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ENSAYO
     

 

 

Las industrias de la Suerte

Leticia González del Rivero

 

I

 

¿Por qué juega el individuo? ¿Qué lo lleva a ponerse en manos del azar? ¿Es acaso una manera de transgredir los límites de su contingencia? Se juega a ganar, siempre de nuevo, como si el hecho encerrara un vitalismo en sí. El juego es tan antiguo como la sociedad. En Roma, hace más de dos ml años, ya existían juegos institucionalizados. Los romanos apostaban a las carreras de caballos y a los dados; además contaban con una lotería pública manejada por la administración civil. En la actualidad, jugar significa en apariencia lo mismo. El juego es, como escribe Johan Huizinga, “inherente a los hombres y más viejo que la cultura”. Roger Callois lo dice de otra manera: “lo que expresa el juego no es diferente a lo que se expresa en la cultura”.1 El mundo moderno ha impuesto su propio sello a las prácticas de juego. En principio, jugar sigue siendo, como antes, una actividad libre que se desarrolla fuera de la vida ordinaria, regida por reglas y practicada por grupos específicos en espacios determinados. Sin embargo, el individuo moderno juega en (y frente a su) condición distintiva: la soledad. Para poder alejarse de ella se incorpora a rituales que se asemejan a los tribus, siempre en búsqueda del grupo del que se siente aislado. A través de sus códigos y reglas, el juego proporciona una identidad así sea efímera: hace posible el encuentro.

 

Las industrias modernas de la suerte, con sus sorteos dirigidos hacia las grandes mayorías, han convertido al juego en un momento familiar de la vida cotidiana. Los juegos masivos crean (y obedecen a) patrones culturales de orden social y moral. Hay un proceso que hace cada vez más fácil el acceso a los juegos de azar con el objeto de que se popularicen. Un proceso de homogeneización que disemina y homologa los valores y los lenguajes de la suerte. Actualmente, en México se puede probar fortuna hasta por cinco pesos. Aunque se apuesta a los sueños de la riqueza y de los poderosos, el juego se ha democratizado. Ya no se requieren membrecías en clubes ni lujosos vestidos para formar parte de “la sociedad” que “jugaba en grande”. Los suntuosos bailes del Jockey Club y los atardeceres en el hipódromo han pasado de moda. Los casinos a los que sólo podían acudir miembros selectos quedaron atrás.

 

Las variantes de nuevos juegos y sorteos parecen ilimitadas. La tecnología, la digitalización de la vida cotidiana, las telecomunicaciones han creado posibilidades insospechadas para universalizarlos. La apuesta y el sorteo son vinculados a las actividades más inverosímiles. Tan sólo la publicidad ha convertido al sorteo en uno de sus atractivos fundamentales. En última instancia, comprar con la finalidad de participar en una rifa es otra manera de apostar. Las variedades de la fortuna se multiplican día con día. Algunos juegos son espectaculares. Otros siguen siendo privados y de mesa. Contrastan los juegos estrictos de azar con los que exigen ciertas habilidades. Las apuestas de salón con las que se llevan a cabo en los estadios deportivos. Juegos que se practican por un solo individuo y los que requieren de un grupo de jugadores. Es innegable que en México el juego y las apuestas no han hecho distinción ideológica ni social; abarcan a todos los sectores por igual. Se juega y apuesta en la familia, el grupo de amistades y la oficina. Hay juegos lícitos, pero también existen de trasgredir lo ilícito. Sin embargo, la mayoría se juegan como un simple pasatiempo.

 


Naturalza muerta con pie
Rufino Tamayo 1928





Los juegos más populares en México datan de épocas antiguas y su atractivo permanece incólume. Las damas representan hasta la fecha un momento imprescindible en el esparcimiento familiar; también las damas chinas. Sus reglas son simples y reúnen a niños y adultos por igual. El ajedrez, por el contrario, requiere de habilidades y conocimientos, pero no por ello ha perdido popularidad. El dominó es uno de los favoritos. La cantina continúa siendo un sitio predilecto para darse cita a una tarde de dominó después de una semana de trabajo. El significado de su nombre lo dice todo o casi todo; la máscara. Los oponentes deben inferir las combinaciones escondidas en las fichas. Es un juego de habilidades mentales y capacidad de observación.

