuestras vibraciones.) No hay cosa como el indiferente que jamás ha comprado un billete, arrojado unos dados, adquiriendo el boleto de una rifa, apostando al triunfo de su equipo o su compeón de box. ¿Es concebible la persona que en algún instante, así sea subrepticiamente, no imagine el universo como el paño verde en donde colocar ventajosamente sus fichas?

 

Los discursos al respecto son interminables. Hay una muy positivo, por así decirlo, propio de quienes reflexionan el día entero para ahuyentar los fantasmas del desempleo: “La Suerte no te elige, tú la llevas contigo a todas partes, o no la llevas a ninguna, y eso empieza cuando naces en una choza o en un palacio…” Y hay el alegato de los convencidos de cuán fácil es ponerle trampas a la oportunidad. Allí está el matemático aficionado, convencido de que con astucia científica y técnicas infalibles le robará a la suerte sus secretos. Él acude a la computadora por horas y meses y años en pos de la fórmula que le permitirá acertar con el número premiado. A la oportunidad la pintan seducible.

 

Las imágenes fulgurantes o fulminantes de los vínculos con la Suerte allí están, al alcance de crédulos e incrédulos. Recuerden los episodios clásicos de la mitología de la tortura. Verbigracia, en el Casino el ser extravagante pierde cientos de miles de dólares en la noche infinita. Desencajado, sudoroso, escribe febrilmente unas líneas de despedida, se dirige a la ventana, extrae un revólver diminuto, lo apunta en la sien… En un rapto de euforia el burócrata modesto compra su serie de lotería. Tres días más tarde, al revisar el periódico palidece. ¡Es multimillonario! El mundo se abre a sus pies, pero ¿en dónde dejó los billetes? “Mujer, ¿qué hiciste con un sobre? ¡Lo tiraste!... En el palenque clandestino, el gallero apuesta lo último que tiene: su rancho y su mujer. Suceden los instantes alucinados, el ir y venir de las plumas, los gritos, el éxtasis en el rostro de su rival. El gallero se desploma. Perdió todo. Y en medio del estrépito de botellas y aullidos, un recuerdo pronto intensifica su agonía: ni tiene rancho y es todavía soltero.


Ajedrez
Enrique Climent,1968

 

Las imágenes se desprenden de las leyendas de la Suerte y son arquetípicas precisamente por  no corresponder a la experiencia mayoritaria. Por supuesto, sólo unos cuantos al cabo de los años se suicidan por quedarse sin nada, y si bien todavía se dan los desastres familiares a causa de la afición enloquecida del jefe de la casa por el juego, o si no son tan insólitos los saltos de la medianía o la pobreza a la prosperidad sin recato, lo frecuente es lo opuesto: el trato confiado con la suerte, la paciencia con que se le agranda, el rito de la aceptación de lo excepcional de la fortuna. La industria del azar es vigorosa en casi todos los países, y en algunos como Inglaterra y Estados Unidos ocupa sitio primerísimo en el volumen de dinero que se maneja, pero como quiera que sea, la actitud general ante como-les-va-en-la-feria suele ser tranquila e incluso divertida.

 

El caso paradigmático es desde luego Las Vegas, en una época el centro alucinante de la esperanza demencial con su trasiego de capitales, sus gángsters empeñados en el tránsito del conteo de cadáveres a la manipulación de libros contables, sus cantantes de éxito cada uno rodeado de una corte decadente. Allí andaban Bugsy Siegel y Frank Sinatra, la mafia y Mario Puzo recolectando historias para El Padrino. Hoy Las Vegas es un emporio de show-business y de las ilusiones módicas de millones de personas sometidas a la visión gozosa de esa noche perpetua, con croupiers y el mago David Copperfield y los show de recaptura de la comedia musical y la suerte de ver a Bette Midler o Johny Mathis o -¡todavía!- Tom Jones y Tony Bennett. Las Vegas aún acoge el dispendio de algunos jeques árabes y petroleros texanos y líderes sindicales del Tercer Mundo y lavadores de dinero y narcos en pos de las ocho columnas que aviven su dramático deceso, pero en lo básico es el universo comprimido, y a fin de cuentas normal, donde el juego es otra más de las experiencias del turismo, la más intensa pero no la única. Ante la ruleta o las máquinas tragamonedas, el turista se siente de pronto intérprete de la película que nadie filmará y que, exactamente por eso, le resulta la más importante de la cinematografía de todos los tiempos. En la era del turismo de masas la masificación de los jugadores es la contrapartida de la falta de tensión dramática verdadera al llegar la hora del juego.

