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ENSAYO
     

 

 

Azar y Melancolía

Ilán Semo

 


El ocaso del gallero



Las primeras noticias de la muerte de José Rosendo Montes Aguilar llegaron a la ciudad de México sólo hasta el 26 de septiembre. Padre de nueve hijos, próspero hacendado y comerciante de Comitán, “benefactor de la niñez, las artes y los oficios”, rezaba la nota necrológica en El Monitor Mexicano, don José fue acribillado a la salida de un palenque de gallos en la noche del 16 de septiembre de 1901.1 Contaba cincuenta y siete años. La celebridad le fue póstuma y casual. Su imagen, tomada unas horas antes del inexplicable fin, responde a la fotografía con la que C. W. Waite consagró al gallero mexicano en las páginas del Herald Tribune. Desde entonces, Rosendo Montes ilustra sin cesar las antologías de arquetipos nacionales, ahí aparece sosteniendo a “El Dandy”, su gallo predilecto, vestido ostentosamente de charro y franqueado por dos capataces y un “ayuda” risueño (a decir por el atuendo de manta, un peón). En los primeros días, la familia quiso ocultar las circunstancias que rodearon al crimen. El reporte policiaco asegura que la viuda, doña Efigenia, “movió aire, mar y tierra para impedir que el estigma manchara la memoria del difunto, dispendiando favores al cura, el reportero, la policía municipal y la autoridad civil, que de por sí se hallaban en deuda con el finado”.2

 

Al parecer, fue inútil. A la muerte del hacendado siguieron los días que dieron fama a la pequeña ciudad del Comitán. Los hechos, “terribles”, según el informe de la policía, procedieron de la siguiente manera.

 

Desde joven José Rosendo Montes era un asiduo apostador en las peleas de gallos. Con el tiempo las había convertido en una redituable empresa, negocio que llevaba “de lado”. En 1869, los palenques habían sido una vez más prohibidos. A diferencia de los regímenes de la primera mitad del siglo XIX, los liberales habían tenido más éxito. Apoyado en la fortuna y el poder de El Gallo de Oro, la hacienda donde producía mezcal y pulque, don José había logrado “comprar” la condescendencia del jefe político y de las autoridades locales. Los capataces de El Gallo organizaban palenques en la comarca durante las ferias, los sábados de baile y las fiestas nacionales. “Artistas, mariachis, malabaristas y prestidigitadores que sólo eran conocidos en calidad de leyenda y rumor” aseguraban públicos abundantes. Los galleros de la hacienda llevaban a sus “espolones” para que los vecinos de Comitán probaran suerte con los suyos. Los “apostadores fuertes” pasaban del palenque a las “corridas de caballos”, donde ahí podían probar fortuna con sus propias monturas. Durante el espectáculo “se servía clandestinamente pulque, mezcal o licores importados, según el gusto y el bolsillo”. El gallo de Oro proveía la bebida y la organización.3 Peleas de Gallos, el corrido compuesto por Juan Garrido hacia los años treinta, evoca (en la Feria de San Marcos) el itinerario sentimental de una jornada en el palenque:

 

…van llegando los valientes

con su gallo copetón;

y lo traen bajo el brazo

al solar de la partida

pa jugarse hasta la vida

con la fe en su espolón.

 

¡Linda la pelea de gallos

con su público bravero,

con sus chorros de dinero

y los gritos del gritón.

 

Retozándose el gusto

con tequila y cantadoras,

no se sienten ni las horas,

¡que son puro corazón!

 

¡Ya la chica se hizo grande!

¡Y a ver quién quiere tronchando!

Gallos y postores… ¡Hay pelea!

Fuera ¡Cierren la puerta!...

¡Silencio señora!

Ya comienza la pelea,

las apuestas ya casadas,

las navajas amarradas

centellando bajo el sol.

 

Cuando sueltan los gallos

temblorosos de coraje,

no hay ninguno que se raje

 ¡para darse un agarrón!

 

Con las plumas relucientes

Y tirando picotazos

quieren hacerse pedazos

pues traen ganas de pelear

y en el choque cae el giro

sobre el suelo, ensangrentado.

¡Ha ganado el colorado

que se pone ya a cantar!4

 

La policía describió a “la clandestina empresa de Montes Aguilar” como “un auténtico casino deambulante” y en su informe exhibe –a caso en aras de encontrar el móvil del crimen- una larga lista de “probables desplumados”. Entre ellos aparecen Juan y Dionisio Castro Sarabia, dos hermanos “tahúres y bohemios” que gozaban de la protección de Manuel Alcántara Ibáñez, el comerciante más poderoso de la región y “supuesto rival” de don José. La hipótesis policiaca evoca los thrillers del XIX; amor, crimen y castigo. Todo se urdió en las tardeadas de tresillo –juego de naipes de la época- que organizaba Eulalia, dueña del “restaurante de distinción” y “viuda codiciada que en secreto ofrendaba sus encantos a don José”. Por ello, los hermanos Castro Sarabia conocieron a los galleros de la hacienda (es decir, quienes amaestraban a los gallos para las peleas). En las tertulias de baraja, los dos tahúres hicieron crecer las deudas en los galleros hasta volverlas insostenibles. En pago, les propusieron que  “amensaran” a los gallos de don José en el palenque del 16 de septiembre.5 Se empleaba “alpiste cargado” (probablemente un alucinógeno) que restaba ligeramente facultades al gallo, sin que fuera notorio ni evidente que había sido drogado. En “el gallo” del 16 de septiembre unas cuantas semillas de “alpiste mareador” bastaban para perder. La competencia era  reñida.