 

Las cartas y sus múltiples variantes destacan por su popularidad, en particular, el póker. Su estrategia está basada  en el truco y el simulacro. El jugador debe saber disimular y utilizar el lenguaje corporal para urdir sus tácticas; hacer creer que tiene el as cuando no lo tiene; combinar las cartas y el bluff para desconcertar a los oponentes; inducirlos a apostar cuando no deben. En ciertos medios, la canasta uruguaya no ha dejado de ser un juego predilecto. Como antes, sigue representando un ritual de encuentro y socialización.

 

Jorge Luis Borges recorre el sentimiento moderno del jugador de cartas en un célebre párrafo de Evaristo Carriego:

 

Cuarenta naipes quiere desplazar la vida. En las manos cruje el mazo nuevo o se traba el viejo: morondangas de cartón que se animarán, un as de espadas que será omnipotente como un don Juan Manuel, caballitos panzones de donde copió los suyos Velázquez. El tallador baraja esas pinturitas. La cosa es fácil de decir y aún de hacer, pero lo mágico y desaforado del juego –del hecho de jugar- despunta en la acción. 40 es el número de los naipes y 1 por 2 por 3 por 4… por 40, el de manera en que pueden salir. Es una remota cifra de vértigo que parece disolver en su muchedumbre a los que barajan. Así, desde el principio, el central misterio del juego se ve adornado con otro misterio, el  que haya números. Sobre la mesa, desmantelada para qué resbalen las cartas, esperan los garbanzos en su montón, aritmetizados también. La trucada se arma; los jugadores, acriollados de golpe, se aligeran del yo habitual. Un yo distinto, un yo casi antepasado y vernáculo, enreda los proyectos del juego. El idioma es otro de golpe. Prohibiciones tiránicas, posibilidades e imposibilidades astutas, gravitan sobre todo decir. Mencionar flor sin tener tres cartas de un palo, es un hecho delictuoso y posible, pero si uno ya dijo envido no importa. Mencionar uno de los lances del truco es empeñarse en él: obligación que sigue desdoblando en eufemismos a cada término. Quiebro valer por quiero, envite por envido, una olorosa o una jardinera por flor. Muy bien suele retumbar en boca de las que pierden este sentención de caudillo de atrio: A ley de juego, todo esta dicho: falta envidia y truco, y si hay flor, ¡contraflor al resto! El diálogo se entusiasma hasta el verso, más de una vez. El truco sabe recetas de aguante para los perdedores; versos para la exultación. El truco es memorioso como una fecha2.

 

Desde la década de los cincuenta, han proliferado juegos que antes eran desconocidos. Algunos han desplazado a otros más antiguos y que cifraban tradiciones y pasatiempos mexicanos. El bridge, con sus complejas combinaciones y tácticas, suma nuevos adeptos entre las élites de la sociedad. El backgammon se practica en torneos nacionales e internacionales en Acapulco y en Cancún. El Monopoly ha pasado a formar parte del esparcimiento en muchas familias de clase media. Comprar, vender y negociar propiedades recrea el espíritu capitalista. Para ganar se debe orillar a los oponentes a la bancarrota. La oca y El coyote, acaso los juegos mexicanos de mesa más tradicionales, han sido en cambio paulatinamente relegados. No así el antiquísimo Serpientes y escaleras, que sigue amenazando hogares en el campo y en la ciudad y cuyo tablero ha permanecido en su forma original.3

 

Cada vez abundan más los sorteos informales. En escuelas, oficinas o incluso entre particulares, la rifa de un televisor, una cámara fotográfica, una bicicleta o un radio permite hacerse de fondos rápidos, sobre todo en épocas de crisis. Por su parte, el sorteo formal ha invadido el mundo de las promociones comerciales. El derecho a participar en una rifa de un mito lujoso o un viaje extravagante a cambio de comprar una mercancía o adquirir un servicio ha pasado a formar parte cotidiana de la cultura comercial. Hay grandes almacenes en que se puede participar –según el monto de la compra- en ofertas como el “ráscale”. Al “rascar” el boleto se adquiere el derecho a un descuento especial en la mercancía de  10 por ciento, 20 por ciento o incluso 100 por ciento.4

