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ENSAYO
     

 

 

Lo Lúdico y lo Profano

Perla Chinchilla Pawling

 

 

 

Todas las sociedades han practicado el juego, pero cada una le ha otorgado un significado y un valor distintos. Aunque trivial en su apariencia, hay que tomar en serio al juego como una ventana privilegiada por la cual podemos asomarnos a los modos de convivencia social.

 

El fraile capuchino español Francisco de Ajorfín, quien viajó a Nueva España en 1763, describía así a esa sociedad:

 

En el Nuevo Mundo se ven juntos dos extremos opuestos: suma riqueza y suma pobreza. Dives et pauper sinuil in unum (el rico y el pobre juntos en un todo). Muchos siempre a caballo por las ciudades, sin saber dar un paso a pie; muchas siempre a pie por no tener jamás un caballo. [1]

 

La sociedad que se configuró durante los tres siglos posteriores a la conquista era ciertamente extrema en sus diferencias, tanto en términos de riqueza como en su organización estamentaria: desde su nacimiento, cada persona pertenecía a un grupos social determinado, del que en principio no podía salir y al que se le asignaban claras reglas de comportamiento, tanto para su vida pública como privada. Existía una preocupación constante de los grupos colocados en lo alto de la pirámide social por distinguirse no sólo de los estratos más bajos de la sociedad, sino recíprocamente de los demás grupos poderosos.

 

Si bien esta organización estamentaria de la sociedad permaneció durante todo el periodo virreinal –e incluso se acentuaron las diferencias económicas y sociales en el siglo XVIII debido a la acumulación de grandes fortunas de origen minero y comercial-, la fuerza incontenible de la interacción humana acabó por generar una sociedad mestiza, tanto étnica como culturalmente. La paradoja es que, al que fueron muy afectos los novohispanos, fue uno de los puentes que se tendieron entre los diversos grupos sociales, a través de los cuales se mezclaron tradiciones de origen indígena e hispano para conformar el mosaico cultural que hoy define a México.

 

Las ciudades fueron espacios privilegiados para esta amalgama cultural, a pesar de los intentos de las autoridades metropolitanas por mantener en ellas las diferencias jerárquicas y étnicas de sus habitantes. Desde que se fundaron los primeros núcleos urbanos, el centro de ellos se destinó a las viviendas de los españoles –la república de españoles-, en tanto que los alrededores se asignaron a los grupos indígenas –la república de indios-, a los que, cabe decir, se les trataba así de proteger de los abusos de los europeos. Los reyes para que los indios no convivieran con los vagabundos españoles por ser éstos “ladrones, jugadores, viciosos y gente perdida”, y a los indios sólo podían enseñarles “ociosidad y malas costumbres” [2] . Las fallas de este plan original se hicieron visibles en el motín de 1692 atribuido a los indios, que ocurrió en pleno corazón de la ciudad de México donde ya vivían muchos de ellos. A partir de entonces, y ante el pánico de la población blanca, se intentó de nuevo sacar a los indígenas a las periferias de la capital sin demasiado éxito.

 

Otro ejemplo de esta resistencia lo ofrecen las constantes disposiciones para evitar que los negros y mulatos –otro de los grupos étnicos que traídos como esclavos enriquecieron la cultura novohispana- se agruparan en la calle o saliense de noche. No tuvieron éxito los intentos en cuestión, como lo demuestra la repetida legislación que sobre este tema encontramos durante el siglo XVII. Véase la siguiente ordenanza de 1622, que además se refiere al juego:

 



PARA QUE NO SE JUNTEN NEGROS NI MULATOS ARRIBA DE TRES, A JUGAR NI A OTRO EFECTO, SO LAS PENAS AQUÍ CONTENIDAS.

 

Don Diego Carrillo de Mendoza. Pariente de su majestad. Por cuanto he sido informado que en esta ciudad se hacen muchas juntas de negros y mulatos libres y esclavos a jugar naipes, dados, bolillas y otros juegos en las plazas, zaguanes y en otras partes pública y secretamente, cometiendo muchos hurtos y robos, así en las casas de sus amos como en otras de particulares, de preseas de plata y oro, vestidos y otras cosas que venden a menos precio para tener que jugar y malbaratan y cometen otros excesos. Y aunque por ordenanzas están prohibidas las dichas juntas, no han tenido remedio por ser como son muchos los mulatos y negros criados y esclavos de personas privilegiadas y de oficios preeminentes que los favorecen y no se atreven las justicias y alguaciles aprehender y castigarlos. Y para que lo sean y se eviten los hurtos y daños que causan y delitos que cometen. Por el presente prohíbo y defiendo que de aquí en adelante los dichos mulatos y negros libres y esclavos, no se junten de día ni de noche, de tres arriba, para ningún efecto, ni vendan cosa algunas, pena de 200 azotes de cortar a cada uno una oreja, y los que fueren libres de servir tres años en un obraje aplicado su servicio (….)3

 

Las distinciones sociales también se hacían visibles en la vestimenta de la población, cuyos usos estaban legalmente reglamentados. Pero como nos lo hace ver otro viajero del siglo XVII, el inglés Thomas Gage, las disposiciones tampoco se cumplían cabalmente:

 

Hasta las negras y las esclavas atezadas tienen sus joyas, y no hay una que salga sin su collar y brazaletes o pulseras de perlas, y sus pendientes con una piedra preciosa, (…) El vestido y atavío de las negras y mulatas es tan lascivo, y sus ademanes y donaire tan embelesadores, que hay muchos españoles, aún entre los de la primera clase, que por ellas dejan a sus mujeres (…) Van recamadas de randas de oro y plata, con un moño de cinta de color subido con sus flecos de oro, y con caídas que les bajan por detrás y por delante hasta el ribete de las basquiña (…) Sus camisolas son como justillos, tienen sus faldetas, pero no mangas, y se las atan con lazos de oro o de plata. Las mangas son de rico lienzo de Holanda o de la China, muy anchas, abiertas por la extremidad, con bordados; unas de sedas de colores, y otras de seda, oro y plata, y largas hasta el cuello (…) La mayor parte de esas mozas son esclavas o lo han sido antes, y el amor les ha dado la libertad para encadenar las almas y sujetarlas al yugo del pecado y del demonio.4

 

La calle era el lugar por excelencia de la sociabilidad. Ahí se tornaban visibles las mezclas y las diferencias como un ningún otro sitio. En esa época el espacio de la vida privada era mucho más reducido que en la actualidad; la gente vivía prácticamente en el “semi-público” –el doméstico- o en el propiamente público –la calle-. En las casas las personas estaban en constante convivencia con parientes, vecinos y amigos; de hecho era mal visto que alguien permaneciera a solas en las habitaciones, que sólo estaban destinadas para dormir. Tanto las autoridades eclesiásticas como las civiles preferían que la gente estuviera a la vista de los demás para así controlar mejor las conductas pecaminosas o disidentes.5

 

Todos los (pueblos) civilizados tienen muy a la vista este principio: el hombre que se divierte públicamente procura manejarse con decoro por malo y corrompido que sea. Las diversiones privadas preparan males sin término y sus consecuencias, por lo común, son más trascendentales.6

 

En la calle la población trabajaba, comerciaba, platicaba, coqueteaba, conspiraba, se divertía. Este texto enfoca justamente el último aspecto –las diversiones- en el que se inscribe el juego en gran medida.

 

Santa Catalina de Sena jugando a los dados con el niño Jesús.
Francisco Martínez, sin fecha



Si bien juntaban a los diversos grupos, las diversiones públicas también reflejaban las diferencias sociales. Las élites trataban de distinguirse de la plebe, y las autoridades virreinales –cuya opinión no era sin embargo homogénea y fue cambiado a lo largo del tiempo- cuando se referían a ellas dejaban ver también esta actitud. Las jerarquizaban desde reprobables hasta benéficas, y justamente las primeras eran por lo general las populares y las segundas de la élite.