 

El palenque del Día del Grito suponía uno de los sucesos decisivos del año y los “círculos honorables” de la región acudían en pleno. Los cuantiosos montos de las apuestas, también enumerados en el reporte policial, corroboran su presencia. Para quienes participaban de la vida pública, la cita era indispensable. Los rancheros preparaban a sus mejores animales. Asistían las autoridades y el jefe político, los hacendados y los comerciantes, en una palabra, la “sociedad” de Comitán, un sinónimo de la demarcación social en el porfiriato. Era la única fecha en que se admitían mujeres. Los vecinos del pueblo formaban el grueso del público. A ellos les estaba reservada la “gallola” (o gallinero). Las gradas alejadas de la arena, situadas comúnmente en una altura, arremolinaban a la gente que presenciaba de pie las peleas a distancia. Los miembros de la “sociedad” ocupaban las butacas junto al pequeño ruedo.

 

A principios de siglo, el palenque reitera la geografía de la corrida de toros. Ahí la partición es entre los de “sol” y los de “sombra”. En los toros, las butacas de sombra estaban reservadas no sólo a quienes podían pagar los mejores precios, sino a una élite que hacía gala de su identificación en un festín popular. No bastaba el dinero para llegar a sombra, había que “prodigar favores” y estar en “las listas reservadas”. Si las plazas de toros eran, como lo siguen siendo hasta la fecha, circulares, las temporadas se construían de tal manera que el tercio de sombra estuviera asegurado en el este a las cuatro de la tarde. El “comportamiento” lo era todo: estar en la plaza se volvía un ritual de la distinción. La diversión no debía exentar a la solemnidad, pero la atmósfera de la corrida suponía relajamiento. Los toreros ofrecían sus virtudes a las damas de sombra; los trajes y los vestidos eran espectaculares; la “sociedad” se encontraba (“se codeaba” era el término) con figuras (“notariales” era el otro término) de la vida artística y política. En las butacas de sombre, el Jockey Club iba a los toros. Un “desfile de individualidades”, le llamaban las páginas de “sociales”. La noción que definía a los dos tercios de sol era en cierta manera la opuesta; la muchedumbre. Ahí abundaban el pulque, los atuendos de manta, los chiflidos y el humor. La primera versión del manual de Olivares sobre El buen comportamiento en público (un antecedente inmediato de los manuales de Carreño) advierte que “sólo la chusma chilla en los toros”.6 El acartonamiento de los de sombrea era el chascarrillo favorito de los de sol. En los tercios de sol sucedía el carnaval.

 

Las peleas de gallos dictaban otra frontera social. Los rituales de los apostadores exhibían la distancia entre el “gallinero” y la “butaca”. En su Historia general de gallos y galleros  José Ramón Esquivel detalló las contrastadas actitudes que distinguían a los apostadores en los palenques de principios de siglo:

 

En butaca se observa a los que llevan el traje de charro como si cargaran levita. Seguramente les resulta incómodo. A veces, prefieren el traje sport a la inglesa. Beben anís o licores endulzados, como si nadie supiera que a la salida se van a embriagar con el mismo mexcal que beben todos. Este jugador no muestra sus sentimientos. Puede perder cantidades fabulosas pero nunca lo expresa en su rostro. Perder no significa nada para él; es lo que al menos quiere hacernos creer. Además es de apuesta firme. Se casa con un espolón y no lo abandona. A veces imagino que quisieran imbuir de este honor a los gallos. ¿Será que creen que su sola elección fuera sentida por el animal y lo armara de fuerzas para vencer a su oponente? Así de increíble puede llegar a ser la presunción humana. En gallola, en cambio, todo es ruido y algarabía, Corre el pulque, y cuando hay, el mezcal. Aquí se juega a la quiniela. El apostador puede cambiar en plena pelea la apuesta, con las graves pérdidas que ello puede acarear. Hay quinielas para todo. El gallo que salta más, si es negro o colorado, si dura los primeros cinco (minutos) reglamentarios o no, si da la espalda o cae redondo… Y a la hora de perder, el drama y el llanto, y derecho a la cantina.7

 

El 16 de septiembre de 1901 el palenque de Comitán estaba repleto. La costumbre dictaba que después de los gallos “la sociedad” se desplazara  al Palacio Nacional para dar el Grito de la festiva alameda. Comitán era “visitado, escuchado y respetado”:

 

Presentes estaban el jefe político y su familia, el coronel encargado de la zona militar, el inspector de minas, el presidente municipal, la mayor parte de las autoridades civiles, la familia Gómez Labrija de San Cristóbal, industriales afamados, los sobrinos de Arturo Cal y Montemayor, la celebridad  misma de Los Altos y, no podía faltar, Manuel Alcántara Ibañez y sus galleros.8

 

Ocho series de peleas sostenían la velada. En la estelar, los gallos de don José iban a enfrentar a los de Manuel Alcántara. Acaso “por respeto a las autoridades no había apuestas ese día –dice el reporte de la policía-, aunque todo el mundo sabía que en la estelar corría mucho dinero de por medio”. La Voz de Comitán capturó los hechos en detalle. Los primeros gallos de Rosendo Montes cayeron “de la manera más lastimosa”. El hacendado no se inmutó. Faltaba “El Dandy”. El nerviosismo se apoderó del palenque.

 

A los pocos segundos de iniciado el combate, “El Dandy” cayó herido de muerte como si lo hubiera partido un rayo. Su dueño saltó a la arena y le dio el tiro de gracia. No pudo contener la ira. Con la pistola desenfundada empezó a proferir infundios y amenazas contra Manuel Alcántara. Lo acusaba de haber “amenazado” a sus gallos. El pánico se apoderó del público, que huyó despavorido. En el tropel hubo heridos y muertos.9

 

En vez de dirigirse al Palacio Municipal donde la ceremonia del Grito estuvo a punto de suspenderse, don José se enfiló presurosamente hacia su casa acompañado por uno de sus hijos. En un recodo del camino, ambos fueron acribillados por desconocidos. Una ola de venganzas y contravenganzas ensombreció a Comitán en los días siguientes. Francisco, el  hijo menor del hacendado, “organizó una partida política para ir a ajustar cuentas con los Alcántara Ibáñez, y éstos a su vez respondieron”. El restaurante de Eulalia, la “viuda codiciada”, fue incendiado. La gente aseguraba que había huido a París, aunque en realidad se recibieron noticias de ella desde Nueva Orleans, donde en 1906 contrajo nupcias con Macario, hermano político del infortunado José Rosendo.10 Un epitafio de aquellos hechos sobrevive en el corrido El Aguilita:

 

Año de mil novecientos

uno al presente

murió don José Rosendo

que era un gallo muy valiente.11

 

La policía nunca encontró a los hermanos Castro Sarabia. El informe sugiera que “se ocultaron con los lacandones en la Selva, a quienes de por sí explotaban en dudosos negocios de madera y caucho”. Catorce años después reaparecieron entre las tropas carrancistas “enarbolando la liberación de los indígenas contra los coletos”.12 La fortuna y los negocios de la madera les sonrieron de nuevo. En las afueras de Comitán cuelga una placa que les recuerda como “benefactores de la Revolución”.