 

La masificación ha llegado a linderos que hace unos años eran impensables. Hoy se puede apostar y hacer quinielas de fútbol en la farmacia o en la miscelánea de la esquina, por teléfono o por computadoras. En la República se puede participar en toda una gama de sorteos y juegos gracias a las 6, 600 terminales de Pronósticos para la Asistencia Pública. Bastan tan sólo unos cuantos pesos. El bingo, que ha invadido las principales ciudades del mundo, también ha llegado a México aunque sólo a los centros turísticos. En España, como en Las Vegas, una ama de casa puede jugar y probar suerte en una máquina “tragaperras” antes de entrar el supermercado, aunque siempre corre el riesgo de perder el gasto de la semana.

 

Los juegos de azar han dejado de ser acontecimientos singulares que requieren de antemano de un grupo selecto y de ciertas habilidades. Apostar ya no es un evento que reclama necesariamente un tiempo y un espacio específico. Por el contrario, es una actividad que ha pasado a formar parte de la vida cotidiana y sus espacios convencionales. Gracias a la tecnología, basta con apretar un simple botón de la computadora o con una llamada telefónica, sin cita previa y a cualquier hora del día, para abandonar la rutina y coquetear con el azar o “navegar” por el entretenimiento de un juego electrónico. Desde la sala de un hogar, mientras se observa el televisor, hoy se puede probar suerte en apuestas que corren del otro lado del globo. Ya no es necesario asistir al hipódromo o a la feria para apostar en las carreras de caballos; tampoco se necesita acudir al casino para jugar a la ruleta. Desde la ciudad de México se puede apostar a los golpes en Tijuana o participar en una quiniela de una pelea de box que trascurre en Filipinas. La electrónica y las nuevas formas de comunicación han transformado radicalmente la sociabilidad que suponía el juego en épocas anteriores. Los sitios del juego de apuesta se han excedido a los confines de la vida cotidiana.

 

Los juegos modernos han impuesto una nueva dinámica al jugador. La obligan a introducirse en el mundo computarizado, en cierta manera a reeducarse para poder dominar las nuevas modalidades de la suerte. Pero sobre todo le ofrecen la posibilidad de crear las condiciones de su propi juego. La lotería tradicional limitaba las posibilidades del sorteo a un número previamente impreso. También la configuración de la quiniela tradicional era ajena a quienes apostaban en el futbol o el béisbol. Hoy las reglas de la casa ofrecen la posibilidad de armas combinaciones propias, inéditas. Satisfacer la preferencia personal se ha vuelto el principio dominante de la masificación. Desde la hora, el “sitio”, el oponente y las opciones, todo en el juego moderno queda a elección de quien quiere rentar, ahora en una computadora, a la diosa de la fortuna.5

 

La máxima absoluta de cualquier juego de apuesta ha sido – y sigue siendo- la transparencia. En una mesa de dominó o una mano de cartas, en la lotería tradicional o en los juegos masivos de hoy, la infracción más grave es la trampa. Antes, la confianza se establecía de manera personal. Un jugador simplemente debía poder intuir cuando le hacían o no trampa. Actualmente, el gran reto de las instituciones que organizan y regulan los sorteos masivos en disipar la menor duda sobre su proceder entre el público. El más mínimo escándalo puede suscitar la quiebra de una industria entera de la suerte. De ahí que en las carreras de galgos y caballos se fotografíe la recta final, en las loterías se transmitan por televisión gritones y tómbolas, y en Pronósticos para la Asistencia Pública se entreguen resultados por la red antes de que lleguen a los medios masivos. No hay que olvidar que la infraestructura que se requiere para las rifas y sorteos contemporáneos está basada en economías de escala. Se invierten y movilizan enormes recursos en instalaciones, tecnología, publicidad, sistemas de control y la operación del juego mismo. en juego se hallan estructuras billonarias y decenas de miles de empleos. En la mesa de dominó como en la mano de póker o en las gigantescas industrias de la fortuna la certidumbre de la incertidumbre y la transparencia rigen el destino de su viabilidad.