 

Al referirse al juego de pelota que practicaban sobre todo los ricos comerciantes vascos, un autor decía: “…es sin disputa una de las diversiones más honestas, inocentes y útiles, que se puede proporcionar”.7

 

Cabe recordar otro de los aspectos sin duda indispensables para comprender el mundo novohispano: la religiosidad. El catolicismo era un marco común de referencia, si bien cada grupo lo entendía y lo expresaba de modo diferente. El poder y la autoridad de la Iglesia fueron mayores en este lado del Atlántico que en la propia España. Cuando se enfrentaban entre sí los representantes de lo civil y lo eclesiástico casi siempre salían victoriosos los segundos, por lo general con el apoyo de la población. Como autoridad moral, la Iglesia estaba por encima de cualquier poder terrenal, y los propios funcionarios de la Corona justificaban sus leves en nombre de Dios y del Rey.

 

Para la moralidad católica todo lo que se relacionaban con el cuerpo era peligroso, motivo de pecado y evidentemente las diversiones representaban el espacio perfecto para la tentación. Tomemos como ejemplo el caso de un obispo de Oaxaca del siglo XVIII, quien opinaba que el diablo era el autor de ciertos bailes:

 

(…) son no sólo ocasionados a pecar, sino pecaminosos en sí por lo lascivo de las coplas, por los gestos y meneos, y desnudez de los cuerpos, por los mutuos recíprocos tocamientos de hombres y mujeres, por armarse en casas sospechosas y de baja esfera, en el campo, y en parajes ocultos de noche, y a horas que los señores jueces no pueden celarlos.8

 

Desde el púlpito, mediante cientos de sermones moralizantes y con la amenaza del Santo Tribunal de la Inquisición, la Iglesia trataba de frenar los excesos de la vida mundana. Sin embargo, las reiteradas quejas de los prelados durante toda la época colonial hacen pensar que los resultados de esta represión corrían frecuentemente la misma suerte que la de bandos, ordenanzas y reales cédulas del orden civil. De hecho, la población novohispana fue pintada, sobre todo por los viajeros extranjeros que dejaron detallas descripciones de ella, como especialmente festiva y dada al juego.

 

¿Cómo poder comprender una sociedad tan controlada y católica y, al mismo tiempo, tan festiva y relajada?


Lámina de loteria. Finales del siglo XVIII





 

El universo celebrativo

 

A pesar del rigor formal del régimen civil y eclesiástico, los novohispanos eran especialmente dados a las diversiones. Las leyes que pretendían regular la conducta de las fiestas y los lugares públicos se repetían una y otra vez, lo cual indica que por lo general se hacía caso omiso de ellas. Este propensión a lo lúdico se puede tratar de explicar desde diversos miradores.

 

El barroco fue uno de los generadores de la festividad novohispana. Después del siglo de la conquista, el XVII, siglo que coincidió con el surgimiento de la era barroca en España, con fuerza y originalidad en Nueva España.

 

En el universo celebrativo del barroco español –apoyado en las funciones del aparentar y del desbordamiento espectacular en el arte y en la vida- pueden distinguirse claramente, las fiestas emanadas del poder político, en su vertiente pública y privada, y las del poder religioso, en su vertiente ritual y de ostentación, de las fiestas genuinamente populares que, aunque casi siempre con causa religiosa, se desbordan hacia los plurales espacios lúdicos de lo profano (…) El poder genera, en el siglo XVII, una variada gama de fiestas, con funciones de ostentación, propaganda, exhibición, encaminadas a promocionar fidelidades.9

 

Los dos poderes que por un lado reprimían el relajamiento moral, multiplicaron, por el otro, las fiestas y celebraciones, las cuales se derramaban por las calles, sobre todo las de la ciudad de México, donde se concentraban las representaciones de la alta jerarquía civil y eclesiástica.

 

La evangelización de la población se hizo en gran medida por medio de los múltiples festejos religiosos que iban desde los del calendario litúrgico, pasando por las procesiones, las consagraciones de los nuevos templos y el traslado de reliquias, hasta las celebraciones de órdenes religiosas y de los gremios a su santo patrón. Se sabe que estos lugares fueron especialmente propicios para el encuentro de costumbres españolas e indígenas, y en el siglo XVII los jesuitas se encargaron expresamente de amalgamar los festejos populares y religiosos con el fin de exorcizar los restos de paganismo indígena que pudieran sobrevivir.

 

Dos buenas muestras de ello fueron las mascaradas y la Navidad. Las primeras constituían el espectáculo más frecuente durante la Colonia. Consistían en un desfile de disfraces en el que se portaban máscaras diversas y se circulaban por las calles, de día o de noche, caminando o montando a caballo u otros animales. En las mascaradas participaban todos los grupos sociales y es interesante, para resaltar la mezcla cultural de la que hablamos, señalar la participación de los indios a los que en este caso se les permitía exhibir sus usos y costumbres. Singüenza y Góngora describe en 1680 una de las mascaradas y relata cómo desfiló un grupo de montaraces Chichimecos, “sin otra ropa que le permitió la decencia (…) mientras jugando de los arcos, y las macanas, daba motivo de espanto”10. Otro ejemplo lo encontramos en el festejo de la Navidad. El prior del convento de San Agustín Acolman obtuvo una bula de papa Sixto V en la que se autorizaron las misas del Aguinaldo, las cuales consistían en nueve festejos anteriores al día de Navidad, antecedente de nuestra posada. Con ellas se inició en México la costumbre de las piñatas, una diversión que llegó a Europa proveniente de China.11

 

En el espacio del poder político todos los acontecimientos familiares de la Casa Real eran también motivo de fiesta: el nacimiento de un príncipe, la boda de una persona, la muerte de una reina, amén de los suntuosos recibimientos de los nuevos virreyes, la llegada de la flota, etcétera. En la organización de estas fiestas, la población participaba de muy diversas formas, y durante los festejos se recreaban todos los sentidos del cuerpo. La vista, en la contemplación de trajes y adornos como los arcos de flores que cruzaban las calles, los listones y tapices que colgaban de las ventanas, así como al admirar los juegos de artificio, los volantines, los maromeros. El oído, con la música que se tocaba en el templo, en las procesiones y tablados, y obviamente en los bailes. El gusto, ya que la gastronomía también estaba presente en comidas, banquetes, reparto de dulces y en las bebidas embriagantes, tan criticadas como socorridas en toda reunión:

 

Aunque no siempre vinculados a la fiesta, había una variedad de juegos populares y aristocráticos, participativos o contemplados, que se integraban en la parte lúdica, activa y de inmediata diversión del festejo.12

 

Dentro de los festejos estaban los juegos de gallos, las cucañas, los bolos, la pelota y la pala, en los que se mezclaban toda la población, además de los específicamente aristocráticos, como los de cañas y toros, en los que la nobleza exhibía sus dotes y el pueblo participaba como espectador.

 

Además de practicarse en la mayoría de las fiestas, el juego era una experiencia cotidiana tanto en los sitios públicos como en los privados. La tolerancia general respecto al mismo se convertía en franca prohibición por lo menos en la letra cuando se trataba de los juegos de azar. Apenas se iniciaba la vida colonial en 1525 cuando ya se legislaba en su contra:

 

(…) ninguna persona de ningún estado, preeminencia, oficio y condición que sea, sean osados de jugar a los naipes, ni dados, ni otros fueron vedados en ninguna parte, agora sea en palacio o en las atarazanas, so pena que se le ejecutarán las penas en tal caso en derecho establecidas.13

 

Doscientos cuarenta y tres años más tarde, en 1768, se promulgó un banco del virrey marqués de Croix que decía:

 

Por quanto haviendose reconocido, que assi como en los Naturales de mis Reynos de las Indias, se ha notado el vicio de los Juegos fuertes, y de embite, se han promulgado repetidas leyes, y providencias prohibiendo el referido excesso, que por varias Reales Cedulas, y señaladamente por las expedidas en treinta, y uno de Julio del año de mil setecientos, y quarenta, y cinco, y veinte y ocho de Octubre del de mil setecientos , y quarenta, y seis, se mandó su observancia, que de su repetición resultaba la ninguna enmienda.14

 

Entre ambos siglos se expidieron decenas de leyes similares que amenazaban con severos castigos. Y sin embargo el juego de azar siguió practicándose entre todos los grupos sociales novohispanos hasta que el imperio español se retiró del gobierno de las tierras americanas. Muchos coinciden en calificar a los jugadores no sólo como aficionados, sino como adictos al juego de azar:

 

En suma el juego es aquí una manía que lo invade todo y como el hombre no es otra cosa sino un montón de costumbres, las personas más morales del país no ven en el juego nada malo y se muestran sorprendidas de la visión que su vista causa al extranjero.15

 

Algunos viajeros se escandalizaban de esta costumbre entre miembros del clero y las mujeres, de quienes se esperaba una conducta más recatada.

