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ENSAYO
 
 

 

 

CÓMO PENSAR LA GENEALOGÍA
LÉSBICA*

 

NORMA MOGROVEJO


 

Antes que existiera o pudiera existir cualquier clase de movimiento feminista, existían las lesbianas, mujeres que amaban a otras mujeres, que rehusaban cumplir con el comportamiento esperado de ellas, que rehusaban definirse en relación a los hombres, aquellas mujeres, nuestras antepasadas, millones, cuyos nombres no conocemos, fueron torturadas y quemadas como brujas.

Adrienne Rich.



La historia que conocemos de las lesbianas es una historia construida a retazos, entresacada o deducida más por las normas y acciones de los poderes públicos que han existido para reprimir, que de los testimonios que nuestras antecesoras han dejado.

La historia de las lesbianas ha sido una historia de silencio, exilio y clandestinidad. Desde la huida de Safo a Sicilia a principios del siglo VI a C, este exilio material y simbólico de las lesbianas de la historia de Occidente ha persistido con tal fuerza a los largo de los siglos, amputando un área importante del imaginario femenino. Las lesbianas hemos sido confinadas a la clandestinidad, que con el discurso viril, desde el siglo III predominantemente religioso, justificó la diabolización del cuerpo femenino, un discurso de retórica cristiana eclesiástica en el que no podían intervenir las mujeres, quienes tenían prohibido el acceso no mediado por los hombres a la palabra sacra y profética. La clandestinidad si era quebrantada, podía llevar consigo la condena de muerte por fuego o prisión perpetua.

Cuando el discurso religioso fue sustituido por el científico en la condición de discurso cultural y políticamente dominante y cuando había concluido el proceso renacentista de exclusión de las mujeres de la producción de la ciencia llamada moderna, a la diabolización del cuerpo femenino, lo reemplazó, en lo que a lo femenino se refiere, la medicalización. Las lesbianas fueron convertidas entonces en enfermas físicas o psíquicas, en mujeres a las que se somete a torturas y a mutilaciones quirúrgicas, en mujeres a las que se aparta de la sociedad internándolas en manicomios. La identidad lesbiana se construye entonces como patología, de esta historia cruel y tortuosa se empieza a salir recién, en los años ochenta del siglo pasado, sólo en 1983 se incluye una visión positiva del lesbianismo en un manual general de sexualidad ().

Ya en el siglo XII el famoso filósofo Pedro Abelardo escribió: “Contra la naturaleza, es decir, contra el orden de la naturaleza, que creó los genitales de las mujeres para el uso de los hombres y viceversa, y no de manera que las mujeres pudieran cohabitar con mujeres”, postulado en el que se reafirmaba la institución de la heterosexualidad obligatoria como una práctica naturalizada que normaba una convivencia en tasas de masculinidad/ feminidad equilibrada.

Historiándonos

Hacer historia del lesbianismo no es asunto sencillo, supone una forma de resistencia al modelo preestablecido dominante puesto que implica desenterrar y desenmascarar lo que la cultura hegemónica ha ocultado o maquillado por no considerarse adecuado tanto desde el punto de vista de la ética como de la política (Simonis; s/f).Todo intento de construir una historia lesbiana conlleva enfrentarse a los silencios, falsas representaciones y prejuicios, lo que presenta obstáculos importantes para una investigación y escritura histórica. ¿Cómo reconstruir una historia a partir de la evidencia de que va a ser parcial porque los datos están ausentes, ocultos, negados, manipulados, trivializados y por tanto se trata de una historia suprimida? (Cotingaham, 1996).

La lesbiana ha sido un sujeto desvalorizado por el sistema pero que ha actuado como agente reproductor de la ideología dominante, auto/reproduciendo su propia desvalorización permaneciendo en silencio. Si bien las mujeres en general hemos sido desprovistas de la palabra en la historia, se nos ha negado el derecho, hasta muy recientemente, ser sujetos políticos, relegándonos al ámbito de lo privado y focalizando nuestro ejercicio de amar antes que el pensar, por lo que el espacio amoroso ha sido el único en el que hemos podido desarrollar una pequeña parcela de poder

.En tal sentido el acercamiento a la rearticulación de una genealogía lésbica requiere un replanteamiento metodológico y una revisión de la categoría sujeto, sobre todo si esa representación histórica la queremos hacer previa al movimiento lésbico a partir de los 70s, ya que al menos de esa época contamos con fuentes directas e indirectas. El asunto de reconstruir esa genealogía necesaria de la que nos habla Rich, a fin de contar con referentes históricos que respalden nuestra lucha de resistencia.María Milagros Rivera nos habla de la necesidad de una revolución epistemológica que nos aproxime a nuevas formas de ver a las mujeres y en este caso a las lesbianas en una historia oculta y tergiversada, () lo que implica revisar ámbitos metodológicos y ontológicos.