 

II

 

Uno de los debates permanentes que han acompañado a la legislación sobre el juego en el siglo XX es el de su ámbito y finalidad. Por un lado, se trata de limitar los juegos de azar a los espacios de diversión pública; por el otro, de ejercer un control que frene los excesos que generalmente se le han atribuido. Es frecuentemente observar en este tipo de legislación la intención de evitar juegos que faciliten o promuevan la compulsión a jugar. En Estados Unidos, por ejemplo, las áreas de libertad plena de juego y apuesta están constreñidas a ciertas ciudades. En México, en general, se permiten sólo empresas de juego que evitan al jugador compulsivo. Hasta la fecha, los casinos siguen estando prohibidos, el bingo sólo se permite en algunas ciudades y no existen concesiones para los tragamonedas. Sin embargo, muchos juristas aluden que esta prohibición aumenta la afición compulsiva por los juegos de apuestas permitidos: el frontón y las carreras de caballos y galgos.6

 

Siguen existiendo las formas de apuesta más tradicionales. No hay población de la República que no celebre una o varias ferias durante el año. En todas ellas hay diversas partidas de azar. Abundan las peleas de gallo, la lotería cantada y el cubilete. Casi se podría decir que en muchas de ellas existen virtuales casinos ambulantes. Se juega y se apuesta ante el disimulo de la autoridad. Estas tradiciones populares se hallan siempre fuera de la legislación, aunque es obvio que ninguna ley lograría erradicarlas. Además sería atentar contra arraigadas costumbres populares.

 

A partir de los años treinta, el Estado mexicano retomó el tema del juego como un proyecto institucional y produjo una serie de leyes, reglas y reglamentos para crear un marco de regulación y transparencia tanto de sus propios sorteos como de las empresas privadas que solicitaban permisos y licitaciones. Actualmente sigue vigente la Ley Federal de Juegos y Sorteos promulgada por la administración de Miguel Alemán el 31 de diciembre de 1947

 

 En ella corresponde al Poder Ejecutivo Federal, por conducto de la Secretaría.de Gobernación, la reglamentación, autorización, control y vigilancia de los juegos cuando en ellos medien apuestas de cualquier clase, así como de los sorteos con excepción de la Lotería Nacional, que se rige por su propia ley. El decreto del 31 de diciembre escribió todos los juegos que denomina de “azar y apuesta”, es decir, todas las formas de juego en que la relación entre apostadoras es directa. Sólo habría permisos para “juegos de damas y otros semejantes, dominó, dados, boliche, billar y los de pelota en todas sus formas”, aunque prohibía que fuesen acompañados de un régimen de apuestas. En casos excepcionales, como las carreras de animales, el poder ejecutivo otorgaría concesiones específicas.7

 

En México la  relación entre el Estado y el juego ha sido accidentada. A partir de los años treinta, el Estado ganó, acaso por primera vez en la historia del país, un control riguroso sobre juegos y sorteos. La intención de este control era la misma que había llevado a las administraciones coloniales a instaurar las primeras versiones de la lotería pública. Concentrar las utilidades del juego para promover la beneficencia púbica.