 

A lo que se dice de la lindeza de las mujeres, puedo yo añadir que gozan de tanta libertad y gustan del juego con tanta pasión, que hay entre ellas quien no tiene bastante con todo un día y su noche para acabar una manecilla de primera cuando la ha comenzado. Y llega su afición hasta el punto de convidar a los hombres públicamente a que entren en sus casas para jugar. Un día que me paseaba yo por una calle, con otro religioso que había ido conmigo a la América, estaba a la ventana una señorita de grandes nacimientos, quien, conociendo que éramos chapetones (nombre que dan a los recién llegados de España el primer año), nos llamó y entabló conversación con nosotros. Después de habernos hecho algunas preguntas muy ligereas sobre España, nos dijo si no queríamos entrar a jugar una manecilla de primera.16

 

Y de los religiosos se comentaba:

 

Después de cenar, empezaron algunos de ellos a hablar de naipes y dados y nos convidaron a jugar, como para obsequiar a los huéspedes una mano a la prima. Casi todos los nuestros se excusaron, unos por falta de dinero y otros por no conocer el juego; sin embargo, a pocas instancias lograron decidir a dos de nuestros religiosos que se pusieron mano a mano con dos franciscanos.

 

Arreglaba la pastrola, comenzaron a bajar con admirable destreza se puso sencillo; se dobló. La pérdida provocó a unos; la ganancia acaloró a otros. Al cabo de un cuarto de hora, se convirtió el convento de la orden seráfica de nuestro padre. San Francisco, en un garito; y la pobreza religiosa, en profanaciones mundanas (…) Al paso que el juego se engrescaba, iba creciendo el escándalo: los tragos se repetían con más frecuencia, la lengua se soltaba, los juramentos se cruzaban con las chanzas, y las carcajadas, hacían temblar el edificio.17

 

Si bien, como hemos señalado, la afición al juego entre los novohispanos se entiende en el espacio festivo del que lo lúdico es parte de un todo, la debilidad por los juegos de azar requiere de una explicación más compleja que la de la pura diversión. Aquí lo importante es la apuesta. Esta es la parte más perseguida y prohibida del juego y, a la vez, la más frecuentada durante los tres siglos. ¿Por qué? Una interpretación plausible está en la estructura misma de la sociedad.  Es evidente que las extremas diferencias económicas eran un factor que favorecía el espejismo de la ganancia fácil y rápida que el juego parecía ofrecer. Pero dentro de este fenómeno general existían distintas conductas hacia el juego que tenían que ver con el estrato social al que pertenecían los jugadores.

 

La figura del pícaro pude ayudarnos a comprender al jugador de oficio, al tahúr, al cócora. Fernández de Lizardi en su famoso Periquillo Sarniento escrito a finales de la época colonial lo describe así:

 

(les llaman cócoras a quienes van a los juegos) sin blanca, sino solo a ingeniarse, y son personal a quienes los jugadores les tienen algún miedo, porque no tienen qué perder, y con una ingeniada muchas veces les hacen un agujero.

 

Ingeniarse (…) es hacerse de dinero sin arriesgar un centavo en el juego (…) Los cócoras tenemos esa ventaja, que nos ingeniamos sin blanca pues para tener dinero llevando resto al juego, no es menester habilidad sino dicha y adivinar la que viene por delante. La gracia es tenerlo sin puntería.

 

En otro lugar escribe: “Contemos los turnos, fulleros y ladrones que se sostiene del juego”18

 

El Siglo de Oro nos ha heredado una excelente literatura, la novela picaresca, que permite penetrar en la mentalidad y las costumbres de los siglos XVI y XVII. Si bien es cierto que la picaresca se refiere específicamente a la Península, no lo es menos que muchas características de la madre patria fueron compartidas por sus colonias hipanoamericanas. Si comparamos la descripción de Fernández de Lizardi con la de Francisco López de Ubeda en su Libro de entretenimiento de la pícara, Justina podemos percatarnos de ello:

 

Mi abuelo enviaba todos sus ministros y agentes con general licencia para que, en campo raso y cuerpo a cuerpo, aguardasen a todo jugador de primera y quínolas, mas no de otro juego, atento que cartas conocidas, cuales eran las que daba él a los suyos, para ningún otro juego valen lo que para éstos. En los puntos de los naipes tenía notables cifras y había buenos discípulos de cifra; por oírle echar una buena baraja y repicar con terlicampus se podía ir tres leguas a verle uno, aunque fuera ciego.19

 

Es posible entonces homologar al tahúr, el jugador de oficio, con el pícaro. Proviene de diversos grupos sociales, incluso de la aristocracia desposeída, y se asimila con el pobre, pero a diferencia de éste, no se gana la vida trabajando, sino aprovechándose de los demás por la vía del truco y el engaño. Aunque en ocasiones se arrepiente de sus pecados, se justifica de algún modo a partir de las injusticias que observa en su entorno:

 

En esta profesión lo que importa es hacer a un lado el alma y la vergüenza, y créeme que haciéndolo así se pasa una vida de ángeles.20

 

La sociedad hispana tenía como valor fundamental el concepto del honor. Pero el honor, la riqueza y la cultura dependían de la cuna de origen. Este “exclusivismo aristocrático” se remarcó a fines del siglo XVI, cuando la pureza de sangre se convirtió en un requisito sin el cual se estaba al margen de la sociedad honorable. Las actividades comerciales y financieras eran despreciadas, en tanto que el trabajo manual y de producción en general estaban “manchados por la sospecha”; en fin, había un rechazo al trabajo, producto de los prejuicios aristocráticos.21

 

Un pícaro decía:

 

El hombre, honrado, rico y de buena vida no hurta, porque vive contento con la merced que Dios le ha hecho. Con su hacienda para, della come y se sustenta. Suelen decir los tales: Yo, señor, tengo lo necesario para mí, y aun puedo dar a otros. Hacen honra desto, diciendo sobrarles que pueden dar.

 

El follero ladrón hurta, porque con aquello pasa; como no lo tiene, trata de quitarlos a otros, dondequiera que lo halla. Deta manera, el noble tiene para sí la honra que ha menester y aun para poder honrar a otros, y el murmurador se sustenta de la honra de su conocido, quitándole y desquitándose della cuanto puede, porque le parece que, si no lo hurta de otros, no tiene donde haberlo para sí.22

 

La burla y la crítica del honor que caracteriza a los pícaros en la literatura, y que en ocasiones llega “hasta la provocación”, es el reflejo de este amor-odio con el que vivía la marginación este grupo social: “el pobre y el pícaro son las dos caras de la  misma realidad”23. Era un secreto a voces que “poderoso caballero es Don Dinero”, según rezaba el poema de Francisco de Quevedo:

 

Madre, yo al oro me humillo.

Él es mi amante y mi amado

pues de puro enamorado

de continuo anda amarillo.

Que pues doblón o sencillo

hace todo cuanto quiero…

pues que da y quita el decoro

y quebranta cualquier fuero…

Son sus padres principales

y es de nobles descendiente

porque en las venas de Oriente

todas las sangres son reales.

Y pues es quien hace iguales

al duque y al ganadero,

poderoso caballero es Don Dinero.

 

El tahúr estaba asociado a los aspectos más reprobables de la sociedad, ya que en los lugares del juego, las tabernas, las hosterías, las pulquerías y las casas particulares, se tomaban bebidas embriagantes, se blasfemaba, se engañaba y se robaba no sólo a los que contaban con fortuna, sino a los pobres que recurrían al juego como una alternativa para salir de apuros económicos.

 

De suerte que esta proposición es evidente: tantos cuantos se sostienen del juego, son otras tantas esponjas de la población que chupan la sustancia de los más pobres.24

 

Aunque la afición por el juego de azar era generalizada, los dos sectores de la población que resultaban más afectados por ella eran los que no tenían nada y los que tenían mucho. Los primeros, los pobres, eran presa muchas veces de los estafadores, sobre todo en los llamados arrastraderos donde perdían no sólo dinero sino sus pocas pertenencias. Predica el Periquillo:


Ex-voto a San Miguel
C. de Villalpando 1710




 

Muchos dicen que juegan por socorrer su necesidad. Éste es un error. De mil que van al juego con el mismo objeto, los novecientos noventa y nueve vuelven a su casa con la misma necesidad, o acaso peores pues dejan lo poco que llevan, acaso se comprometen con nuevas drogas y sus familias perecen más aprisa.25

 

Los jugadores con fortuna adictos a las apuestas era un grupo que preocupaba en especial a las autoridades y a sus parientes, ya que no sólo caían muchas veces en la ruina económica, sino que ponían en entredicho el honor de su estirpe.

