APUNTES HISTORIOGRÁFICOS SOBRE LA HIStoria DE LA CULTURA

PAULA BRUNO*




I.- Introducción

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l objetivo del siguiente trabajo es revisar algunas cuestiones vinculadas con la historia cultural, para lo cual focalizamos la atención en su historicidad, en sus vertientes más destacadas y en sus rasgos particulares y distintivos.
El texto se abre con algunas consideraciones generales acerca del concepto de “cultura”, con la intención de evidenciar la pluralidad de significados que puede denotar el concepto en cuestión y tomar distancia de la naturalización de su significado.

Scriptorium

Posteriormente, se realiza un recorrido cronológico de la historiografía de la historia de la cultura, poniendo el énfasis en algunas etapas de la misma. La concreción de este recorrido, que abarca más de un siglo, permite rastrear y evidenciar las rupturas y las continuidades existentes en lo que respecta a las formas de abordaje de la cultura concretadas por los historiadores profesionales. El seguimiento de este itinerario está dividido en tres bloques temporales que están relacionados estrechamente con las transformaciones de los contextos de producción y, simultáneamente, con las repercusiones de estos cambios en el interior del ámbito de la disciplina histórica.
La primera etapa que describimos –de comienzos del siglo XIX a 1930, aproximadamente- se caracteriza por el predominio de una concepción de la historia muy ligada a los ámbitos del poder, cuyos relatos ponen el acento en la historia de carácter excluyentemente político. La segunda etapa –desde la segunda posguerra hasta la década de 1980- tiene como rasgo característico la preponderancia de explicaciones históricas que apuntan a dar prioridad a lo sociocultural y lo económico.Por último, presentamos una tercera etapa -que llega hasta nuestros días-, cuyo rasgo central es la de presentar un gran abanico de perspectivas posibles a la hora de concretar y de difundir los estudios históricos referidos a la cultura.
Mientras realizamos esta exploración, procuramos evidenciar cómo las distintas acepciones del concepto de cultura y sus recepciones variadas en diferentes contextos de producción incidieron en el ámbito de la configuración de los conocimientos históricos.


II. Consideraciones previas acerca del concepto de "cultura"

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l concepto de “cultura” presenta una polisemia prácticamente inabarcable, a lo cual debe sumarse la variación del término a lo largo de la historia y la variedad de definiciones que el mismo asume en diversos marcos geográficos. Intentando ilustrar esta polisemia, a continuación presentamos dos definiciones de este concepto que pueden polarizarse y que nos permiten intuir la gran variedad de matices potencialmente existentes entre ambas. [1]

El significado más tradicional de la palabra “cultura” se refiere a un cierto nivel educativo, a atributos relacionados con el placer por escuchar clásicos musicales o concretar lecturas de obras cumbres de la literatura, o bien, a cierto estilo de consumo y pautas de comportamiento. Dentro de esta perspectiva, la cultura aparece como un elemento privativo de los grupos sociales privilegiados. Es decir, se entiende el término cultura como sinónimo de la expresión “cultura alta” o “cultura de elite”.

Las acepciones de cultura, incidieron en el ámbito de la configuración de los conocimientos históricos

Las acepciones de cultura, incidieron en el ámbito de la configuración de los conocimientos históricos.Asumir esta noción condujo, por mucho tiempo, a concretar una historia cultural que se traducía en una historia de elites o de grupos dirigentes. Todas las manifestaciones provenientes de los otros sectores de la población quedaban en un segundo plano siendo consideradas parte de un todo amorfo que no merecía ser abordado en forma sistemática ni analítica. Este concepto tradicional de cultura comenzó a ser cuestionado desde distintos ángulos, en el contexto europeo, en el escenario de la segunda posguerra. Desde las diferentes disciplinas sociales se empezó a prestar mayor atención a las expresiones de carácter cultural de los múltiples y heterogéneos segmentos que configuran sociedades complejas. Esta actitud de apertura se relacionó estrechamente con los avances que tuvieron lugar en el campo de la antropología, en tanto disciplina social, [2]   y también con la difusión de las producciones historiográficas de la corriente de historiadores marxistas ingleses [3]  –como Edward P. Thompson, Eric Hobsbawm y Christopher Hill-. Desde la perspectiva sostenida por estos últimos, se hacía necesario prestar atención a la historia de "los de abajo", a sus acciones, a sus representaciones y a sus prácticas. Por tanto, la cultura de estos sectores, anteriormente excluidos del escenario, se convirtió en un objeto de estudio privilegiado dentro del campo de sus análisis y de los de un número significativo de historiadores. [4]