 

A principios del siglo, historias como la de Comitán no abundaban. La prensa “científica” aprovechó la ocasión para reclamar “medidas rigurosas contra los centros de vicios y apuestas en general”; sus editorialistas prodigeron llamados contra los gallos, las apuestas y los juegos de azar. La prensa católica llamó a Comitán “la Sodoma y Gomorra del Sur” atribuyendo “la degeneración de la vida pública al juego y al vicio”.13 También el positivismo religiosos prodigaba excesos. En una buena parte del  país los palenques se dedicaban más al espectáculo que a los gallos, donde los hacendados y las élites locales sólo acudían ocasionalmente (las apuestas fuertes se cruzaban informalmente en las afueras de las cantinas, los patios de los ranchos y los recodos de los caminos.) Una cultura que separaba a “la sociedad” de la sociedad se abría paso con decisión. Nuevos juegos y, sobre todo, nuevos sitios y centros de diversión harían de los rituales de la suerte un elemento decisivo de demarcación social.

 

Espejismos victorianos

 

La fama de don José llegó hasta el Jockey Club de la ciudad de México. Fue uno de sus fundadores, contribuyó generosamente al traslado de su sede a La Casa de los Azulejos y sus caballos se contaban entre los mejores del hipódromo. Se le rindió un modesto homenaje en el informe de 1902, aunque nada se dijo sobre sus virtudes como gallero.14 Una omisión que no deja de ser notable. Los palenques habían desaparecido poco a poco de la capital y se celebraban de vez en cuando en los pueblos aledaños durante las fiestas religiosas. Había “gallos” en Xochimilco, Coyoacán y Tlalpan, pero los viejos apostaderos del siglo XVIII situados en las inmediaciones de Peralvillo habían pasado al olvido desde hacía tiempo.15 En cierta manera, el profiriato logró en dos décadas lo que tres siglos de prohibiciones no habían podido ni siquiera imaginar. Fueron probablemente los afanes de modernización –más que el rigor liberal- los que desterraron las peleas de gallos de las principales urbes. En el mismo Jockey Club se practicaban velados del prohibidísimo monte, un juego de naipes que simulaba a la ruleta en el que el azar lo era todo. Se apostaba al color, a la figura o al número que sacaba la banca. Podían jugarlo un número casi ilimitado de participantes. Era rápido y los dividendos llegaban a ser cuantiosos.16 A pesar de que trucos simples daban a la banca un poder desmedido, su fama abarcó todo el país. El Manual del Jugador Moderno, compilado por Edmundo García Estrada y Leonel Palma Barruña hacia principios del siglo, se alarma de la creciente moda de jugar monte:

 

Este juego necesita jugarse entre personas decentes, porque si no los participantes se exponen a ser robados en despoblado. Así es que recomendamos a todo el mundo que se abstenga en lo posible de arriesgar el dinero en este juego, en donde, como en ninguno, se puede afirmar que, de “enero a enero, el dinero es del banquero”.17

 

 También el hipódromo se había convertido en una próspera empresa de apuestas. El acta de la Junta de Ferias y Diversiones de diciembre de 1905 se lamenta de “las escasas contribuciones a la hacienda que (proveían) hipódromos y carreras de caballos, cuando (eran) negocios que superaban en mucho al comercio común”.18 En rigor, el abandono urbano de las peleas de gallos corresponde al ascenso de una élite recientemente urbana, empeñada en despojarse de sus propias tradiciones rurales. Cabe una comparación. En Inglaterra, la tradición victoriana protege y alienta el espíritu de conservación: lo singular de la nobleza en el siglo XIX consiste en preservar y actualizar tradiciones rurales –la caza del zorro es una de muchas- que sólo ella puede ejercer en un mundo crecientemente urbano. A principios del siglo XX, entre las élites occidentales, lo rural se vuelve un sinónimo de lujo; en el porfiriato, en cambio, un pasado por ocultar. La historia que culminó en la erradicación súbita del traje de charro en el Jockey Club y su sustitución “obligatoria” por el bombín, la levita o el casual jacket inglés reitera las tribulaciones que enfrentaron las aspiraciones victorianas del porfiriato.

 

En septiembre de 1884 se iniciaron los preparativos para celebrar el cumpleaños de Porfirio Díaz. En su honor, el Jockey Club ofreció una charreada en el antiguo lienzo de Peralvillo. Sus miembros se dieron cita en traje de charro; las mujeres iban vestidas de chinas poblanas. A los invitados de honor, don Porfirio y doña Carmen, les fue construido expresamente un “trono Luis XIV”, “Parecían reyecitos” llegó a escribir un esmerado cronista. La concurrencia fue absoluta. Los directores del Club estaban orgullosos del éxito. Hubo rejoneo mexicano, suertes de lazos y jinetes afamados. Pronto, como era costumbre en las charreadas, el polvo y el lodo acabaron con el escrúpulo de los trajes y los vestidos. A las doce del día, los mariachis amenizaron el almuerzo, que “se prodigó en mole, chicharrón, carnitas y otras delicias locales. El presidente “regaló unas palabras a la concurrencia, glorificó al Club y vindicó sus aportaciones a la civilidad”.18

Fue la última charreada en el Jockey Club.