 

Pero si durante la Colonia el propósito fue de orden esencialmente filantrópico y caritativo, en el México de los treinta se tradujo en la moderna acepción de la asistencia social. Y en efecto, las obras de esta beneficencia ya forman parte de la realidad cotidiana: casas cuna, hogares para huérfanos, desayunos escolares, centros deportivos, sitios de esparcimiento, hospitales infantiles y, en ocasiones, grandes instituciones públicas de protección social. En principio, el verdadero jugador apuesta sin importante el fin que la institución persigue, ya sea la filantropía, la caridad o la asistencia social. El público juega por razones puramente de lucro. La mercadotecnia moderna que divulga las modalidades de las apuestas públicas es muy elocuente al respeto. Por un lado, se halla la imagen, cada vez muy elocuente al respecto. Por un lado, se halla la idea, cada vez más recluida, de las industrias públicas de la suerte como empresas dedicadas a la asistencia pública; por el otro, la necesidad de atraer a más clientes las obliga a compartir las improntas del mercado impuestas por las estrategias de la mercancía: carros, rubias y permisos imaginarios apuntalan la moderna estética del azar.

 

En el siglo XX, el Estado cobró una conciencia relativa sobre la imposibilidad de prohibir los juegos de azar en su conjunto. En la práctica, su lema fue –y sigue siendo-; si no puedes con el enemigo, únetele. En México toca a la Secretaría de Gobernación señalar la participación del gobierno federal en los beneficios que se derivan de las industrias legales del juego y que deben emplearse en políticas sociales. También pude extender permisos a periódicos, instituciones educativas o partidos políticos para que dediquen los dividendos de los sorteos a fines de interés general. Tradicionales son las rifas de coches organizadas por el PAN, el sorteo del Tecnológico de Monterrey y los que organizan algunos periódicos nacionales entre sus suscriptores.

 

Como toda ley mexicana que se respeta, la que se refiere a juegos y sorteos es, en cierta manera, ambigua. La Secretaría de Gobernación debe clausurar todo local abierto o cerrado en el que se efectúen sorteos o juegos de apuesta que no cuenten con autorización legal; además la ley prohíbe que se practiquen cerca de escuelas o de centros de trabajo. En rigor, gobernación es la instancia que puede autorizar el cruce de apuestas en las ferias regionales o en los espectáculos que estipula el reglamento de la propia ley. Sin embargo, en sus disposiciones no se hallan comprendidos los juegos que se celebran en domicilios particulares. Aunque advierte que las apuestas caseras sólo pueden tener el propósito del pasatiempo o la diversión, no “convertirse en hábito” y circunscribirse a las personas “cercanas a la familia”, no hay en realidad manera de comprobar dónde termina un mejor pasatiempo y dónde comienza un auténtico negocio.

 

III

 

Después de la década de los treinta, la geografía de los juegos de la suerte adoptó, en cierta forma, la misma fisonomía que la de la economía en su conjunto. El mundo de las apuestas se subdividió en un “sector público” y un “sector privado”. El “sector público” concentró y monopolizó la lotería (y sus múltiples versiones) y el “sector privado” recibió concesiones de hipódromos, galgódromos, rifas y, en contadas ocasiones, quinielas deportivas que se ofrecían en los mismos estadios. Todos los juegos en donde el Estado o la empresa no intermediaban directamente la relación entre los apostadores (casinos, tragamonedas, etcétera) fueron gradualmente prohibidos. Las viejas “zonas de tolerancia” creadas en los años veinte desaparecieron. El cardenismo las disolvió y erradicó. En los cuarenta, algunas ciudades, sobre todo las más turísticas, guardaban alguna memoria de ellas, aunque sólo fuese por la permanencia de algún prostíbulo que había lograrlo sobrevivir disfrazado de cantina, restaurante o billar. Ninguno de ellos logró evadir sostenidamente la prohibición y convertirse en un centro de apuestas.8

 

Sin embargo, la astucia y la fruición de los jugadores encontraron espacios nuevos y resguardados de la luz pública. Después de la II Guerra Mundial, en billares, cantinas y cabarets se reservaban “apartados” donde los dados, el dominó y las cartas reagrupaban la posibilidad de jugar manos por pequeñas o por grandes cantidades. Eran convites de pocos y escogidos apostadores y no existía la “casa” sino tahúres individuales. Formaban parte de un territorio mayor: el cabaret, y servían, como Lupe, situado en la calle de Topacio, el Club Imperio en Mesones. La Aurora de Isabela la Católica o los “desplomaderos” de la antigua Cuauhtemotzin, de clandestinas casas de juego que en los días de raya atraían a trabajadores y modestos burócratas que entraban y salían furtivamente del “apartado”. En una ciudad que concluía hacia el sur en Mixcoac y hacía el este en el Panteón Dolores, una nueva clase que emanaba directamente de los beneficios de la política (las Lomas de Chapultepec era su colonia en boga) encontró en el “club” y el “centro deportivo” sus propios y recluidos recintos para jugar y apostar.9