White TowerEstas transformaciones en el campo de las Humanidades, entre tantas otras, repercutieron fuertemente en lo concerniente al concepto que nos ocupa, y así se comenzó a modelar una ampliación de la definición de lo que significa “cultura”. De esta forma, se delineó una noción del término que en la actualidad cuenta con mayor aceptación y difusión; ésta hace referencia a la cultura como una especie de marco que contiene las formas de pensamiento, las creencias y las prácticas, las actividades cotidianas, los objetos realizados por distintos grupos sociales, las formas en que se establecen relaciones interpersonales, los hábitos, las costumbres, las tradiciones, entre otros elementos. Asumiendo esta perspectiva, la cultura dejó de ser patrimonio exclusivo de un sector social y pasó a ser acervo de la sociedad toda, es decir, un elemento que configura las identidades colectivas. Así, se ha asumido que la cultura es constitutiva de la sociedad en su conjunto, pese a que cada uno de los sectores que la componen puede contar con sus propias lógicas culturales. Complementariamente, debe considerarse que si bien el proceso de globalización abarca las diversas esferas de la vida humana, existe “por debajo” de este fenómeno una realidad cargada de heterogeneidad y de fragmentaciones que afloran en el intrincado conglomerado de diversidades sociales, económicas, étnicas y religiosas existentes [5]   y ponen en evidencia que el escenario mundial configurado a lo largo del siglo XX se complejizó en forma muy significativa. Todos estos procesos socio-históricos repercutieron en la conformación y difusión del segundo concepto de cultura que elegimos presentar como concepto ampliado y diferenciado del primero. La adopción del mismo produjo como efecto un despliegue del abanico de objetos de estudio a abordar por quienes realizan una historia cultural u otros estudios culturales. Considerando este paisaje ampliado de objetos de estudio -que abarcan desde las prácticas más cotidianas hasta las creencias más inconscientes- que los historiadores culturales transitan actualmente, decidimos hacer hincapié en esta exposición en uno de los objetos que ocupará –y ocupa- un rol central en los cambios protagonizados por la historia cultural: las ideas. Complementariamente, realizamos algunas referencias a otro objeto destacado: las imágenes, con el fin de visualizar cierto registro compartido de transformaciones. La elección de estos elementos encuentra su fundamento en un principio: ambos elementos se nos presentan como actividades inherentes a la humanidad y son manifestaciones distintivas de la misma.  

III. Una historia de hombres célebres

Diversos historiadores señalan que la Historia nació con la pretensión de legitimar el poder, y muchos de ellos sostienen que durante la Edad Media, quienes detentaban el dominio eran conscientes de la necesidad de una propaganda activa, que supo anclar sus argumentos en el pasado [6] . Esta hipótesis puede ser tenida por válida si consideramos que los señores feudales de la Edad Media buscaban legitimar y justificar su posición jerárquica con argumentaciones históricas, es decir, con artilugios discursivos que se remontaban al pasado.

Así, en torno al siglo XV, cuando se estaban delineando los Estados con características nacionales, [7] surgieron los “historiadores oficiales”, y los relatos históricos se convirtieron en auxiliares primordiales del poder, ya que se encontraban al servicio de las monarquías absolutistas y sus necesidades de consolidarse y mantenerse en el poder.