 

En 1773 el virrey Bucareli se quejaba de las desgracias que acarreaba.

 

(…) el abominable vicio de toda clase de Juegos de Embite (…) Por ellos vemos hoi en la mayor pobreza al que mirábamos ayer en la opulencia y reducido al lastimoso estado de la mendicidad un considerable número de ilustres Familias, que sacrificaron á esta negra pasion los mas gruesos caudales, y son actualmente por su desnudez un objeto de que no puede prescindir el general dolor. Por ellos finalmente vemos la división de no pocos irreconciliables matrimonios, la prostitución de tantas Doncellas que expusieron su honor entre el libertinage de las casas de Juego, y la relaxacion de muchos Jóvenes ociosos que pudieran ser útiles al Estado.26

 

Ciertamente hay que leer este comentario desde el ojo de la autoridad que quiere hacer valer la ley y el orden a partir de cierta exageración, pero refleja una realidad sin duda frecuente y nada esporádica. A la élite de la sociedad le asustaba la idea más o menos común de que en el juego todos son iguales, con lo cual “ni los malcriados se abstienen de sus groserías, ni muchas personas decentes y de honor se atreven, a hacerse respetar como debieran.27

 

Los arriba descritos representaban los caos límite de lo prohibido y reprobable del juego de azar; desde ahí se extendía todo un abanico de posibilidades que si bien no explícitamente permitidos, no sólo eran tolerados sino que incluían dentro de las filas de los jugadores a los propios funcionarios públicos y eclesiásticos.

 

Buena parte de la emoción del juego residía en la apuesta y ésta cursaba no sólo en los juegos a los que hacen referencia los comentarios anteriores, los de naipes y dados, sino que se extendía a cualquier juego que implicara a dos contrincantes, como los gallos y el de pelota, hasta aquellos en os que aparentemente no había nada que apostar, como el palo encebado o los mismos toros.

 

Lo mismo sucede en los lugares del juego, que iban desde los sitios en que se bebía en exceso pulque o chingurito y se juraba, se maldecía o se llegaba a la riña, hasta los de recato y discreción:

 

En este lugar no se advierten pleitos, ni juramentos, malas palabras. He oído mencionar, en elogio del carácter mexicano, la circunstancia de que en estas reuniones no hay ruido, no ocurren disturbios ni se observan aquellos escándalos y violencias.

 

En muchas ocasiones particulares juegan en pequeña escala las personas que no suelen tomar parte en los juegos ordinarios; pero todo el mundo está más o menos interesado, hasta los extranjeros, hasta las señoras, hasta nosotras.

 

Existe cierta imposibilidad en el hábito del juego, al que se dedica la gente desde su infancia y el cual les enseña que ni las malas palabras ni la violencia lograría devolverles un simple duro si ya lo han perdido de buena ley, y por eso, cuando juegan, observan las leyes del honor más estricto, tanto pobres como jugadores de clases altas. Entretanto que la gente de escaleras abajo funciona de esa suerte y solicita el aire libre los favores de la Fortuna los jugadores del orden ecuestre están sentados alrededor del tapete verde con tanta gravedad como si en cada garito hubiese un consejo de ministros, las ventanas y las puertas están abiertas de par en par, y tanto las señoras como los caballeros pueden entrar y presenciar el juego si les da la gana.

 

Los banqueros forman parte de la clase más respetable de México. Frecuentemente son de nacionalidad española y han encontrado en la mesa de juego el camino más seguro para llegar a la fortuna. Poco se habla en derredor de las mesas. Los montones de oro cambian de dueños, pero los dueños no cambian de expresión.28

 

Finalmente, el propio Estado, tan crítico de los juegos de azar, era paradójicamente su promotor, ya que tenía el monopolio de los naipes, cuyos ingresos iban a las áreas públicas, y en siglo  XVII fue el patrono de la lotería, que en parte era para la asistencia pública, pero en mayor grado dejaba buenas ganancias al erario.

 

Enfocar exclusivamente el aspecto del juego entre los novohispanos podría llevarnos a pensar en una “sociedad de ociosos”. Para contar con una imagen más cabal y justa de aquellos tiempos habría que hablar de su mundo laboral, intelectual y espiritual, tan productivo como variado.

 

En las páginas que siguen describiremos algunos de los juegos de azar –especialmente de apuesta- más importantes durante la época colonial, mismos que conforman nuestra tradición lúdica y que han sido parte de la vida cotidiana del país durante casi quinientos años.

 

Los gallos

 

Uno de los espectáculos de apuesta más socorridos fue el de las peleas de gallos. Más rural que urbano también los habitantes de la ciudad gustaban de él. De hecho se extendió hacia el siglo XVII en el que las dispersas zonas indígenas empezaron a integrarse más ampliamente a la cultura de los conquistadores. Los juegos populares como el de gallos comenzaron a competir con los caballerescos, más practicados durante el XVI. La élite urbana adoptó la moda de organizar festejos campestres alrededor de la capital, a los que asistían –o incluso preparaban- los propios virreyes, como el marqués de Cercalvo, especialmente afecto a ellos. Las peleas de gallos eran parte indispensable de las diversiones. En estos combates todos los grupos sociales se reunían en un espacio común y se arriesgaban a rebasar las rigideces del trabajo y del comportamiento cotidianos, entregándose al gozo compartido y al placer de apostar. Las tentaciones y atractivos eran muchos y no importaba el color de la piel ni la posesión de bienes ni el cargo político para obtener el triunfo. Las reglas del juego eran otras. Cualquiera podía ganar, porque todo dependía de un dios absolutamente ciego y justo: el azar. Ante él todos estaban en igualdad de circunstancias y esa rara oportunidad de enfrentar y exponer el destino de uno frente a otros, sin importar el lugar social, resultaba un atractivo irresistible.

 

La diversión de las peleas de gallos es muy antigua y al parecer nació en Asia Meridional, pues ya se encuentran algunas representaciones en los restos arqueológicos de Micenas. También tenemos noticias de ellas en la India, China y Grecia. En Inglaterra, las peleas de gallos eran frecuentados por la nobleza durante los siglos XVII y XVIII; en España fueron muy populares, aunque cada región conocía y practicaba modalidades distintas. Los gallos de pelea criados en el sur de la Península, los “jerezanos”, llegaron a tener fama a tal grado, que desde el siglo XVI se les exportaba hacia América.

 

Las peleas de gallos pertenecían claramente a la clase de juegos prohibidos, ya que como se decía entonces era “una pura apuesta”. Gran cantidad de Instrucciones fueron enviadas a los virreyes novohispanos con la intención de prohibirlas, pero su gran popularidad hacía muy difícil que se acatasen estas disposiciones. De hecho, el propio gobierno de Nueva España era el menos interesado en aplicarlas, pues se beneficiaba directamente con los ingresos provenientes de concesión de los derechos mismos que se arrendaban. Pero en Nueva España siempre se alzaron voces –sobre todo provenientes de la Iglesia- que veían con preocupación la proliferación de las peleas de gallos porque fomentaban los excesos de la bebida y la mala conducta. Un ejemplo muy sonado en el siglo XVII es el del arzobispo de México Francisco Aguiar y Seija, quien llegó a ofrecer al gobierno novohispano el monto de dinero que recibía por concepto de estas peleas, a cambio de que las prohibiera en la ciudad de México. El virrey aceptó la oferta, pero lo único que se logró fue que las peleas de gallos se practicaban fuera de la ciudad, provocando así más problemas e incluso delitos. Otro caso es el del cura del Sagrario, Lezamía, quien iba a las plazas más concurridas a predicar contra este juego, mientras que su amigo, el padre Pedroza, cerraba las puertas para que nadie saliese sin escucharlo.