 

Fue acaso Quinto Patio, la película dirigida en 1950 por Rafael Sevilla y estelarizada por Emilio Tuero y Emilia Guiú, la que cifró al billar (en el imaginario público) como otro escenario privilegiado del juego en la época que siguió a la tempestad de la II Guerra Mundial. Gracias al arte de Cukor y Bogart, los ingredientes de aquella mitología devinieron arquetipos de la escenografía de los bajos fondos. El duelo frente al pool, el refugio del gángster, el hombre duro de alma buena, el tahúr del arrabal moderno, las víctimas redimidas del vicio y los héroes súbitos que volvían a los elementos de una renovada –ahora por Hollywood – Bildungsroman, despliegan la galería de sitios y protagonistas que convierten al billar en una estación de lo sórdido. En Quinto Patio, Tuero interpreta a un joven seducido por los valores de una clase media ascendente, pero que la pobreza empuja hacia la delincuencia. Sus dotes de cantante compensan su declive, y sus habilidades en el billar lo llevan a enfrentarse al esforzado villano (Carlos López Moctezuma en el papel de “El Tecolote”) en un melodrama a tres bandas.10

 



Homenaje a Joe Chamaco
Abel Quezada 1979





En México, los salones públicos de billar datan de principios de siglo XIX, aunque como un juego reservado a las antiguas élites políticas y de comerciantes y hacendados. Durante el Porfiriato, gracias en parte a la influencia del pool norteamericano que se diseminó en cantinas y barrios bajos, el billar se transformó –sobre todo en el norte del país- en una práctica de carácter popular. Los salones de billar que acogían a los miembros de Jockey Club y a las élites porfiristas combinaban las mesas de pool y carambola con el bar y sitios para cartas, dominó o ajedrez. Un territorio estrictamente masculino. Su versión popular consistía en una cantina y una o dos mesas para jugar. Las campañas contra el alcoholismo en los treinta desterraron el consumo de bebidas; la ausencia de las mujeres quedó fijada en una prohibición. Más tarde el reglamento de 1945 estipulaba que los salones de billar debían “tener acceso libre a la vía pública, estar pintados decentemente, no ostentar leyendas, anuncios o cuadros que pudieran ofender la moral; tampoco contar con sitios de juego ocultos a la vista del público, ni establecerse a menos de 350 metros respecto de otro negocio similar”…” (Quedaba prohibido:) la entrada a menores de 16 años, cruzar apuestas, vender bebidas embriagantes y las cantinas conexas”. Pero si la legislación avilacamachista pretendía –al igual que la cardenista- reducir el salón de billar a un “espacio de esparcimiento”, la práctica resultó muy distinta. Luis Cabrera, asiduo jugador de carambola, recuerda en sus memorias el “bullidero de apuestas” que se cruzaban en el Billiard Club de San Juan de Letrán.11 el XEW, un billar situado cerca de la estación de radio en la calle de Ayuntamiento, cobró fama no sólo por servir de escenario en innumerables películas de Emilio Tuero, Jorge Negrete y Pedro Infante, sino por las “encerronas” de apuestas que podían prolongarse hasta la madrugada. De la popularidad del billar en los años en que Joe Chamaco, el campeón mundial mexicano, merecía ocho columnas, hablan también los estadísticas oficiales: en 1931 existían noventa y siete establecimientos en el D. F.; en 1947, ya eran más de quinientos. El Billiard Club, un “sitio donde las apuestas podían ascender a 500 pesos en 1930”, recuerda Luis Cabrera, se inició con ocho mesa para pool y siete para carmabola en uno de los apretados locales del (primer /y estrecho) pasaje que se construyó en la ciudad. En 1940, ya ocupaba tres pisos con más de cuarenta mesas –seis de “matchcampeonato para carambola”- y seis mesas de dominó. Una historia detallada de los juegos de azar mostraría que las radicales prohibiciones de los treinta y cuarenta no hicieron en realidad más que desplazarlos hacia nuevos y encubiertos sitios.12