La utilización de las fuentes no escritas era casi inexistente y las voces de amplios sectores de la sociedad quedaban fuera de la historia.Durante el Renacimiento, y en los siglos posteriores, esta tendencia de la historia de estar al servicio del poder político no hizo más que consolidarse. Así, pese a la existencia de una variedad de géneros para escribir la historia como la crónica monástica, o los tratados sobre antigüedades, durante siglos predominó la forma de la narración para dar cuenta de sucesos políticos y militares: la historia asumía como protagonistas indiscutibles a los miembros de las dinastías reales y a los héroes de los campos de batalla. Una muestra tangible de estos rasgos son las numerosas crónicas de ciudades como La crónica de Dino Compagni de las cosas ocurridas en su época (escrita entre 1310 y 1312), referida a los avatares de la política florentina, o los relatos Historia de Carlos VII e Historia de Luis XI (ambos escritos en la década de 1470) del francés Thomas Basin.

Esta tendencia comenzó a matizarse en el contexto del auge del Iluminismo, dado que fue puesta en cuestión la forma predominante de escribir la historia. Así, a mediados del siglo XVIII irrumpieron estudios históricos producidos por intelectuales de distintos lugares de Europa, que intentaban centrar su atención en un objeto que estuviera más allá de la guerra y la política, que pretendían captar la historia de la sociedad en general y no sólo la de los hombres célebres. Entre estos personajes se recorta el perfil de Voltaire, quien sostuvo, casi como un manifiesto, la necesidad imperiosa de escribir la historia de los hombres y no la de los reyes, y sus cortes; prioridad que concretó en su Ensayo sobre la historia general y sobre las costumbres y el espíritu de las naciones (1756). Pueden mencionarse como inscriptas dentro de esta tendencia la obra principal del filósofo napolitano Giambattista Vico, Principios de ciencia nueva en torno a la naturaleza común de las naciones (1725), además de Decadencia y caída del Imperio Romano (1776-1788), del historiador británico Edward Gibbon.

Sin embargo, esta tendencia a ampliar el objeto de estudio de los historiadores declinó en el siglo XIX. Durante la segunda mitad ese siglo tuvo lugar, en las sociedades europeas, el proceso de consolidación y redefinición de los Estados-nación [8] y, en ese contexto, asumió cierta relevancia la necesidad de crear historias nacionales sobre las que se construirían las identidades de cada nación con sus características propias, diferenciadas del resto. En este escenario, el ejercicio de la disciplina histórica se convirtió en un elemento instrumental que dotó de legitimidad a los cimientos sobre los cuales se edificaron las naciones. Esta funcionalidad de la Historia tuvo un correlato institucional y ocupacional preciso: siguiendo el modelo de la Escuela alemana comenzaron a conformarse comunidades profesionales de historiadores que se encargaron de producir y difundir discursos válidos sobre el pasado.

El resultado de este fenómeno ampliado al escenario europeo convirtió al siglo XIX en “el siglo de la Historia”, dado que a lo largo del mismo se publicaron obras de personajes descollantes. Sólo por mencionar algunos ejemplos, en lo que respecta al ámbito francés pueden destacarse: Historia de Francia (1833-1846 y 1855-1867) del historiador Jules Michelet, El Antiguo régimen y la revolución (1856) del escritor y político Charles Alexis Clérel de Tocqueville, Historia de las instituciones de la antigua Francia (1875-1892) del catedrático Numa Denis Fustel de Coulanges y Los orígenes de la Francia Contemporánea (1875-1893) de Hyppolite Taine. Del contexto inglés se destaca Babington Macaulay y su Historia de Inglaterra (1848-1861), entre otros tantos. [9] Así, logró imponerse un estilo de discurso histórico cuyo exponente más destacado fue Leopold von Ranke, quien sostenía que la Historia debía dar cuenta de “lo que realmente sucedió”. Siguiendo este modelo, los historiadores profesionales, a diferencia de sus predecesores, comenzaron a seguir pautas cognitivas -metodólogicas y epistemológicas-, que eran aceptadas y legitimadas por las comunidades académicas a las que pertenecían, y desenvolvían sus actividades en instituciones específicas, como universidades y centros de estudios.