La Metodología y las fuentes


El control social mediante penalizaciones y estigmatizaciones en distintos países como España, ha estado dirigido tradicionalmente al colectivo homosexual, trans y sexoservidoras. Raquel Osborne se pregunta por qué contrario sensu, se ha preferido ignorar, negar y banalizar la existencia lésbica?A diferencia de las trabajadoras del sexo, afirma, las lesbianas realizan prácticas no permitidas, y subvierten totalmente lo que se espera sean las opciones de las mujeres y porque subvierten además las conductas de género y porque su sexualidad es autónoma del control masculino, no corresponden a los modelos de mujer, de esposa y madre heterosexual funcional al patriarcado. Invisibilizarla resulta más eficaz para neutralizar la potencia subversiva. La estigmatización y la penalización pueden producir reacciones y explicitaciones. La ocultación, el silencio o el ninguneo cumplen funciones específicas que van más allá de la devaluación. Evitar la polémica pública dificulta la legitimación de la opción transgresora, acalla las argumentaciones a favor (al precio de limitar las argumentaciones en contra) y dificulta las posibilidades de que se realice proselitismo o se obtengan de algunas personas, el status de símbolo o de mártires del sistema. Así el silencio no ha sido solo un recurso social sino que ha confluido en una estrategia individual que lo refuerza. De ahí que a las mujeres nos cuesta más salir del armario. No parece tan necesario emplear controles formales con las mujeres porque funcionan de manera suficiente los informales a través de la internalización de los valores subordinados que se reciben a través de la socialización ().El hecho mismo que existan menos estudios sobre lesbianas, que estemos ausentes del discurso social encuentra explicación en estudios de antropología de la educación, que cuando un tema se saca del currículo, se está transmitiendo al alumnado un discurso subliminal que ese tema no tiene validez ni derecho a la existencia. En el currículo oculto de la sociedad pasa lo mismo. A las mujeres no se les reconoce el derecho a elegir opciones sexuales autónomas, por consiguiente se elude hablar de ellas: al no reconocerlas, no es necesario discutirlas ().

Es tan espeso el muro del silencio que, Simonis Sanpedro dice que para encontrar literatura lésbica hay que recurrir con frecuencia a la técnica del “palimpsesto”: raspar las escrituras sucesivas hasta encontrar el núcleo lésbico escondido, y eso hasta épocas tan recientes como décadas de los ochentas.

El lesbianismo tiene un innegable poder cuestionador. Consciente de ello las feministas se lanzaron por el camino del lesbianismo político y se hicieron visibles, a pesar de ello el muro del silencio no ha desaparecido y los pocos estudios sobre lesbianas, lo mencionan, no como consecuencia de opciones individuales, sino, por la eficacia de los controles sociales para neutralizar el impacto de la autonomía sexual de las mujeres (). Entonces para historiar a las lesbianas es necesario hacer mediante el “palimpsesto”, el de rastrear en los textos y subtextos de los escritos, un trabajo de arqueología en el sentido foucaultiano, es decir, descubrir la particular “episteme” o manera de pensar de las lesbianas, la que el heteropatriarcado oculta.


El Sujeto de Estudio

En principio vale la pena señalar que la etimología de la palabra lesbianismo y sus sinónimos cultos “safismo o tribadismo” nos remiten a la cultura griega y por tanto occidental ().

De lo que se deriva que, los tímidos intentos por historiar las manifestaciones lesbianas se circunscriben a la cultura occidental o a la interpretación de una historia local con una perspectiva occidental. Lo que desde una realidad latinoamericana, nuestroamericana o del Abya Yala nos replantea una denominación y conceptualización propia.

Aún desde esa perspectiva, resulta complicado definir un sujeto histórico que ni siquiera se define correctamente en la lexicografía. Los diccionarios más usados designan a las lesbianas bajo un tabú lingüístico, la ideología que subyace es la óptica del español católico y la perspectiva del varón heterosexual de buenas costumbres ().

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, define lesbianismo como “mujer homosexual” y homosexual como la “inclinación hacia la relación erótica con individuos del mismo sexo”.