 

Con la llegada de la dinastía borbónica al trono de España a principios del siglo XVIII, las cosas no cambiaron mucho. Las nuevas autoridades mantuvieron su oposición a las peleas de gallos. Sin embargo, éstas continuaban practicándose clandestinamente, lo cual condujo al virrey Duque de Linares a proponer que se permitieran, aunque bajo control oficial. El rey Felipe V consultó y decidió mantener la prohibición. Después de varios años, en 1727, y ante la imposibilidad  de controlar el juego, el rey concedió licencia al asentista de naipes, Isidro Rodríguez, para que se jugase a los gallos. De ahí en adelante el juego se permitiría en parajes públicos a partir de la una de la tarde vigilado por los ministros de justicia y no se admitiría a “hijos de familia” ni a esclavos. A pesar de la vigilancia oficial, no faltaron las violaciones a los ordenamientos: las autoridades, contrariamente a lo dispuesto, jugaban a los gallos e incluso eran propietarias de gallos de apuesta.

 

Peleas de gallos se efectuaban casi a diario en la ciudad de México donde se localizaban algunas de las plazas más importantes. Entre las más conocidas sobresalían la de la calle de Mesones, la del barrio de Santa Catarina y la del barrio de San Jerónimo. Además de estas plazas existían casas en donde se jugaba tanto a los gallos como a los naipes. A ellas acudía un gran variedad de personas, aunque predominaban las clases populares. A finales del siglo XVIII, el segundo conde de Revillagigedo prohibió incluso la entrada en las plazas a la gente desnuda o descalza, “en beneficio de la decencia y la honestidad, la industria y la humanidad”.29

 

Las peleas de gallos requerían de una gran cantidad de empleados que facilitaran el desarrollo de la diversión. Había diversos tipos de trabajadores; los cobradores de puerta, los cuidadores de la plaza, los despejadores, los adiestradores –quienes sujetaban a los gallo, los excitaban y preparaban para la pelea- los amarradores y los soltadores. Junto a ellos aparecía el imprescindible gritón, quien anunciaba las peleas, los pesos de los animales, sus nombres, el modo de pelear y en general todo lo que debía saber el público. El depositario de apuestas estaba en la mesa del juez y era quien se cercioraba de los incidentes del juego o de la muerte de los gallos. Nombrado por los jugadores, el juez era también un personaje central, ya que vigilaba el cumplimiento del reglamento y los fallos dados desde su mesa eran inapelables.

 

Las ganancias a base de trampas y engaños no eran excepcionales. Por ejemplo, los cuidadores podían recibir alguna remuneración si maltrataban al gallo de más fama o le hacían pelear con anterioridad para atemorizarlo. Los amarradores podían poner una navaja deficiente o en mal sitio, muy floja o demasiado apretada para quitarle rapidez a los movimientos y precisión en el ataque. El soltador podía levantar la navaja antes de tiempo o no hacer oportunamente la prueba del pico. Por su parte, los encomenderos podían engañar diciendo que el gallo era suyo y muy bueno, cuando en realidad era lo contrario, y los propios apostadores que los secundaban se volvían cómplices en sus trampas. Los gallos eran bautizados generalmente por el color de su plumaje –moro, pinto, mantequilla, ají seco, prieto- y aprendían una serie de mañas para  vencer al contrincante: entre ellas la conocida como “gallo-gallina”, en la que el gallo finge ser hembra y seduce al rival, para después acuchillarlo.


Juego de la Peregila, principios siglo XVIII



 

A pesar de todos sus avatares, las peleas de gallos fueron una de las diversiones que lograron sostenerse por encima de los cambios políticos de Nueva España. Durante la guerra de Independencia, entre batalla y batalla y como forma de descanso y distracción, los soldados y oficiales, insurgentes y realistas, no perdían el gusto por los gallos, tradición a la que seguían fielmente. Del campo de batalla se podía pasar al palenque y así olvidar por un rato de angustia de la sombra permanente de la muerte. Qué mejor que olvidarla con un aguardiente en la mano y apostando al mejor de los gallos”30

 

La lotería

 

Existían dos loterías en España: la primitiva y la moderna. Aquí nos referiremos a la segunda, que es la que ganó más adeptos a fines del siglo XVIII. Apareció como la solución que ofrecía el gobierno a los problemas del juego de apuesta ilegítimo, ya que de este modo se legalizaba y reglamentaba. Si bien no era falsa esta intención de beneficio social, no era menor el interés por las ganancias que representaban para el Estado los sorteos de la lotería.

 

En 1769 el rey de España Carlos III expidió un mandamiento para que se estableciera la lotería en Nueva España. Para 1770 el virrey marqués De Croix la Real Lotería General de la Nueva España y dio a conocer el reglamento de la institución. Este fue el segundo sitio de América –después del Perú- en el que se estableció legalmente dicho juego, en tanto que en Europa ya se había instituido antes en Londres y en Holanda.

 

Se pretendía reunir un millón de pesos con la venta de cincuenta mil billetes a veinte pesos cada uno, descontando el catorce por ciento para los gastos de dirección y para Hacienda Pública. El alto costo de los billetes para las clases populares y el poco entusiasmo que mostró la élite, que sí podía comprarlos, hicieron casi abortar el naciente juego, pero una magnífica idea lo salvó: se fraccionó el entero.

 

En la capital se vendían la mayor parte de los billetes, pero algunos los adquirían para después negociarlos, los compraban en la colecturía principal y luego los sorteaban en sus propias casas, convertidas en garitos. En acaparamiento en manos de unos cuantos representaba una irregularidad que condujo al virrey Bucareli a emitir un bando, “prohibiendo semejantes rifas y sorteos bajo la pena de mil pesos que irremisiblemente se exigirán a los contraventores”, e incluso se amenazó con el presidio. Sin embargo, esta prohibición no tuvo gran éxito, ya que las casas particulares, bajo el pretexto de una sarao o un refresco, se convertían en garitos.

 

Los premios mayores variaban de monto, aunque no siempre se vendían todos los billetes. Las ganancias iban en constante aumento; a los once años había ya rendimientos de 714,354 pesos. El virrey Martín Mayorga decretó que se cediera dos por ciento de este fondo al Hospicio de Pobres, además de catorce por ciento que se deducía para el erario. Este fue el primer acto de beneficencia de la lotería que hoy conocemos como la Lotería Nacional para la Asistencia Pública. Esta cantidad se consideró finalmente excesiva y se decidió entregar la suma de 12,000 pesos anuales para gastos de hospicio.

 

Al ver que se trataba de un buen negocio comenzaron a surgir otras loterías parecidas, y aun “loteriítas”, como fue el caso de la lotería eclesiástica, que llevaba curiosamente figuras religiosas, y que además de cubrir la pía intención de instruir a los feligreses cuando se jugaba en el espacio familiar, dejaba a veces ganancias al clero, al lado de las rifas, para la reparación de templos o para alguna otra de caridad. El mismo virrey Revillagigedo quiso fundar otra lotería con jugosos premios destinados a las obras públicas pero este proyecto fue rechazado por Carlos III.

 

La historia de la lotería tiene también su lado obscuro. El promotor original de este juego en Nueva España, Francisco Xavier Sarría, quien emprendió las negociaciones y convenció a las autoridades de la conveniencia de establecerla, fungió como su primer director hasta que tuvo en su haber un desfalco de 25,750 pesos. Fue entonces encarcelado, aunque después liberado y, por acuerdo real, regresó a su cargo con un aumento de sueldo.

 

En 1803 se descubrió una falsificación de billetes llevada a cabo por el director y el tesorero de la lotería. La inquietud duró poco y la confianza pronto se restituyó. Poco tiempo después, se organizaron sorteos de 52,000 y hasta 90,000 pesos.

 

Al iniciarse la guerra de Independencia la lotería empezó a decaer. El sorteo 522 se suspendió a los treinta y tres días de haber estallado en Dolores el movimiento armado. Para la fecha la lotería había producido más de tres millones de pesos. En 1815 el jefe de las tropas realistas, Félix María Calleja, ordenó que se realizaran “dos loterías forzosas”, una para la capital y otra para el resto del virreinato, con el fin de recaudar fondos a favor de la causa realista. Al finalizar la contienda, la lotería estaba en un estado miserable.