Fue en este momento cuando cristalizaron las características de la primera etapa que nos interesa describir. En el modelo que se convirtió en válido, toda historia que no fuera política quedaba absolutamente excluida, y se marginaban las temáticas sociales, económicas y culturales.

Luis XVIOtro rasgo distintivo de esta forma de hacer la Historia es que estaba absolutamente impregnada del paradigma historicista, que contaba con algunos rasgos vecinos al positivismo, que estaba atravesando por un momento de indiscutible apogeo. Así, se pretendía transportar al dominio de las Ciencias Humanas y Sociales los métodos de las Ciencias Experimentales, intentando ordenar el pasado como una serie de acontecimientos que formaban una cadena de causalidad continua. De este modo se consolidó el formato de relato histórico que hacía hincapié en las “causas” y las “consecuencias”. [10]


Por otra parte, los formatos de presentación de esta historia preminentemente política eran de carácter narrativo, descriptivo y cronológico; por lo tanto, los acontecimientos políticos –tales como sucesiones monárquicas, tratados, fracturas inter-dinásticas, relaciones entre poderes rivales, entre otros- asumían una relevancia indiscutida. Además de los hechos políticos, los acontecimientos militares se convertían, por su articulación clara con los avatares del mundo de la política, en tópicos recurrentes, y así se organizaban detalladas galerías de personalidades, próceres y epopeyas. El formato de los relatos históricos del período respondía a aquella conocida tripartición de vida, obra y legado de los hombres célebres. En ella, los grandes hombres políticos y militares contaban con un lugar privilegiado y excluyente.

En relación a las fuentes, a los documentos utilizados por los historiadores para concretar sus investigaciones, predominaban los oficiales, los materiales producidos por las administraciones estatales y eclesiásticas. Por lo tanto, la utilización de fuentes no escritas era casi inexistente y las voces de amplios sectores de la sociedad quedaban fuera de la historia. Simultáneamente, dada la exclusión total de los procesos históricos desenvueltos por fuera de la política, es decir, los fenómenos relacionados con las diversas esferas de acción de la vida humana, quedaban absolutamente desligados de los aspectos que podían echar luz acerca de las formas de vida del grueso de la población.

En esta primera etapa, el desarrollo de una historia de las ideas y de una historia de las imágenes contaba con un desenvolvimiento apenas incipiente que se traducía en una producción historiográfica fragmentaria y escasamente difundida. En lo que respecta a la historia de las ideas, ésta se limitaba a las ideas políticas, rastreándose, dentro de un análisis superficial de las tradiciones intelectuales, solamente las influencias de ciertos pensadores políticos en otros hasta alcanzar una cadena de influencias que se retrotraía hasta los pensadores de la época clásica. [11]


Benedeto CroceEsta historia de las ideas partía del supuesto de que las obras de los pensadores eran cristalizaciones de sistemas de ideas claros y sistemáticos y que, por lo tanto, eran manifestaciones transparentes de las intenciones de los autores. Entre las figuras destacadas de esta tendencia pueden mencionarse Benedetto Croce – y sus trabajos Ensayos sobre la literatura italiana de 1600 (1911) y Anécdotas y perfiles del "Settecento" (1914), entre otros- y Friedrich Meinecke –entre cuyas obras se destaca El historicismo y su génesis (1936)-.

Respecto de la historia relacionada con las imágenes, se practicaba lo que actualmente es considerado como una historia tradicional del arte, cuyo objeto de estudio eran las grandes obras pictóricas, monumentales o escultóricas y las biografías de los artistas destacados o de determinados estilos.

Otra de las perspectivas de abordaje concretadas apuntaba a rastrear antecedentes e influencias de los artistas.