 

IV

 

Desde la administración de Manuel Ávila Camacho, el Estado ejerció un monopolio absoluto sobre las loterías. Monopolio que fue cuestionado de vez en cuando por loterías como la “campechana” (la versión más remota del actual ráscale, es decir, una lotería de dividendos inmediatos) y que proliferó en el sureste del país de manera clandestina. La historia original de la lotería campechana se remonta al siglo XIX y consistía en una lotería de gritones y cartones compuesta por 24 figuras. Desde los años veinte, la práctica clandestina de las tandas de suerte devino una lotería inmediata que recibió el mismo nombre.13 En los treinta, la retórica de la lotería pública sufrió transformaciones substanciales. El cardenismo transformó al antiguo discurso de la beneficencia  filantrópica (para entonces la lotería pública cumplía más de dos siglos en México) en el de la asistencia pública. Más que un acto de caridad, la beneficencia era convertida en una responsabilidad del Estado. Quien  compraba un boleto la lotería participaba, según los afanes de la época, de un esfuerzo de ciudadanía social.

 

El paso que transformó a la Lotería Nacional es un organismo de asistencia pública se emprendió en 1940, a unos meses de la terminación del sexenio de Lázaro Cárdenas. La ley del 14 de junio reunía en un solo organismo descentralizado a la Lotería con la Secretaría de la Asistencia Pública: “La Lotería Nacional para la Asistencia Pública será administrada por un Consejo de Administración integrada por cinco miembros, de los cuales uno, con el carácter de Presidente, será el titular de la Secretaría de la Asistencia Pública, otro será un empleado de la Secretaria de Hacienda y Crédito Público designado por su titular y tres miembros más serán designados directamente por el titular del Poder Ejecutivo…” Con ello se pretendía vincular no sólo instituciones, sino políticas, proyectos y prácticas que tradujesen las utilidades de los sorteos en parte sustancial de los presupuestos destinados a las diversas y nuevas formas de la asistencia social. Una auténtica industria de la fortuna se hallaba en cientos. Los cuantiosos dividendos de la Lotería Nacional (45 millones de pesos tan sólo en 1943) se tradujeron en un nuevo interés por una industria dedicada al mercado de consumidores de billetes de la suerte.14

 

La concesión masiva a expendios privados par la distribución de los billetes produjo un sistema infalible de distribución para la nueva industria. El billetero devino una figura central de la cultura urbana del país. Decenas de miles de vendedores de suerte empezaron a ambular por calles, restaurantes, cantinas, estadios, ferias y las salidas de cines, teatros y toros ofreciendo las invitaciones del azar. Se crearon miles de empleos, pero sobre todo se montaba una industria sobre una forma de comercialización que acabaría por ser impecable: la venta-hormiga. No había que tentar a la suerte; la suerte, se podría decir en la práctica, lo tentaba a uno. El billetero alcanzaba al consumidor en cualquier lugar y, en principio, a cualquier hora del día.

 

Acaso una de la claves de la Lotería Nacional fue la dispersión de sus premios. Desde el inicio, de cada 50,000 números, mil tenían premio. Además, se agregaba el reintegro que permitía al comprador jugar una vez más. Aunque la mayoría de los premios eran de montos pequeños, los ganadores sumaban varias decenas de miles. La industrialización de la Lotería trajo consigo un moderno y enorme aparto de publicidad. Pintores, dibujantes y publicistas formaron una de las primeras agencias cuyos receptores no hacían distingo de clase ni de estrato social. Los emblemas de los billetes sirvieron para diseminar los códigos y los valores de un  nacionalismo que se afianzaba cada vez más en el discurso de la Revolución. Carteles, anuncios y los imprescindibles calendarios de la Lotería Nacional cifraron, iconos de un nuevo imaginario público en el que el azar y la nación se reunían semana a semana. El edificio de la Lotería, que acabaría finalmente ubicado en la avenida Reforma, consumaba, en su antigua monumentalidad, el auge de una empresa cuya legitimidad se hallaba en la reiteración de un ritual (los gritoncitos del sorteo semanal) y de una certidumbre (la transparencia).15