 

El juego de pelota

 

Este juego adquirió importancia en el siglo XVIII. Es interesante mencionarlo, ya que a través de sus defensores podemos apreciar el cambio de mentalidad del siglo ilustrado con respecto al concepto de juego. A partir de entonces aparece con más fuerza una apreciación positiva de las prácticas lúdicas que se relacionen con el deporte, la salud y la ciencia. Un comerciante vasco escribía en 1801:

 

El juego de pelota es sin duda una de las diversiones más honestas, inocentes y útiles, que se puede proporcionar. Su remotísima antigüedad, el uso casi universal y las concordes opiniones de los físicos, deciden a su favor. Esta diversión que forma una lid o guerrilla entre amigos recrea a los ancianos y adultos y excita saludablemente a la juventud.31

 

Y más adelante afirmaba:

 

En una palabra, ningún juego tiene mejores circunstancias por su inocencia y honestidad y por el poco riesgo de caudales y familias.32

 

No obstante, esta apología idealizada del juego de pelota encubría otra realidad. Ciertamente su práctica podía tal vez ser saludable, pero distaba de ser inocente y honesta. En los partidos, a veces arreglados de antemano, se cruzaban fuertes apuestas en los que a menudo los apostadores perdían grandes sumas de dinero.

 

Aunque de moda en el siglo XVIII, el juego de pelota tiene un origen remoto. En francés se llama jen de paume y en latín se le denominaba pila palmaria, ya que según un antiguo autor, originalmente consistía en recibir y devolver la pelota con la palma de la mano. Se dice que antiguamente se jugaba con la mano desnuda, más tarde con un guante y posteriormente se ataban cordeles a la mano para que la pelota tuviera más impulso. De allí parece haberse originado la raqueta. En la época de Carlos V el juego de pelota se puso de moda en Francia entre la nobleza, que apostaba cuantiosas cantidades de dinero a favor de sus jugadores favoritos.33

 

Los comerciantes vascos contaban con toda una organización de este juego. Si sus dependientes, por lo general traídos de la Península, tenían habilidad para él, el patrón los entrenaba y les transmitían los secretos del mismo para más tarde apostar a su favor. Con el tiempo, el juego no sólo involucró a los comerciantes y a sus dependientes, sino a otros sectores de la población. La popularidad que alcanzó no fue del agrado de los vascos. La cancha de San Camilo, la principal de la ciudad de México donde se asistía a jugar y apostar después de la jornada laboral, empezó a llenarse de gente del pueblo. “En las gradas el público se mofaba de los comerciantes por quienes no sentía simpatía alguna. Estos empezaron a buscar la forma de vitar la entrada del populacho al juego de San Camilo. No estaban dispuestos a compartir sus diversiones con la plebe y menos aún a sufrir sus impertinencias”.34

 

Los esfuerzos por eliminar al populacho, al que se acusaba de provocar desórdenes y desmanes –lo cual en muchos caos no era verdad-, se manifestaron con la prohibición de la entrada a la gente que no fuese decente, a quien se reconocía por sus ropas. Pero la medida más efectiva fue el color de medio real de entrada, pues antes era gratuita. El aburguesamiento de la sociedad novohispana hacia fines del siglo XVIII y principios del XIX –que implicó el cambio de la vida pública hacia la vida privada-, se diferencia de la era colonial anterior, en la que si bien se distinguían los estratos sociales entre sí, había una mayor participación conjunta en las diversiones y los espectáculos públicos.

 

Todo ello no evitó la popularidad y práctica de este juego en otros espacios, como plazas y arrabales de la ciudad de México, en los que se formaban los jugadores profesionales del juego de pelota vasca.

 

Los toros

 

La fiesta brava se introdujo en Nueva España desde los primeros días de la conquista. Era una de las representaciones simbólicas de la estructura estamentaria, ya que en ella se exhibían las habilidades guerreras de la aristocracia ante el pueblo que participaba como espectador. Durante los siglos XVI y XVIII formaba parte de la mayoría de las celebraciones públicas, tanto civiles como eclesiásticas. Sin embargo, con el correo de los años fue perdiendo este significado.

 

En torno a las corridas, los asentistas “empezaron a añadir multitud de pequeñas diversiones que le hicieron perder por completo su carácter original de ejercicio de caballería. Para empezar, era frecuente que hubiese mujeres toreras, lo cual si bien del agrado del público, resultaba totalmente incompatible con una visión del mundo guerrero”35. También era muy popular el loco de los toros, un torero que salía a la plaza vestido como los locos del hospital de San Hipólito, provocaba al toro y se escondía en una pipa vacía cuando lo atacaba.

 

La parte de las apuestas apareció a través de otros juegos que poco a poco los asentistas introdujeron durante los intermedios: se ponían perros de presa a combatir con los toros, se hacían carreras de perros y liebres  se organizaban peleas de gallos. Se jugaban buenas sumas de dinero.

 

Había otros juegos de los que disfrutaban los espectadores en los intermedios y en los que intervenía al azar. Uno de ellos era el monte carnaval, que consistía en un monte de ropa, animales de corral y alimentos que se colocaban en el centro de la plaza y sobre los que e abalanzaba el público a ganar lo que podía. Otro era un palo encebado, una variante del anterior, en el que también participaba el público.

 

Por otra parte, los asentistas especulaban con los precios de las entradas a la fiesta brava, que no eran fijos. Podían llegar a ser tan altos que eliminaban automáticamente al pueblo a pesar de su gran afición.

 

Los naipes

 

La práctica del juego de los naipes se remota hasta los tiempos de los romanos, quienes al parecer utilizaban unas tablillas de marfil o cartón que llevaba grabadas en su superficie los valores del juego. Sin embargo, el origen de la palabra naipe o naibi es oriental. Las teorías sobre el lugar en el que se fabricaron los naipes por primera vez son inciertas. Algunos aseguran que fue en Francia, bajo el reinado de Carlos VI; unos piensan que fue en España; y otros más en Alemania, donde se sabe que efectivamente se imprimieron. La imprenta difundió los naipes por toda Europa y cada país adoptó un tipo de baraja diferente. De cualquier forma todas las fuentes coinciden en que los naipes fueron muy importantes en España desde los siglos XIII y XIV. Los cuatro palos o colores de la baraja representaba los cuatro estados de la sociedad española; las espadas aludían a la nobleza; las copas o cálices al clero; los oros a los comerciantes; los bastos a los labradores o cazadores. Dentro de cada palo hay un as, luego siguen las cartas del dos al  nueve, para terminar con caballo, sota y rey. Este orden denominación de las cartas ha llevado a algunos a relacionar los naipes con el tablero del ajedrez.

 

A finales del siglo XV, cuando los viajeros españoles, conquistadores de las nuevas tierras, debían pasar meses en alta mar, una de sus distracciones era el juego de los naipes. El mar se convirtió en el puente natural para el intercambio no sólo de mercancías e ideas, sino también de formas de manejar el ocio y la diversión, entre los cuales el juego de los naipes ocupó un lugar importante. Realmente fueron los naipes y los dados los primeros juegos europeos que llegaron a Nueva España.

 

Según Bernal Díaz del Castillo, desde la llegada de los primeros conquistadores se introdujo el juego de naipes. Cortés parece haber sido muy afecto a la baraja y Bernal nos cuenta que un soldado –Pedro Valenciano- fue el primero en usar las cartas en estas tierras americanas, pintándolas en pedazos de cuero de un viejo tambor. En las noches de campamento los soldados permanecían en vela jugando a los naipes y los dados. Pero al calor de las apuestas, el juego acababa frecuentemente en riñas y cuchilladas.

 

El gusto por el juego fue creciendo y a partir de entonces se establecieron garitos por todas partes, al grado de que en el pueblo del propio palacio virreinal estaba instalado, entro otros, un juego de baraja, abierto de día y de noche.

 

En Nueva España, la casa gobernante de los Austria vio en el juego de la baraja una fuerte de ingresos, Felipe II fue quien incorporó a la legislación indiana la reglamentación correspondiente al juego de naipes. Mediante estas leyes, el rey permitió que el juego de naipes se convirtiera en un estanco, es decir, en un negocio exclusivamente administrado por la Corona, la cual se vería beneficiada con el pago de los derechos sobre el mismo. Así, los naipes pasaron a ser monopolio del Estado: no hubo ya libertad de traer bajaras o de jugar la cantidad que se quisiera. El ramo de los naipes se convirtió en otra fuente de ingresos fiscales, como la minería o el tributo, y fue la Real Hacienda la única dueña de su comercio y reglamentación. Además del propósito económico, las leyes sobre los naipes, iniciadas por la Casa de Austria y continuadas durante la época de los borbones, tenían el propósito de ordenar y encausar los juegos para que no fueran motivo de alteraciones en el orden social

 

Los sitios en los que se jugaba a los naipes eran muy variados. En las casas asistía principalmente gente con recursos económicos particulares, militares e incluso eclesiásticos. Pero también se sacaba con frecuencia mesas de plazas o en calles adonde acudían los grupos populares. Ya mencionamos arriba los famosos arrastraderos, lugares sucios y escondidos, en los que los pobres arriesgaban su escasa hacienda.