El formato predominante en lo referido a la historia del arte respondía a una detallada catalogación de las obras. [12] Un estudio paradigmático de esta forma de comprender la historia del arte es la de Jakob Burckhardt, titulada La cultura del Renacimiento en Italia (1860). Este tipo de concepción adquiría una evidencia clara en los ámbitos de exposición de las producciones artísticas, como los museos, que en este período eran grandes recintos de saber estético. [13]


IV. La historia social de la cultura

El modelo de historia característico de la primera etapa que presentamos anteriormente, es el que se considera prototípicamente decimonónico, y es contra esta historia narrativa-política que reaccionó fervorosamente un movimiento historiográfico francés surgido en torno a 1930 y consolidado luego de la segunda guerra mundial, conocido como escuela de los Annales. [14]
Los fundadores de esta corriente historiográfica, Marc Bloch y Lucien Febvre, pretendieron dar forma a un nuevo género de historia que debía desprenderse absolutamente de las características de la historia decimonónica, es decir de la historia narrativa íntimamente vinculada a la legitimación del Estado y de los ámbitos del poder.


Para los historiadores del siglo XIX el objeto de preferencia, era el hombre celebre, tanto político o militar para los Annales, los sujetos de la historia deben buscarse en las fuerzas colectivas de la sociedad.El movimiento de los Annales se propuso derribar a tres ídolos a los que rendían culto los historiadores del siglo XIX: el “ídolo político”, el “ídolo individual” y el “ídolo cronológico”. El modelo de Historia profesional propuesto por los miembros de esta corriente se presentó prácticamente como una oposición sistemática a todos los principios de la historiografía decimonónica. Mientras que esta última ponía el acento, como hemos visto, en la historia de carácter político, la escuela de Annales enfatizaba en sus estudios lo relacionado con la esfera económica y la social. En correspondencia con esta elección, mientras que para los historiadores del siglo XIX era el objeto de preferencia el hombre célebre, en tanto político o militar, para los analistas los sujetos de la Historia deben buscarse en las fuerzas colectivas de la sociedad. El acontecimiento era la medida temporal elegida por los historiadores profesionales del siglo diecinueve, mientras que los procesos de media y larga duración llamaron la atención de los historiadores franceses. Por último, mientras que la forma de los relatos históricos decimonónicos respondía a la descripción y a la narración cronológica de hechos, los estudios históricos realizados por los miembros de Annales están orientados y articulados en torno a problemas.
Se produjo así un desplazamiento global del frente de la investigación histórica; es indiscutible que los miembros de Annales intentaban convertir a la historia en historia teórica, si entendemos por ella a una disciplina con pretensión de “cientificidad”. Es en esta clave que debe comprenderse la reivindicación de la histoire problème

Es decir, la historia orientada según problemas, que trajo consigo la revalorización documental en forma anti-positivista. La segunda etapa en lo que concierne a la historia de las ideas y de las imágenes que decidimos destacar está estrechamente relacionada con el surgimiento y la consolidación de esta corriente historiográfica francesa. Como hemos señalado, los fundadores de Annales bregaron por darle un giro radical a las formas vigentes de concebir la disciplina histórica desde el siglo XIX.
CarnavalEsta nueva concepción historiográfica se reflejó en una apertura de la serie de posibles objetos de estudio. A los fines de concretar la ruptura con el predominio de un objeto histórico de carácter individualista y político, los miembros de las distintas generaciones del movimiento se lanzaron a rastrear nuevos objetos. El producto de esta operación son los estudios de historia global, de demografía histórica, de historia de los imaginarios, de psicología histórica y de historia serial, donde se evidencia una pluralidad de objetos teóricos tales como la muerte, la vejez, la miseria, las experiencias vitales de los diversos sujetos históricos, los intelectuales, los niños, diversas prácticas culturales (carnavales, rituales, etc.), entre otros.

Tanto la influencia de la escuela de los Annales como las relaciones establecidas entre la Historia y el resto de las disciplinas sociales a lo largo del siglo XX produjeron grandes cambios en lo que concierne a las formas de abordaje de objetos como las ideas y las imágenes. Lo que anteriormente describimos como una historia de las ideas políticas, se convirtió, bajo la influencia de destacados historiadores franceses, en la denominada historia de las mentalidades. [15]
Carnaval Colombia
Esta nueva forma de abordaje desplazó el foco para comenzar a reparar en los pensamientos colectivos, es decir en las representaciones compartidas por todos los hombres y las mujeres de una misma sociedad, los puntos en común, las convergencias. Se comenzó a llamar, además, la atención sobre cuestiones relacionadas con la psicología histórica y, por tanto, comenzaron a considerarse las conductas y las actitudes difundidas en los diversos grupos sociales, así como los ámbitos de lo inconsciente y de lo intencional. Por lo tanto, se comenzaron a enfocar prioritariamente las percepciones, los procesos de pensamiento cotidianos y las ideas implícitas de las representaciones colectivas. [16]