Encontramos también la denominación Lesbio “amor o relación que se establece entre mujeres homosexuales”. Conceptos que definen el sujeto por la preferencia sexual.Para Laura Cottingham estas definiciones impiden de forma deliberada una comprensión global de lo que son las lesbianas y el lesbianismo al relegar nuestra historia y nuestros cuerpos al limitado espacio de la relación sexual. Ya que la relación sexual lesbiana va más allá de un contacto físico, es un acto trasgresor de la heterosexualidad impuesta políticamente, ser lesbiana no deja, por tanto, de ser revolución, lo quieran o no las que lo practiquen ().

Si bien es cierto, estos planteamientos políticos del lesbianismo son muy recientes y nos llegan de Estados Unidos a partir de los artículos de Adrianne Rich y sus reflexiones en torno a la heterosexualidad obligatoria y el continuum lesbiano, nos dan pistas fundamentales para reconstruirnos como sujetos en esa historia de silencios y negaciones. Pensarnos como lesbianas y en una genealogía, tendría pues como objetivo fundamental, rescatar la historia de resistencia de mujeres al sistema patriarcal heterosexista.

Y en esa historia recuperamos a todas esas lesbianas aún sin saber que lo eran, las que resistieron al matrimonio obligatorio, a una sexualidad impuesta, a construcciones genéricas impuestas, a roles impuestos y en ese entramado es posible encontrar mujeres con prácticas sexuales diversas pero con una actitud de ruptura a las imágenes de mujer heterosexual y disciplinada para su tiempo, si entendemos por heterosexual un sistema social que impone relaciones de obligatoriedad entre mujeres y hombres, como si fuera un principio natural inscrito en la cultura, así, la cultura heterocentrada organiza sobre la heterosexualidad un diseño completo de actividad social e individual, lo que tiene unos claros y contundentes efectos opresivos.

La heterosexualidad dicta su ley sobre el conjunto completo de la actividad humana así como universaliza su producción de conceptos (Wittig;).

Bajo esta lógica, las mujeres son conceptualizadas como "lo Otro" diferente, siendo siempre ese otro lo subordinado y dominado. La propuesta de Irigaray consiste en articular un imaginario femenino, a partir de lo reprimido y negado, para transformar la subordinación en afirmación.


En la búsqueda de una genealogía del Abya Yala

Si bien la tarea de la recuperación histórica nos permite articular las contribuciones de sujetos hegemónicos y no hegemónicos al conocimiento, tiene el riesgo por los límites en el acceso a fuentes u otras circunstancias dejar fuera algunos aportes importantes por lo que todo trabajo histórico no puede ser tomado como una historia total, única o verdadera. Bajo dicha advertencia, propongo un intento de acercamiento a algunos momentos históricos del lesbianismo nuestro americano.

En los lejanos antecedentes a un lesbofeminismo, encontramos en la poesía del mundo prehispánico, una fuente de expresión del pensamiento de la época.

Fue muy cultivada por los aztecas y sus aliados, la llamaban “flor y canto”, dándole estatuto de arte y de filosofía a la vez. Las mujeres también se dedicaron a la creación literaria. De muchas ignoramos su nombre, pero no su obra: consejos de la madre a su hija pequeña, discursos de ancianas, exhortos de curanderas o palabras de una partera a la que va a dar a luz. Entre las poetas en lengua náhuatl, sobresale Macuilxochitzin, hija de Tlacaélel, cuyo poema épico da cuenta de la batalla de los mexicas y el ejército de Axayácatl y de la intervención que en ella tuvo un grupo de mujeres otomíes. La autoría del Canto de las mujeres de Chalco se atribuye al poeta Aquiahuatzin de Ayapanco, quien lo redactó en 1430, recuperando los cantos orales de las mujeres chalcas al tlatoani Axayácatl; éstas desafiaban al vencedor de su ciudad para que les demostrara sus dotes sexuales. Es el texto erótico más largo de la poesía náhuatl (Gargallo; ). En él encontramos un fragmento en el que hace referencia al erotismo entre ellas, hermanas:¿Qué pues?... somos dos personas:

¡yo soy mujer de Chalco, soy Ayocuan!

Tengo gran deseo de mujeres como yo,

que son de Acolhuacan: tengo gran deseo de mujeres como yo,que son de Tepanecapan. 

¿Qué pues?... somos dos personas:
¡yo soy mujer de Chalco, soy
Ayocuan!

Mujer segunda: Deja que me aderece con plumas,            
mamacita,deja que me pinte la cara…

¿Cómo me verá mi compañero de placer?