 

Había diversos tipos de juegos de naipes. Los de suerte, apuesta o evite pertenecían a los más arriesgados y contra los que se dirigían la mayoría de las células reales. Eran los más practicados porque en ellos se apostaban grandes cantidades y la ganancia rápida y fácil atraía a un gran número de jugadores.

 

Las barajas debían ser vendidas envueltas en un papel, atadas con hilo y sellada con el sello real; se guardaban en un arca y las llaves sólo podían tenerlas los oficiales correspondientes. Cada una de las cartas, cuyo modelo era naturalmente el español, también debía llevar el sello real y la rúbrica de un oficial real designado por el monarca para ese fin. Estaban formadas por 48 naipes, repartidas del número 2 al 9 en los ramos de bastos, oros, copas y espadas, as, sota, caballo y rey de los cuatro palos. Algunas cartas llevaban estampados letreros como “con privilegio real” en el as de oros y “ahí va” en el caballo de espadas.

 

Eran varios los juegos. El más frecuente fue el parar o monte. Consistía en poner sobre la mesa dos cartas sacadas por suerte, a las que los jugadores apostaban su dinero. Se iban sacando otras cartas hasta que saliera una igual a las dos puestas. Ganaban todos los que habían puesto su dinero en la carta favorecida por la suerte. Si la carta que daba el triunfo era la primera de las que se sacaban, el banquero no pagaba más que tres cuartos de la apuesta. Otro juego muy popular era la baceta. Se jugaba entre cinco personas: el banquero y cuatro más. Cada jugador ponía sobre el tapete cierto número de cartas y en cada una de ellas el dinero que quería jugar. El banquero iba sacando las cartas de dos en dos hasta agotar la baraja; la primera carta de cada par era para él y la segunda para los jugadores. Si por ejemplo la primera carta sacada era una dama y coincidía con la del banquero, éste ganaba todo lo que se hubiera apostado a las damas de todos los jugadores, pero si la dama salía en la carta segunda, entonces el banquero tenía que pagar las posturas de todas las damas. También se jugaba el quince. Su objetivo consistía en hacer quince puntos con las cartas que se repartían una a una y si no se lograba esta meta, ganaba el que tenía más puntos sin pasar de los quince.

 

Estos son sólo unos ejemplos de los muchos juegos de cartas que se practicaron durante la época colonial. Así, los naipes se sumaron a las comedias, corridas de toros, rifas y bailes como una de las formas de diversión y distracción.36

 

Otros juegos de cartas

 

Los siguientes juegos de naipes son sólo algunos de los muchísimos que se practicaban en la época. Aparecen tal como los describía el Diccionario de Autoridades a fines del siglo XVIII.

 

Biribis. (Biribis) Juego totalmente de fortuna, que sobre un lienzo, o badana se pintan diversas figuras de flores, animales, u otras cosas, poniendo encima de cada una el número que le corresponde, y se forman otros tantos papelillos, poniendo en cada uno el número y nombre de cada cosa, y se meten en una bolillas agujeradas y metidas en un talego se barajan, y el que ha puesto su dienro sobre alguna de las pinturas, se acierta a sacar la que indique o señale la figura en que se puso su dinero, gana y multiplica muchas veces el que puso, pero la experiencia ha enseñado que de ordinario gana siempre el que mantiene el juego, que regularmente llaman banquero. Este juego y su nombre nos vinieron de Italia.

 

Baceta, Juego de naipes modernamente introducido en España, que se ejecuta poniendo uno (que siempre lleva el naipe) una cantidad de dinero de contado (que llaman banca) y los que juegan contra éste ponen sobre un naipe (el que cada uno elige a su fantasía) la cantidad que le parece, y el banquero con una baraja va echando cartas en dos montones o partes: si cae a la izquierda la que está parada por los jugadores (que a este juego llaman apuntadero) pierde, y si cae a la derecha gana. Es voz francesa, en cuyo idioma se le da este nombre a este juego.

 

Chaquete. Especie de juego de tablas reales, en el cual se van pasando alrededor todas las piezas por las casas desocupadas, y el que más presto las reduce al extremo contrario y las saca, sin más lances, gana el juego.

 

Por otro nombre se llama Passo de Roma. Lat. Seuporum quídam ludus…

 

Treinta. Juego de naipes, en que repartida dos, o tres cartas entre los que juegan, van pidiendo más hasta, hacer treinta puntos, contando las figuras por diez, y las demás cartas por lo que pintan. Lat, ludus ebartarum ad trigésima puncta.

 

Quince. Juego de naipes, cuyo fin es hacer quince puntos, con las cartas que  se reparten una a una, y si no le hacen gana el que tiene más puntos, sin pasar de los quince. Juégase regularmente envidado. Lat. Ludus chartorum ad cumdecim…

 

Flor. Juego de naipes, en que de una en una se reparten tres cartas a cada sujeto de los que juegan, y se hacen los envites y revites del mismo modo que al cacho. El que hace flor, que son tres cartas de un palo, tiene mejor partido y caso que concurra otro, gana el que tiene más puntos, y siendo iguales es superior el que es mano. El dos vale doce, el as once, las figuras y el cinco diez, el tres nueve, el cuatro ocho, y el siete y seis como pintan. El poste tiene el privilegio de que le valga diez la primer carta que toma, descubriéndola para que la vean los demás, aunque la tal carta sea seis, o siete. Cuando no se hace flor gana el mayor  punto de los que ocurren en una o dos cartas. Lat. Ludus chartarum pictarum sic vulgo dictus.


 

Tus mexillas el juego

le desconocen,

que á la flor sólo juegan,

pero no al hombre37

 

El caso de un tahúr

 

Si bien había una política general en contra del juego en el que mediaban apuestas y una reprobación moral del ocio y el relajamiento de muchas diversiones, las penas impuestas por delitos de juego eran más amenazas que realidades. De hecho en el Ramo de lo Criminal, donde han quedado consignados estos caos, hay sólo unos cuantos de ellos, y la penalización es mínima en relación a la falta. Además, por lo general las acusaciones por delitos de juego eran sólo parte secundaria de denuncias más graves, de sangre o sexuales comúnmente.

 

A continuación presentamos fragmentos de una denuncia emprendida contra un jugador.

 

México                                                    Año 1812.

 

Sobre la presentación voluntaria que hizo de su persona en esta Real cárcel, don José Miguel del Corro, por haver disipado 21 mil pesos pertenecientes a su padre, por lo que estufo detenido.

 

Por presentado: Quede en arresto don José Miguel del Corro hasta que se le tome declaración lo que se verificará en el día, volviéndose luego a dar cuenta.

 

Flores                     Lic. Pasqua                 Francisco Ximénes de Velasco

rúbrica                    rúbrica                         escribano de Acordada, rúbrica.

 

Don Miguel de Corro oriundo de la villa de Orizaba y residente en esta corte, ante vuestra Señoría como mejor proceda digo: el entrante noviembre va a cumplirse el año de la relacionada villa comisionado por mi padre don Juan Antonio Corro a cobrar la cantidad de veinte y un mil pesos que le pertenecían por el tabaco que como cosechero que es había entregado al Soberano.

 

Como al mismo tiempo fuese mi venida con el objeto de efectuar el matrimonio que mucho antes tenía ajustado con doña María Ignacia González, el que me importaba ponerlo por obra, como lo verifique a escusas del relacionado mi padre, se me ocasionaron crecidos gastos que tuve que hacer del mismo dinero.

 

Viéndome pues con este descubierto que de día en día se fue aumentando, por haber tenido que sostener a la crecida familia de mi padre político, compuesto de doce personas las más mujeres, a causa de hallarse este sin destino. Considerándome sin arvitrio de donde reponer lo gastado para reponer lo gastado para poder presentarme a mi citado padre, a quien tampoco podía descubrir la inversión del dinero tomado, por no convenirme hacerlo del contraído enlace, en el remedarlo todo por medio del juego a que me dedique. Pensando en muy breves días reponía las cantidades de dinero, y de este modo todo se componía.