La consigna difundida por la historia de las mentalidades giraba en torno a captar el clima de ideas de una determinada época. Los fundadores de la tradición de Annales escribieron destacadas obras que pueden considerarse arquetípicas de la vertiente de histoire des mentalités. Marc Bloch ya en 1924 publicó su obra titulada Los reyes taumaturgos. Estudio sobre el carácter sobrenatural atribuido al poder de los reyes particularmente en Francia e Inglaterra, y Lucien Febvre, hacia 1952, dio a conocer su estudio clásico llamado El problema de la incredulidad en la época de Rabelais. Por otra parte, otros
Purgatorio
historiadores de generaciones posteriores de esta tradición incursionaron en el terreno de las mentalidades, entre ellos se destacan los medievalistas Jacques Le Goff –quien publicó diversos aportes acerca los imaginarios compartidos por los hombres medievales, entre los que sobresale su obra El nacimiento del purgatorio (1981)- y Georges Duby –cuya obra más difundida vinculada a la historia de las mentalidades es Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo (1978)-. [17]

Las relaciones entre la historia y el resto de las disciplinas sociales a los largo del siglo XX produjeron grandes cambios en los que concierne a las formas de abordaje de los objetos como las ideas y las imágenes.En lo que respecta a la historia de las imágenes, puede sostenerse que de una historia tradicional del arte se pasó a una historia social del arte fuertemente influenciada por las corrientes provenientes de la denominada estética de la recepción. [18] De este modo, se empezaron a considerar los elementos de los contextos de producción, circulación y consumo de las obras, se comenzó a considerar la historia de los efectos de determinada obra en la sociedad, tomando en cuenta el rol de los espectadores como personajes activos que pueden reinterpretar y resignificar una obra en función de su experiencia. Dos de las obras más difundidas dentro de esta tendencia, aunque con características distintas, son Historia Social de la Literatura y el Arte de Arnold Hauser (publicada por primera vez en 1951) y Pintura y experiencia en la Italia del siglo XV (1972) de Michael Baxandall.

V. Tendencias actuales de la Historia Cultural

Actualmente, las imágenes de caos, crisis y pluralismo son recurrentes a la hora de analizar el campo de la historiografía. [19] El escenario configurado suscita diversos juicios, pero por lo general se presenta el panorama como desordenado, inorgánico y fragmentario; en su interior, las Ciencias Sociales transitan un estado de confusión metodológica y teórica traducido en una sensación de pluralismo desmesurado. [20]

Tal vez este hecho deba atribuirse a la ausencia de paradigmas historiográficos hegemónicos que señalen los caminos a seguir -metodología, teoría y definición del objeto- en las últimas décadas, que sean capaces de organizar la colección de tendencias configuradas en la nueva historiografía, [21] como habían sido, entre 1940 y 1980, Annales y otras corrientes de explicación global, como el estructuralismo y el marxismo.

En el campo de la historia de las ideas, se han delineado nuevos abordajes que plantean lo que se ha dado en llamar el problema del objeto.Ante la configuración de una apariencia crítica de la Historia, provocada por la caducidad de los que eran considerados paradigmas totalizantes, resurgieron antiguas tensiones e incertidumbres. Teniendo en cuenta esta realidad es de esperar que, en estos momentos de indefinición en el campo de la disciplina histórica, aflore una multiplicidad de tendencias que intentan imponerse definiendo sus objetos y sus metodologías, y que los historiadores actuales, insertos en este clima, se encuentren una vez más en la necesidad de optar por una gran variedad de caminos a seguir. A este hecho se suma que, en la actualidad, diversos elementos de las corrientes de pensamiento consolidadas durante las décadas del ‘60, ‘70 y ‘80 están presentes las ciencias sociales que parecen no ser tan estrictamente encasillables como antaño. En el contexto de las disciplinas sociales afloraron distintas perspectivas que reformulan antiguas metodologías e incluso, en algunos casos, redefinen sus objetos. De este modo, surgió un sinnúmero de aproximaciones y prácticas historiográficas y, en las dos últimas décadas, se produjeron grandes cambios en lo que respecta a los ámbitos de la historiografía cultural.