 

C. Bertie Merriot, un empresario francés y protegido del secretario José Limantour, escribió una reprimenda a los directivos del Club con copia al propio secretario de Hacienda. Siguieron la intriga y el rumor; finalmente, estalló la crisis. En su carta, Merriot desacreditaba el espectáculo ante oídos ávidos de construir distancias sociales y espacios “selectos”:

 

Las mañanas son horas de bicicleta, tenis y pastisse, el momento más inapropiado para dignificar a un mandatario de la talla del general Porfirio Díaz. La cursilería del “trono” fue un insulto. Además la resolana y el polvo, nos dejaron como si hubiéramos asistido a una estampida de búfalos (…) Los disfraces folklóricos de los comensales y los jinetes se asemejaban más a los de un carnaval que a los que impone un acto de reafirmación del orgullo nacional (…) La comida era como meterse fuego a la boca y tenía a medio mundo haciendo colas en el baño; el estoico dignatario, que resistió las inclemencias del chile y el picante, fue el único que no se movió un ápice como dictaba la ocasión (…) Yo creía haber sido invitado a un derby en honor del Presidente, pero en su lugar me encontré con una réplica del salvaje rodeo que practican los cowbys noteamericanos.20

 

Uno imagina que la misiva de Merriot despertó la indignación de los miembros de Club. Todo lo contrario. Lejos quedaba el fervor nacionalista de los años que siguieron a la guerra contra la intervención francesa. La directiva se reunió varias veces para “reflexionar seriamente sobre las graves y apropiadas consideraciones del señor Bertie Merriot”.21 Después llamó a una asamblea extraordinaria que decidió “suprimir las charreadas y todo tipo de espectáculos que no estuvieran a la altura de los requerimientos más esmerado en cualquier parte del mundo civilizado”.22 Dos de sus miembros fueron enviados a Europa para estudiar “la organización y las exigencias del protocolo en las festividades públicos”.23

 

El Jockey club promovió juegos y diversiones que pronto impactarían a las regiones del país. Las carreras de caballos y sobre todo los hipódromos fueron decisivos en el ordenamiento de una cultura que vindicaba el cosmopolitismo frente a una arraigada tradición rural y popular de juegos y esparcimientos. La primera quiniela ecuestre moderna data probablemente de 1869. Francisco Portillo de la Serna en Tritón superó por “un cuerpo y medio” a Eulalio Cervantes Ezquerra que montó a Bullanguero en un recorrido a lo largo del paseo de la Reforma. La boletería fue oficial así como los billetes de las quinielas. Jueces, relojes visibles y gritones en levita debían procurar una escenografía institucional. La bolsa para el ganador fue de 1,000 pesos. A lo largo de “la pista” hubo “fritangas, aguas frescas y souvenires ecuestres”. Uno de los comerciantes demandó a los organizadores por no haber previsto que el “lodo iba a sepultar (su) puesto de ventas”. Las autoridades citadinas le respondieron que él “tuvo la culpa por avorazado”, pues había colocado su “mercadería demasiado cerca del recorrido”.24

 

La apertura del primer hipódromo de México, el circuito de Peralvillo, se anunció para el 9 de abril de 1882. El recorrido interno tenía media milla, y el externo, una milla. Las gradas podías albergar a 720 personas. En total, el cupo era para 4,000 personas. Las apuestas irían de 150 a 1,500 pesos. Los preparativos de la inauguración ocuparon a los principales diarios de la ciudad de México. La “sociedad” se dio cita el Domingo Santo. La mayoría tuvo que regresar de Tlalpan, Santa Anita y otros lugares en donde vacacionaban. El disgusto debe haber sido imaginable cuando se enteraron de que la apertura se posponía por dilaciones en la construcción. No fue sino hasta el 29 de abril cuando el hipódromo de Peralvillo entró en actividades. A la ceremonia inaugural asistieron el presidente Manuel González y su gabinete, el cuerpo diplomático y representantes de todos los estados. El Colegio Militar rindió excéntricos honores a los caballos con diecisiete salvas. La primera tanda la ganaron los equinos que eran propiedad del general Epifanio Reyes, quien llegaría a convertirse en el comandante de la zona militar de Morelia; en las carreras de una milla, el triunfo fue para los de Pedro Rincón Gallardo, gobernador del Distrito Federal. Con el tiempo. Incluso el presidente González decidió adquirir un caballo. Ser propietario de un caballo (una cuadra era todavía mejor) devino un requisito de pertenencia, así fuese imaginaria, a los círculos más cercanos del reducido grupo gobernante. Además, podía también ser un excelente negocio. La lista de miembros y directivos del Club habla de algo más que un simple centro ecuestre. El 1893, los directivos eran: Manuel Romero Rubio, suegro de Porfirio Díaz, Pedro Rincón Gallardo, que tenía el cargo de vicepresidente; José Limantour, Pablo Escandón y Luis de Errazú, entre muchos otros. Porfirio Díaz y Manuel González encabezaban la lista de sus cien únicos miembros. El “centro social” del Club en el Piñón se transformó rápidamente en una estación indispensable del lobby político sirve como un centro de exhibición y atracción que procura cotidianamente la invención de estilos y rituales de un poder que, por su afán de modernidad, está también obligado a ser mundano.25

 

Los hipódromos se multiplicaron a lo largo del país. Veracruz, Guadalajara y Chihuahua ensayaron experimentos que no sólo se convirtieron en negocios ostensibles, sino que reproducían la moda de tener sus propias réplicas del centro social del Piñón. En México, la condición victoriana fue, más que una cultura de fuerzas modernizadoras, una decoración de asentamientos insulares.