 

Una fatal y adversa suerte enteramente se decidió contra mi, pues en diferentes partidas y entre multitud de sujetos, insensible y paulatinamente me han ido ganando el dinero hasta haberme dejado sin un medio real siquiera, a tiempo que ha llegado un hermano mío a esta ciudad escogiéndolo y queriendo al mismo tiempo llevarme para Orizaba.

 

Hasta aquí he procurado por varios medios hasta el de haberme escondido, entretenerlo, pero teniendo cierta noticia que trata de mi prisión y considerando que al fin se ha de aclarar todo, que ha de querer perjudicarme o acaso exponerme a un crítico lance en que uno u otro nos perdamos, no pudiendo tampoco por la propia razón ponerme delante de mi padre ni menos abandonar a mi infeliz mujer que se halla en días de parir, he resuelto hacer ante vuestra Señoría esta voluntaria presentación para que como juez de esta mi causa determine en el particular lo que sea de justicia.

 

A vuestra Señoría suplico se sirva admitiendo dicha presentación mandar se haga saber a mi hermano o lo que estime ser conforme a derecho. José Miguel del Corro, rúbrica.

 

Incontienti; Para tomar declaración al arrestado don José Miguel del Corro, el señor juez, lo hizo traer a su presencia, y después de haberlo exhortado a fin de que expusiera la verdad, inteligensiado de ello y de la obligación en que se halla de hacerlo.

 

Aseguró llamarse como queda expuesto, ser de calidad español, originario de Orizaba y vecino de esta ciudad en la tercera calle de Banegas, número cinco, casado con doña María Ignacia González, sin ejercicio ni ocupación en el día aunque en su tierra es cosechero de veinte y tres años. Que la mañana de hoy se ha presentado voluntariamente arrestado en este Tribunal por los fundamentos constantes en el escrito que antecede, el cual por estar hecho a su voluntad y firmada con la que acostumbra, reproduce por cuanto lo reconoce como propio y quiere corra respecto de contenerse en él lo cierto y verdadero del conocimiento que le obliga a presentarse pero, que en lubitancia es haber gastado y disipado veinte y un mil pesos que su legitimo padre don Juan Antonio Corro le mando cobrare en esta ciudad.

 

Preguntando que cantidad jugaría, en qué casas, con qué personas, si eran frecuentes sus asistencias al juego, y sí este era de monte gallos u otros, dijo que no puede señalar las casas y personas con quienes jugó respecto a que en el discurso de cerca de un año que se ha entretenido en ello, han sido varias las concurrencias que ha tenido con diversas personas y en distintas casas, donde y con quienes solían perder y ganar, y por lo mismo tampoco sabe las cantidades que perdió con cada una, aunque su total considera a diez y siete o diez y ocho mil pesos, siendo su concurrencia a veces en los gallos y a veces en los juegos de monte.

 

Preguntado si del total de los veinte y un mil pesos conserva alguna parte existente, dijo: que nada conserva por que después de lo perdido, invirtió el resto en los gastos de su matrimonio y consiguiente subsistencia de su familia.

 

Preguntando por que motivo no quiso participar a su padre el casamiento que dice haber hecho con su esposa, o que fines particulares le obligaron de hacerlo sin su anuencia, dijo: que lo primero fue porque precisándole hacerlo pronto y a tiempo de no poderlo comunicar a su padre por estar interceptados los caminos, resolvió se verificase sin su anuencia, con ánimo de comunicárselo después. Y lo segundo por qué temió se lo embarcase, con lo que y asegurando ser lo expuesto la verdad, se concluyó esta declaración que le fue leída y la firmó con el señor juez, y con don José Luis de Peñarroja, a quien nombró de curador, y quien pedía su aceptación y protesta de cumplir bien y fielmente con su oficio, se lo turnó su secretario, y estuvo presente al acto de exhortarse al arrestado para que dijese verdad, doy fe/rúbricas/.

 

Real Tribunal de la Acordada y octubre 16 de 1812.

 

Quede libre José Miguel de Corro bajo las amonestaciones que se le han hecho para que con sus posteriores juiciosos procedimientos manifieste su verdadera enmienda, procurando volverse a reunir con su familia cuanto más pronto le sea posible. Dese a su hermano, don Antonio el testimonio que pide, para los efectos que explica. Flores, rúbrica, Lic. Pasqua, rúbrica, Lic. Lope, rúbrica, Francisco Ximénes Velasco, escribano de Arcodada, rúbrica.38

 

En fin, en aquellos años del México colonial, la mayor parte de nuestros antepasados participaban en algún juego; muchos eran los que perdían y pocos los que ganaban, pero seguramente todos convivían y se divertían.

 



[1] Francisco de Ajofrín. Diario del viaje a la Nueva España, Secretaría de Educación Pública, México, 1986, pp. 68-69.

[2] María Justina Sarabia Viejo, El juego de gallos en Nueva España, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, Sevilla. 1972, p. 121.

3 Archivo General de la Nación (AGN), Ordenanza, vol. IV, fx. 40-41.

4 Thomas Gage, Los viajes a la nueva España, Xóchitl, México, 1947, pp. 138-40.

5 Juan Pedro Viqueira, ¿Relajados o reprimidos?, Fondo de Cultura Económica, México, 1987.

6 Palabras de un sindico del ayuntamiento, 1821, en Juan Pedro Viqueira, op. cit., p. 136.

7 Ibid.

8 Ibid., p. 163.

9 José María Díaz Borque, Teatro y fiesta en el barroco, Editorial del Serbal, Madrid, 1986, p. 11.

10 Irving A. Leonard, La época barroca en el México colonia, Fondo de Cultura Económico, México, 1986, p. 186.

11 Guillermo Tovar de Teresa et. Al., juegos y juguetes Mexicanos, fundación Cultural Cremi, México, 1993, p. 56.

12 José María Díaz Borque, op. cit. p. 31.

13 Lucas Alamán, Disertaciones, Jus, México, 1912, vol. II, p. 264.

14 AGN, Bando del Marqués de Croix, 1768.

15 Fanny Calderón de la Barca, La vida en México, Editora Nacional, México, 1958, p. 181.

16 Thomas Gage, op. cit. p. 138-40.

17 Ibid.

18 José Joaquín Fernández de Lizardi, El Periquillo Sarniento, Promesa Editores, México, 1979, p. 70.

19 Jesús Cañedo, La picaresca, Doncel, Madrid, 1968, p. 57.

20 José Joaquín Fernández de Lizardi, op. cit., p. 56.

21 Bartolomé Benassar, La España del Siglo de Oro, Crítica, Barcelona, 1983, p. 226.

22 Jesús Cañedo, op. cit. p. 63.

23 Bartolomé Benassar, op. cit., p. 226.

24 José Joaquín Fernández de Lizardi, op. cit., p. 178.

25 Ibid., p. 166.

26 AGN, Bandos, vol. VII, núm. 82.

27 José Joaquín Fernández de Lizardi, op. cit., p. 92.

28 Fanny Calderón de la Barca, op. cit. pp. 178-180.

29 María Justina Sarabaia Viejo,  op. cit,. p. 135.

30 Ibid.

31 José María Cordoncillo Samada, Historia de la Real Lotería en Nueva España (1770-1821), Escuela de Estudios Hispano-Americanos, Sevilla, 1962.

32 Juan Pablo Viqueira, op. cit., pp. 251-252.

33 Ibíd.

34 Francisco Cervantes de Salazar, México en 1554, Porrúa, México, 1963, pp. 5-7.

35 Ibíd., p. 41.

36 María de los Ángeles Cuello Martinell, La Renta de los Naipes en Nueva España, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, Sevilla, 1966.

37 Los juegos están tomados del Diccionario de Autoridades. Imprenta de Francisco del Hierro, Impresor de la Real Academia Española, Madrid, 1726.

38 AGN, Ramo Criminal, vol. 87, exp. 8., fs. 247-254.


Este ensayo forma parte del libro "La Rueda del Azar".Juego y jugadores en la historia de México. Coordinado por Ilán Semo. Ediciones Obraje. México D.F.. 2000.

 










 
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