Vamos a salirle al frente, tal vez se ponga furioso el Xayacamachan de Huexotzinco.
(1)


En el Siglo XVII los escritos de algunas monjas de conventos nos hablan de mujeres que resistieron al matrimonio heterosexual y encontraron en la vida monástica un espacio de libertad y salvación al destino predestinado a las mujeres heterosexuales. Uno de nuestros mayores íconos, la criolla novohispana Juana Inés de Asbaje y Ramírez, conocida como Juana Inés de la Cruz, o Sor Juana. Fue la mayor figura de las letras hispanoamericanas del siglo XVII, y una de las y los mejores poetas del Siglo de Oro español. Nació en un pueblo de lengua náhuatl, San Miguel de Nepantla, en el actual Estado de México, en 1651, y murió en la Ciudad de México en 1695. Aprendió a leer y escribir a los tres años, y a los ocho compuso su primera loa. Debido a su precoz talento, a los catorce ya era dama de honor de Leonor Carreto, esposa del virrey Antonio Sebastián de Toledo. Posteriormente, gracias a la protección de los marqueses de Mancera, brilló en la corte virreinal de Nueva España por su erudición y habilidad versificadora. En 1667 ingresó en un convento de las carmelitas descalzas y permaneció en él cuatro meses, antes de abandonarlo por problemas de salud. Dos años más tarde entró en un convento de la Orden de San Jerónimo. Es probable que, en un principio, sor Juana Inés de la Cruz prefiriera el convento al matrimonio: “Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros”, escribió en su famosa Respuesta de la poetisa a la muy ilustre sor Filotea de la Cruz, de 1691. Su celda se convirtió en punto de reunión de poetas, sabios y miembros de la corte, como Carlos de Sigüenza y Góngora, pariente del poeta cordobés, cuya obra introdujo en el virreinato, y también del nuevo virrey, Tomás Antonio de la Cerda, marqués de la Laguna, y de su esposa, Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes, con quien le unió una profunda amistad. Es preciso detenerse en dos escritos: Primero sueño, quizá el poema más complejo de la poesía americana, de reminiscencias cartesianas acerca del saber, en el que introdujo elementos reflexivos de carácter filosófico; y la ya citada Respuesta de la poetisa a la muy ilustre sor Filotea de la Cruz, en la que contestaba al obispo de Puebla, Manuel Fernández de la Cruz, quien en 1690 había dado a conocer una Carta Atenagórica  donde sor Juana criticaba el Sermón del Mandato del jesuita portugués António Vieira sobre las «finezas de Cristo». Manuel Fernández acompañaba el escrito de Sor Juana de una Carta de sor Filotea de la Cruz donde, reconociendo el talento de la autora, le recomendaba que se dedicara a una vida piadosa, acorde con su condición de monja y mujer, y no a la reflexión teológica, reservada a los hombres. En su respuesta, Juana Inés reivindicaba el derecho de las mujeres al estudio, pues el conocimiento «no sólo les es lícito, sino muy provechoso». No obstante, la crítica del obispo la afectó profundamente, tanto que poco después vendió su biblioteca y todo cuanto poseía, destinó lo obtenido a beneficencia y consagró por completo su vida a la religión. Murió durante una epidemia de cólera que asoló México en 1695, mientras atendía a sus compañeras enfermas.  Sus obras completas se publicaron en España en tres volúmenes. Entre los estudiosos de Sor Juana las feministas ven, en la Respuesta a Sor Filotea y en la redondilla Hombres necios, auténticos documentos de liberación femenina. Pero es en los poemas dirigidos a la Condesa donde se encuentran expresiones de un amor de mayor envergadura que la simple amistad:

Así cuando yo mía               
te llamo, no pretendo              

que juzguen que eres mía,
              

sino solo que yo ser tuya quiero.
 