 

Tener y no tener suerte

 

Quizá el texto clásico por excelencia de la mala suerte que se abate sobre quien desea salvarse de ella es “El gesto de la muerte”, un relato milenario reescrito de modo sucinto por Jean Cocteau:

 

Juegos
Francisco Castro Leñero 1994


Un joven jardinero persa dice a su príncipe:

 

-¡Sálvame! Encontré a la Muerte este mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.

 

El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:

 

-Esta mañana, ¡por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?

 

-No fue un gesto de amenaza –le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.

 

En este relato la (Mala) Suerte hace las veces del Destino, lo inescapables, lo fatal. En cambio la (Buena) Suerte es por lo común accidental, lo opuesto a cualquier noción de fatalidad. El “Suertudo” del habla cotidiana es aquel que huyó del Destino para refugiarse en brazos del azar hospitalario. Por eso mi relato clásico de la Fortuna imprevista es un apólogo semibíblico. Un padre, sintiéndose morir, reúne a sus tres hijos y les advierte: “Me quedan horas de vida y debo repartir mis bienes. Tengo una hacienda, una cuenta en el bando y las Sagradas Escrituras. ¿Qué quiere cada uno de ustedes? Escríbanlo en papel y entréguenmela.” Así las cosas, el primogénito elige la hacienda, el de en medio la cuenta bancaria y el menor solicita la Biblia. Muere el patriarca, los amigos y los familiares se burlan del tercer hijo y lo rechazan y éste se va a un cartucho miserable a leer el Libro de los libros. Inesperadamente se cae el volumen un papel con un mapa. Localiza el sitio y desentierra un tesoro de fábula. Fue el más afortunado porque el decidirse por la riqueza espiritual halló sin proponérselo la terrenal. Esto es Serendipity  en su apogeo y, de paso, un método para esquivar el Destino.

 

En fábulas y relatos se transparenta el sentido social de la Buena Suerte. Es lo que desciende sobre las personas sin que lo busquen, así lo merezcan y necesiten, es el Regalo de la Vida, el surplus a la espera de una distribución imparcial. Por eso la mayoría sume el hallazgo o la persecución de la fortuna sin estremecimiento ni lesiones extremas. No es inusitada la persona que compra durante décadas su billete de lotería, sin  desanimarse por la tardanza de vuelcos súbitos en su posición social.

 

Por lo común, los buscadores pasivos de la transición a la plutocracia no se desesperan. Parte del chiste de su empresa es lo bien que la pasan cuando quienes aferrarse a la Suerte. No es el éxito sino la variedad de experiencias lo que les hace sentirse intensamente vivos.

 

La vida es la ruleta en que apostamos todos, sentenció memorablemente Cuco Sánchez, y la apuesta se fragmenta en miles de esperanzas legítimas en las aportaciones de un billete, de un encuentro ocasional con el poderoso a quien deslumbre la brillantez del desconocido, de una apuesta, de una tómbola, de una rifa de oficina. Y el grito de júbilo del ganador es la certidumbre del mérito porque la Suerte, si es de a de veras, será imparcial, y por lo común la fortuna sólo se prodiga con los afortunados,

Este ensayo forma parte del libro "La Rueda del Azar".Juego y jugadores en la historia de México. Coordinado por Ilán Semo. Ediciones Obraje. México D.F.. 2000.

 










 
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