 

A partir de 1992, la Lotería Nacional inauguró un nuevo ramo en la industria de la suerte: la lotería instantánea. La primera iniciativa fue la de los pronósticos deportivos. La atracción del deporte era acompañada de las tentaciones de la suerte. Con ello no sólo se respondía al vasto sistema de quinielas clandestinas, sino que se desarrollaba una nueva forma de sorteo. El jugador debía emplear su conocimiento en la apuesta. Más aún, podía formar su propia apuesta. El éxito fue inmediato. En 1978, Pronósticos para la Asistencia Pública era transformado en un organismo descentralizado del gobierno por decreto presidencial. Desde entonces, su crecimiento ha sido permanente sobre todo en los años noventa. En 1997, contaba con más de seis mil expendios que daban trabajo a miles de familias a lo largo y ancho del país, cinco sorteos componían su oferta; Melate, Tris, Progol, Protouch y Prohit. El valor de sus ventas había alcanzado 1,623 millones de pesos y sus contribuciones al Estado y al deporte sumaban 426 millones de pesos. Historiadores del futuro tendrán que reflexionar sobre los orígenes de su auge. Por un lado, se podría afirmar que las loterías instantáneas han pasado a formar parte de la cultura de masas. Por el otro, la actualización tecnológica, comercial y publicitaria  de Pronósticos la ha llevado a convertirse en una industria de escala. Tal vez sean los dos factores combinados. Finalmente, Pronósticos forma hoy parte de los lides mexicanas más frecuentadas de la suerte.16

 



1 Johan Huizinga, Homo ludens, El juego y la cultura, Fondo de Cultura Económica, México. 1943, p.  19; Roger Callois, Los juegos y los hombres. La máscara y el vértigo, Fondo de Cultura Económica, México, 1986, p. 32. Para una revisión detallada de distintas versiones modernas sobre la relación entre el juego , la cultura y la suerte véase: Nicholas Reacher, La suerte. Aventuras y desventuras de la vida cotidiana. Editorial Andrés Bello, Barcelona, 1997.

2 Jorge Luis Borges, Obras completas, 1923-1972. Emecé Editores, Buenos Aires, 1974, p. 145.

3 Cámara Nacional de la Industria del Juguete. Informe de actividades, México, 1998. (Véase el capítulo IV: “La situación actual de la industria.”)

4 Paul Yonnet, Juegos, modas y masas, Gadisa, Barcelona, 1988, pp. 40-57.

5 Ibíd.

6 El Financiero. 5-12 de julio, 1997.

7 Ley Federal de Juegos y Sorteos. Talleres de La Nación, México, 1957.

8 Raúl Oropeza, Las fábricas del placer, E. Mexicanos, México, 1989, pp. 104.

9 Ibíd.

10 Emilio García Riera, Historia documental del cine mexicano, volumen 2, ERA/UdC, México, 1988.

11 Raúl Oropeza, op. cit., pp. 143-154.

12 Ibíd.

13 Gerardo Ezequiel Vázquez. Marginación, mercado y economía informal, Cuadernos de Economía, Universidad Autónoma de Veracruz, Jalapa, 1985, pp. 56-71.

14 Marcela Estrada Attolini et. Al., Historia de la Lotería Nacional para la Asistencia Pública, Creatividad Tipográfica, México, 1981.

15 Ibíd.

16 Pronósticos para la Asistencia Pública, Informe anual, México, 1998.


Este ensayo forma parte del libro "La Rueda del Azar".Juego y jugadores en la historia de México. Coordinado por Ilán Semo. Ediciones Obraje. México D.F.. 2000.










 
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