 



El Gallero
Saturnino Hernán 1914



En el Distrito Federal el intento de trasladar el hipódromo al Piñón marca un intento fallido de “replegarse a zonas más respetables que la populachera Peralvillo”, escribe al hacendado morelense José Escandón.26 Después siguió el de Indianilla en las inmediaciones de La Piedad. Sus organizadores atribuían el fracaso del circulo del Piñón al sistema norteamericano de apuestas, en el que había una treintena de variantes distintas y que daba enorme libertad al apostador, aunque a la vez le exigía conocimientos e información. Por esto Indianilla adoptó el sistema francés: una sola apuesta a un solo ganador cuyos montos ascendían en función de las cantidades acumuladas. Una lectura elemental de ambos sistemas de apuestas diría que el “rally” francés privilegiaba a un solo ganador y a la competencia misma, mientras que la versión norteamericana daba primacía al apostador y su virtual compenetración con el mundo, en gran parte estadístico, de las carreras de caballos. Roger Callois encontró en estos sistemas a dos “filosofías del mundo”: el primero supone una deposición del destino del azar en el “monarca” (“el súbdito juega al ganador”); en el segundo, el azar queda en manos del jugador (“el ciudadano profano supone que los hilos del azar están en sus manos”).

 

En octubre de 1910, el hipódromo se trasladó finalmente a la antigua hacienda de La Condesa. La revolución dejó intocadas a sus actividades, aunque no a sus administraciones. Sólo en dos ocasiones las carreras se interrumpieron “por el peligro de un robo masivo de caballos”. La primera, durante la Decena Trágica; la segunda, durante la ocupación de la ciudad por las tropas de Emiliano Zapata y Francisco Villa.

 

William H. Beezley, uno de los historiadores indispensables del porfiriato, hace notar en Judas at the Jockey Club que si la psicología de cada apostador queda como un misterio insondable, la forma de apostar habla sintomáticamente de su entorno inmediato:

 

Las carreras de caballos ofrecían a los hombres la oportunidad de demostrar su capacidad de enfrentar riesgos. Para unos cuantos, el riesgo consistía en montar sus propios caballos durante la carrea de los propietarios (…) Pero la mayoría demostraba su valentía y su estoicismo de cara a la suerte apostando desorbitadamente. Apostar en cualquier tipo de evento, pero sobre todo en estas carreras, era visto como algo auténticamente mexicano. Este comportamiento coincidía de muchas maneras con los valores y las actitudes del gentleman desde Inglaterra hasta Estados Unidos, cuando obstinados hombres de dinero apostaban mucho más de lo razonable, y perdían y ganaban sin preocuparse demasiado por el resultado.27

 

La vocación victoriana fue finalmente una manera de traducir la melancolía aristocrática al rigor de las pasiones del romanticismo. La precisión de Beezley abunda en este sentido. Never Show your feelings: la “sociedad” se sabe en casa gracias a una economía gestual. Apostar contrae la proyección de una épica y una ética del desenfado. Las imágenes se repiten: ante la inmisericorde rueda de la fortuna, el jugador con (y de) clase es un gentleman en impermeable. Dostoievski recoge la universalidad de este hecho cuando el profesor, personaje central de la novela El jugador, entra por primera vez al casino de Ruletenburg y observa los movimientos alrededor de una mesa de ruleta:

 

A primera vista, lo particularmente detestable en toda esa gente alrededor de la ruleta era el respeto hacia lo que estaban haciendo, la seriedad y hasta la devoción con que todos rodeaban las mesas. Por eso aquí se marca tan definidamente la distinción entre el juego mauvais genre y el que puede permitirse un hombre digno. Hay dos juegos: uno de caballeros y otro plebleyo, interesado, el juego de la chusma. Aquí se marca muy bien la diferencia, pero ¡qué infame es esta diferencia en el fondo! El caballero, por ejemplo, puede apostar cinco o diez luises, en contadas ocasiones más, aunque si es muy rico puede hacer de mil francos, pero sólo como un simple juego, como diversión; en realidad, para tan sólo seguir el proceso en que se gana o pierde; pero la ganancia misma no debe interesarle en absoluto. Si gana, puede, por ejemplo, soltar la risa, hacer una observación a algunos de los que lo rodean; puede incluso doblar una y otra vez la apuesta, pero únicamente por curiosidad, para calcular sus posibilidades, y no movido por el deseo plebeyo de ganar. En una palabra, a todas esas mesas de juego, a la ruleta y al trente et quarante, las debe mirar como un entretenimiento que sólo puede procurarle satisfacciones. El interés y las trampas en que se basa y descansa la banca, no debe sospecharlos ni siquiera. Estaría muy bien incluso que, por ejemplo, todos los demás jugadores –toda esa basura  que tiembla por un florín- pareciesen otros tantos caballeros ricos como él que jugaban únicamente para distraerse y divertirse. Esta ignorancia completa de la realidad y esta ingenua visión de la gente serían, sin duda, muy aristocráticas.

 

He sido testigo de cómo muchas mamás empujaban a sus hijas, ingenuas y elegantes misses de quince y dieciséis años, y les ponían en la mano unas monedas de oro, enseñándolas a jugar. La señorita, ganase o perdiese, siempre sonreía contenta y se retiraba la mar de satisfecha.28

 

La gentlemanía victoriana de las élites porfirianas se expresó ante todo en el afán de homologar la diversión con los rituales del progreso. Andar en bicicleta, ejercitarse en aparataros de gimnasia, practicar pesas con poleas y participar en carreras de motocicletas y coches devinieron actos de exhibición y distinción en una sociedad que veía en la diseminación de las máquinas una solución a los dilemas centrales del hombre. Las utopías del progreso se conjugaron con las de una cultura empeñada en encubrir, así fuera tan sólo en la fachada, sus realidades rurales.

 

A principios del siglo, la conjunción entre la máquina y la diversión sirve como escenografía del simulacro de la liviandad; la máquina libera al cuerpo de las inclemencias del trabajo y es el sitio de un inocente hedonismo. La máquina-trofeo que el ciclista, el piloto o el futuro aviador exhiben (en periódicos y afiches) como estandartes después de la gesta lograda, simulan el cuerpo del conquistador, un cuerpo librado de la huella del esfuerzo después de desafiar los retos de la naturaleza. En el imaginario porfiriano, la fatiga es una condición insolente. Hay que pasar por la vida sin despeinarse.