Ana de Zayas, (Puebla) firmó con herméticos alías: La Salamandra, la Serpiente, el Águila Caudal, la Paloma… Sus escritos transmitían un mensaje ético de herencia humanista y se dirigían a los sacerdotes de la Puebla de los Ángeles, ciudad donde esta mujer vivió durante la segunda mitad del siglo XVII. Fue procesada por la Inquisición en 1694 porque valoraba su relación directa con la divinidad por encima de los representantes eclesiásticos, y con ello violó una de las reglas sociales más importantes de su tiempo. Tampoco se sometió a su marido, un hombre violento, a quien finalmente abandonó. La complejidad de sus escritos sólo se entiende con relación a las sectas heterodoxas surgidas a partir del Renacimiento en Europa y cuyos ecos arribaron a la Nueva España principalmente a través de los jesuitas, orden con la que doña Ana mantuvo una relación estrecha. Las prácticas espirituales que ella defiende igualmente la ligan al primer grupo de alumbrados erasmistas procesados por la Inquisición española durante el siglo XVI. Éstos se inspiran en una larga tradición de origen neoplatónico en la que se cree que el perfecto, prudente o virtuoso alcanza tal sabiduría que no necesita someterse a ningún dictamen más que el de Dios, de hecho, el objetivo final de tal conocimiento es convertirse en Dios. He aquí la filosofía que sustenta la libertad y fortaleza de Ana de Zayas, así como el lenguaje alegórico que emplea en parte de sus escritos. Doña Ana, además, mantuvo una actitud sincrética, abierta, gracias a la cual pudo aprovechar el ejemplo de valentía de mujeres que sí habían alcanzado la legitimidad eclesiástica, como Teresa de Ávila o Catalina de Siena (Concepción Zayas) (Gargallo; ). Aunque no encontramos referencias directas a sus prácticas sexuales o amorosas, consideramos que su actitud rebelde tanto al matrimonio como a la jerarquía eclesíastica, nos da luz para reivindicarla como una precursora que hizo resistencia a toda forma de disciplinamiento jerárquico.


Entre las independentistas hubieron algunas mujeres que saliendo de las reglas genéricas se enlistaron en las filas del ejército libertador. Quiero rescatar la relación entre Manuela Sáenz y Juana Azurduy en el Ejército Libertador argentino, cuyas cartas dejan testimonio de la simpatía y mutuo reconocimiento entre las dos únicas coronelas de dicho Ejército, así como testimonio en palabra de Juana Azurduy de la presencia de muchas mujeres en la lucha de Independencia (Gargallo;).

En la Revolución mexicana, algunas historiadoras han dado cuenta de Coronelas que vestidas de hombres asumieron identidades masculinas como una forma de ser aceptadas en el Ejército revolucionario, es importante destacar a algunas como Rosa Bobadilla, Juliana Flores viuda de Bolaños, Alberta Galindo Mantilla, Celsa González Pérez, Petra Martínez de García y Amelia Robles (),  entre otras, pero sin embargo es de justicia rescatar la labor de   las soldaderas, esposas, madres o hijas de los soldados a quienes se les ha estigmatizado bajo la imagen de seguidoras sumisas de los hombres, sin embargo historiadoras dan cuenta de la labor estratégica, administrativa, humana y militar importante y necesaria que tuvieron en la Revolución, sin cuyo aporte no hubiera sido posible la gesta revolucionaria.Ya en la segunda mitad del siglo XX al calor de las demandas feministas, surge un sujeto social colectivo que expresa clara y abiertamente una identidad lesbiana ligada tanto a una preferencia sexual como a una identidad política dirigida específicamente a desmantelar el sistema de opresión heteropatriarcal, del cual encontramos fuentes directas como documentos del activismo, entrevistas, literatura, reflexiones teóricas y autoetnográficas, entre otras, que nos dan cuenta de diversas formas de concebir la lucha política lésbica. Historia de la que tampoco se ha escrito mucho. Y la poca que existe también ha sido desdeñada o desvalorizada incluso por nuestra propia comunidad. Queda pues pendiente la gran tarea de seguir rearticulando visiones distintas y diversas de esta nuestra historia para salir del silencio la invisibilización y la estigmatización. Aportes que contribuirán seguramente a integrar piezas fundamentales de esa existencia aún oculta.


Bibliografía
Cotingaham, Laura, Lesbians are so chic…That We Are Not Really Lesbians at All, New York: Cassell, 1996

Gargallo, Francesca, Antología del pensamiento feminista nuestroamericano. Biblioteca Ayacucho, en edición. Venezuela.

Mogrovejo, Norma 2000. Un amor que se atrevió a decir su nombre. La lucha de las lesbianas y su relación con los movimientos feminista y homosexual en América Latina. México, Plaza y Valdés/CDAHL.

Osborne, Raquel, Las estrategias de la negación en: Platero, Raquel, Lesbianas discursos y representaciones, Ed Melusina, España, 2008.

Rich, Adrianne, Sobre mentiras, secretos y silencios, Barcelona, Icaria,1993.Rivera Milagros, Nombrar el mundo en femenino. Icaria Editorial, Barcelona, 1994.Simonis,

Angie.  Lesbofilia. Asignatura pendiente del feminismo español.

Wittig, Monique. El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Madrid, Egales, 2006.


*Colaboración para Estudios de Historia Cultural

 







 
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