 

La otra obsesión consiste en dotar a los juegos de normas y reglas. En  una sociedad que pretende fundarse en el cálculo y la ley, el fair play tiene a uno de sus principales laboratorios en las diversiones. Tenis, bol y criquet abruman a sus convidados con complejas reglas y elaborados sistemas de contabilidad. El cálculo y el pronóstico se vuelven obsesiones. Las posibilidades de apostar se extienden a nuevos territorios. La diversión moderna exige iniciación y estudio. Pero es el box y su reglamentación el que habrá de testimoniar las posibilidades de circunscribir la ley natural del más fuerte a las reglas del derecho. Poco se ha reflexionado sobre los orígenes y las consecuencias, simbólicas y emblemáticas a un mismo tiempo, de la reglamentación moderna del box hacia finales del siglo XIX. Es notable que la más fundamental sea la prohibición de dos golpes que convierten al cuerpo en una metáfora ética: el “golpe bajo” y el “golpe por la espalda”. El golpe fuera de la ley y el de la traición. El cuerpo deviene una geografía moral, la geografía de la caballerosidad.

 


Festejos Guadalupanos
El hijo del Ahuizote 1898




La versión más antigua del deporte organizado en México, otra característica central de las nuevas diversiones, data probablemente del Club del Criquet México, cuya fundación se remonta a los esfuerzos de mineros y comerciantes ingleses hacia 1827. El Club de Criquet sobrevivió hasta 1904, año en que se fusionó con el Club de Golf San Pedro, que más tarde se transformaría en el emblemático Country Club. A pesar de los intentos británicos el criquet nunca llega a la madurez. En su lugar se desarrollaría el baseball. El ocaso del primero y el ascenso de la popularidad del bat-an-ball coinciden con el desplazamiento paulatino a principios del siglo de la presencia inglesa por la norteamericana. La diferencia entre ambas influencias no sólo en de orden económico y político, sino sobre todo cultural: el enclave aristocrático inglés versus el popularismo norteamericano. El criquet, al igual que el polo, tradiciones inequívocamente inglesas, se mantendrían como rituales aislados de una élite que se amurallaba en reservaciones: los clubs. El béisbol, por el contrario, brota espontáneamente en los campos petroleros, los traspatios de las fábricas de zinc de laos Guggenheim y los poblados fronterizos. Mr. Spaulding, el principal fabricante de aditamentos para béisbol, aprovecha el inusitado swing del juego de pelota y se encarga él mismo de “crear mercados” en una decena de viajes de promoción. Los círculos porfirianos prefieren, por supuesto, el polo, el golf, el criquet y el tenis. Desde sus orígenes, el béisbol en México se afirma como un deporte que identifica y reúne al barrio, al pueblo y a la comunidad.29

 

Caudillos, póker y casinos

 

Hacia 1910 la geografía de los juegos DE AZAR EN México era tan diversa y dispersa como sus innumerables culturas regionales. El país se asemejaba a un condómino cultural en el que los rituales de la suerte variaban de región en región y de cultura en cultura. El Jockey Club y el Country Club, con sus replicas en Guadalajara, Veracruz y Puebla, eran ínsulas aisladas que apenas asomaban en algunos centros urbanos. En rigor, México estaba compuesto por un conjunto de muy pequeñas poblaciones que rodeaban a las haciendas o a ciudades aisladas e inconexas. En el pequeño pueblo echar cartas, trastar cubilete o aventurar una tarde de dominó significaba reunirse y encontrarse para reiterar una rutina que hacia del juego un sitio central de la vida pública. Ahí se fragauaba el rumor, se pactaban negocios, se acordaban intrigas, se lanzaban candidatos y se reafirmaban amistades. Los primeros indicios de una opinión pública son  impensables sin las tardes rituales de tresillo, póker y dominó. Se juega, se toma, se conversa y, sobre todo, se practica una actividad voluntaria guiada por reglas. Si se sigue la literatura costumbristas de los últimos años del porfiriato, los confines predilectos de juego eran el club, la cantina, el Ateneo (donde lo había), la botica o la diócesis.

 

El Manual de Juegos de Azar editado por José Manuel Rueda había 1900 en Madrid propone una extravagante relación entre “idiosincrasias nacionales y formas particulares de juego”; los españoles juegan tresillos; los ingleses, whist.

 

Fácilmente se comprenderá que, siendo un tahúr un juego inglés por excelencia, este juego es por completo de cálculo de los naipes en Inglaterra y el país de Gales. Introdújose en Francia reinando Luis XV, y en la actualidad domina en las reuniones francesas, donde ha remplazado poco a poco a los juegos nacionales, menos serios y más divertidos (…) la palabra whist es una interjección inglesa que significa “silencio”. Esto hasta para que se comprenda que está prohibido hablar. Un buen jugador, completamente absorto, no trata de entregarse a la conversación, que de ordinario constituye el encanto de las reuniones francesas y españolas. Es mucho más difícil que los juegos franceses o españoles, porque no pudiéndose hablar ni aún hacerse señas, los asociados no conocen su fuerza o su debilidad, sino cuando tienen la sagacidad necesaria para adivinarlo.

 

Es difícil coincidir con Rueda. La paciencia inglesa por el bridge, que a diferencia del whist admite esplendidas y largas conversaciones, data del siglo XVIII. Sin embargo, la relación entre las variedades del juego de cartas y su entorno cultural es un hecho constatable. Más que la “idiosincrasia nacional”, lo que parece dominar las veredas del azar es la economía de tiempo y sus mentalidades. El mapa ludens de la diversidad de los juegos de cartas que se practicaban en México en las primeras décadas del siglo XX hablan de diferencias sustanciales entre las preferencias de los jugadores del norte, el centro y el sur.

 

En el norte dominan el póker, el faraón y las siete y media, juegos rápidos de azar puro que excluyen la posibilidad de la conversación y de reglas simples y casi aritméticas. En el sur se juega tresillo, brisca y mus, dificultan visiblemente la velocidad de la apuesta. La expansión del póker en el norte de México responde, en cierta manera, a una cultura crecientemente fronteriza, donde se entremezclan diversiones norteamericanas y mexicana. Pero es fácil imaginar que un entorno de viajeros, colonizadores recientes, rancheros y ganaderos que se movían de hacienda en hacienda, así como comerciantes ambulantes que vivían indistintamente en ambas culturas, proponía formas de juego muy diversas a las que ocurrían en la tranquilidad sedentaria de mayor parte de las haciendas y los pueblos del centro y el sur del país.

 

Desde sus inicios, la revolución retomó la antigua consigna liberal y colonial de “extirpar los males del juego y el vicio del azar” de la sociedad mexicana, como se puede leer en el discurso que pronunció Francisco Madero en Torreón durante su campaña a la presidencia. Sin embargo, la actitud que adoptó la rebelión varió de caudillo en caudillo y de región en región. Madero optó por una política de zonas reservadas al “juego y la prostitución”. Es lo que sucedía naturalmente en su entorno en Coahuila donde, a diferencia de lo que acontecía en el conjunto del país, las reformas de tolerancia se habían prodigado en los últimos años del porfiriato. Carranza compartió una visión similar, aunque de pretensiones mayormente nacionales. Se ha escrito abundantemente sobre el edicto de clausura de la Lotería Nacional que el carrancismo impuso desde 1915. Hay quienes lo interpretan como un anuncio de las cruzadas de “moralidad y saneamiento público” que emprenderá el nuevo régimen a partir de los años veinte. Es una interpretación excesiva. La único que perseguía Carranza era restar legitimidad a los gobernados de la Convención que se propusieron ocupar la ciudad de México y el poder federal.

 

En plena revolución, el cierre temporal de la Lotería Nacional trae consigo un auge de las loterías regionales. Empresarios sonorenses intentan la suya en Hermosillo. En Tamaulipas, Veracruz y Campeche proliferan las loterías privadas y frecuentemente clandestinas. Surge la lotería campechana, una versión temprana de las loterías instantáneas que tardarán sesenta años en desarrollarse plenamente. Son los mismo constitucionalistas, a través de José Alvarado y sus campañas en el sur, los que tratarán de proscribir las loterías regionales. Finalmente, el leitmofif del carrancismo es la construcción de un Estado fuerte y centralizado. Venustiano Carranza no está contra los juegos públicos de azar, sino contra los juegos que escapan al control del Estado. Nadie mejor que él entiende que no sólo es una forma de hacerse de cuantiosos recursos, sino que es un poderoso instrumento de legitimidad. El carrancismo persigue la nacionalización de la suerte de la misma manera y con la misma intensidad en que se empeña en centralizar la moneda. En última instancia se trata del consenso que producen los “billetes”.

 

Villa fue más condescendiente y durante su gobierno de Chihuahua emitió leyes que despenalizaban los juegos de azar sobre todo en la zona fronteriza. Paradójicamente, el villismo trajo consigo en sus primeras épocas un aumento de la emigración y la deposición de intereses norteamericanos en Chihuahua. Hubo no pocos estadounidenses osados que quisieron capitalizar las zonas de tolerancia fronteriza abiertas por Villa. Posteriormente, e irónicamente, el combate contra el villismo erradicó este relajamiento, a diferencia visible de lo que habría de ocurrir en Tijuana y Mexicali. Pero son los sonorenses, sobre todo Plutarco Elías Calles, los que tomarán la bandera de la “erradicación total de los antros de juego y alcohol” en sus administraciones de Sonora. Una bandera que rápidamente se convertiría en realidad en las primeras campañas militares de Calles destinadas a dominar Sonora. Las campañas antialcohólicas de los ejércitos callistas, iban acompañados con la proscripción de tahúres y sitios de juego. Para Calles el nuevo régimen debía ser ascético e imponer una moralidad fundada en el trabajo.

 


La billetera
Antonio Ruiz. El Corcito 1932





El rigor de la moralidad callistas no duró mucho. Las cuantiosas oportunidades que aparecieron en México con la ley de la prohibición del alcohol en Estados Unidos fueron suficientes para atenuar la nueva moral revolucionaria y disuadir a sus representantes de los inmejorables negocios que tocaban a la puerta. El emblema de una era en la que el juego adopta dimensiones de una épica clandestina, vinculada a los nuevos héroes del crimen organizado en los años veinte, en el casino en su versión norteamericana. El casino es el territorio franco que afirma los poderes de la seducción del juego el alcohol frente a la persecución oficial de un Estado, el norteamericano, que ha concentrado todas sus obsesiones en la lucha contra “el vicio”. Su relación con el antiguo casino europeo y aristocrático del siglo XIX, que cautivó a Dostoievsky y más tarde a Stefan Zweig, es vaga y lejana. La historia del casino de Montecarlo es la de una fábrica de morales y costumbres en las que el espíritu aristocrático se va amoldando gradualmente a las reglas públicas impuestas por la economía de la utilidad. En cambio, las casas de juego que proliferan a lo largo y ancho de Estados Unidos desde la fiebre del oro en California son empresas puras del azar, donde riquezas súbitas enfrentan el vértigo de una cultura que se juega permanentemente el todo o nada. El Victorian style frente al American dream. Al casino europeo se acude para formar pare de un stablishment; surge en torno a un hotel o un sitio de descanso; es un lugar para estar. El americano, en cambio, tiene su origen en la cantina o el comedor; es un alto en el camino, una parada, una estación de paso, un enclave de diversiones regido por el síndrome de la gasolinera, se llega, se carga o descarga y se sale. La versión norteamericana del orden europeo del azar institucionalizado será más tarde una suerte de proto mal de la suerte: Las Vegas.

 

A principios de los veinte, en menos de cinco años, surgen varios centenares de grandes y pequeños casinos en la zona fronteriza mexicana, donde se sirve legalmente el prohibido alcohol y se juega ruleta, baccarat y veintiuno. Son auténticas fábricas del azar. Tijuana alberga a la más memorable de todas; el casino de Aguascalientes. Los clientes son fundamentalmente norteamericanos. El antiguo caserío se vuelve parte de la  épica del “griego”. Ahí huye de una sociedad empeñada en acrecentar su puritanismo y sus prohibiciones. Tijuana es un sinónimo posible de savage freedom como en las películas de Westland o de Williams que datan de los treinta. La proximidad de las bases militares de California la convierte en una economía de escala, la cercanía de Hollywood la transforma en un emblema cinematográfico. Tijuana deviene el sitio de la autoextradición permisible; una metáfora norteamericana que conjuga, así sea imaginariamente al placer con la transgresión.30

 

En las zonas fronterizas, los caudillos y sus grupos regionales hacen esencialmente negocios. Pero no pueden –y finalmente no quieren- impedir que el estilo victoriano del porfiriato, al que no lograrán más que acomodarse inicialmente, y rechazan el norteamericano, si que no sabrán contener. Aguascalientes y su zona de tolerancia serán una primera invención nacional. En los veinte, el puritanismo revolucionario es declamatorio. La mayoría de los casinos permanecen prohibidos en zonas que no son “libres”, pero las “zonas de tolerancia”, oficialmente reglamentadas, se multiplican en todas las ciudades del país. Cuahtemotzin será célebre en el DF, al igual que El Manglar en Veracruz o Los Tugurios en Puebla.

 

Juego, alcohol y prostitución merecen la condena de las primeras versiones de la ideología de la revolución, aunque procuran espléndidos negocios a los revolucionarios.

 

Vasconcelos acompaña a sus misiones educativas de feroces campañas contra el juego. El ideólogo impugna todas sus variantes.

 

Entre nosotros todo está por rehacer y se halla corrompido por un comercialismo brutal, como que depende de influencias extranjeras indiferentes a otra cosa que la ganancia, y se ha suprimido el café, pero se explota el salón de billares. Allí el convivio se corrompe con la apuesta; el ingenio se gasta en la estupidez del juego, desaparece el deporte espiritual de la conversación, que requiere el olvido de las manos y de frusterías como el taco y las bolas. Y no digo nada del pasatiempo embrutecedor de los juegos de cartas.31

 

Hasta mediados de los años treinta, la retórica revolucionaria “civilizatoria” compartida por Pani, Lombardo, Toledano y muchos más –“el vicio del juego es anticivilizatorio”, escribe Narciso Bassols- contrasta con las dificultades que exhibe su puesta en práctica. En rigor, no será sino el cardenismo el que encuentre finalmente la fórmula para poner en práctica una obsesión que data de la Colonia: el monopolio del Estado sobre lo que ya despunta como las futuras industrias de la suerte.

 



1 El Monitor Mexicano, 20 de septiembre, 1901, p. 1.

2 Archivo General de la Nación, Ramo Policía y Gobierno, vol. XIX, fs. 20-36. (A continuación se cita como PG.)

3 Ibíd.

4 Cancionero popular mexicano, volumen 1. Selección, recopilación y textos de Mario Kuri Aldana y Vicente Mendoza Martínez. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Dirección General de Culturas Populares, México, 1987, p. 232.

5 PG, f. 29

6 José María Olivares, El buen comportamiento en público. Consejos de Urbanismo, Imprenta Aguilar, Ciudad de México, 1896, p. 71.

7 José Ramón Esquivel, Historia general de gallos y galleros. Imprenta Hermanos Linares, México, San Luis Potosí, 1905, o. 132.

8 La Voz de Comitán, 3 de septiembre, 1901, p. 3.

9 Ibíd.

10 PG, f. 35.

11 Cancionero del Sureste. Recopilación de Eduardo Sotomayor. “El Mariachito”, Talleres La Colmena. Ciudad de México, 1927, p. 35.

12 Vicente Torre Iriarte, Biografía de Francisco Mújica. Ediciones Labor, México, 1943, p. 92.

13 El Monitor Republicano, 7 de octubre, 1902, p. 3.

14 El Despertador, 3 de diciembre, 1902, p. 4.

15 José Ramón Esquivel, op. cit., pp. 143-146.

16 Edmundo García Estrada, et. Al., Manual del Jugador Moderno, Imprenta de La Casa del Libro, Madrid, 1905, pp. 291-293.

17 Ibíd.

18 AGN. Ramo Ferias y Diversiones, vol. Ix, f. 19.

18 El Monitor Mexicano, 17 de septiembre, 1884. p. 4. Véase también: William H. Beezley, Judas at the Jockey Club and other Episodes of Porfirian Mexico. Universitty of Nebraska Press, Nebraska, 1987, pp. 7-9.

20 Archivo de Pablo Escandón (APE). Colección privada propiedad de la señora Estela Escandón de Zárate, México, D. F., La carta de Merriot se cita en la carta que Pablo Escandón envió a los miembros del Patronato del Jockey Club el 22 de octubre de 1884.

21 Ibíd.

22.

23 APE. Carta de Pablo Escandón al Patronato del Jockey Club, México, 9 de enero, 1885

24 AGN, Ramo Ferias y Diversiones, vol. II. f. 4.

25. William H. Beezley, op. cit., pp. 26-31.

26 APE, El Jockey Club. Recurdos y memorias. Imprenta Aguilar, Ciudad  de México, 1889, p. 61. El opúsculo no tiene autor, pero se trata probablemente por el estilo, de Pablo Escandón

27 William H. Beezley, op. cit.

28 Fondo Dostoievski,  El Jugador. Editorial La Isla, Madrid, 1959, p. 37.

29. William H. Beezley, op. cit. pp. 31-66.

30 Héctor López Arce, Tijuana. Una historia fronteriza. Universidad Autónoma de Baja California, 1986, pp. 92-139.

31 José Vasconcelos, La revolución mexicana. Introducción y selección de textos compilados por Javier Méndez de la Torre. Universidad Nacional Autónoma de México. Textos Clásicos, México, 1966, p. 98


Este ensayo forma parte del libro "La Rueda del Azar".Juego y jugadores en la historia de México. Coordinado por Ilán Semo. Ediciones Obraje. México D.F.. 2000.

 







 
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