Mencionar algunos rasgos comunes de las tendencias historiográficas actuales es una operación que puede hacerse por la negativa. Las nuevas búsquedas y los intereses de los historiadores parecen enmarcarse en una oposición a las corrientes mencionadas en las secciones anteriores. Por un lado, las perspectivas de análisis, a la hora de elegir sus objetos de estudio, se distancian en forma significativa de las acciones de personalidades descollantes –rasgo característico de la primera etapa analizada-; por otro, las estructuras generales y los grandes procesos sociales –objeto predilecto de la segunda etapa aquí descripta- también dejaron de ser núcleos de interés para los historiadores profesionales. Así, nuevos temas, inusitados objetos de estudio y originales estrategias de investigación e interpretación se presentan en un escenario no tan homogéneo como los válidos anteriormente.

En el campo de la historia de las ideas, se han delineado nuevos abordajes que plantean lo que se ha dado en llamar el problema del objeto. Focalizando la atención en la rama de la disciplina histórica que se ocupa de historizar las formas de pensamiento, muchos historiadores profesionales contemporáneos han comenzado a revisar las formas de hacer la historia de lo que los hombres pensaron, dado que en la práctica cambiaron considerablemente en el tiempo, y es, por lo tanto, de fundamental importancia no perder de vista su propia historicidad. [22]

El problema del objeto radica en que las ideas pueden considerarse de formas múltiples, definidas como simples abstracciones, existentes sólo desde el momento de su encarnación o materialización, productos de individualidades, expresiones colectivas, parte de sistemas formales de pensamiento, construcciones conscientes y autónomas o reflejos de condiciones materiales, por mencionar sólo algunas posibilidades.

De este modo, la definición del objeto de la historia intelectual trae aparejada una serie de cuestiones teórico-metodológicas que deben ser definidas. En consonancia con estos llamados de atención, en la actualidad surgieron nuevas tendencias historiográficas que revisan y refundan las formas de practicar la historia intelectual, tendencias que no pueden considerarse en forma monolítica ya que presentan diferencias nacionales y matices significativos en cuestiones epistemológicas. Es interesante señalar que las variadas formas de afrontar la historia intelectual, si bien han aparecido en distintos momentos y contextos, no se han anulado entre sí; de hecho en la actualidad es clara la coexistencia de formas disímiles de practicarla. Simultáneamente, en el ámbito de la historia de las imágenes, se formularon en las dos últimas décadas debates acerca de las imágenes mismas como objeto de estudio. También aquí se abre un abanico de posibilidades a la hora de definir la especificidad de las imágenes como objeto, considerándose alternativamente como obras de espíritus superiores, productos individuales o productos de una época, percibidas como una unidad con coherencia propia e intrínseca o como una suma de íconos con significados dados por las referencias externas a la obra en sí, entre otras posibles definiciones.

De este modo vemos cómo hoy se configuró un escenario en el que los debates y la variedad de ópticas conviven con cierta indefinición y yuxtaposición de enfoques. Prueba de ello es la aparición de obras de carácter histórico en las que emergen distintas influencias provenientes de otras disciplinas, como la lingüística, la antropología cultural y los aportes provenientes del denominado giro lingüístico o desafío semiótico [23], entre otros. A continuación describimos tres tendencias destacadas que se inscriben en el amplio marco de los abordajes de historia de la cultura contemporáneos: la historia intelectual en su versión anglosajona, la nueva historia cultural en su vertiente francesa y la microhistoria, vinculada estrechamente con la historiografía italiana. El representante más sobresaliente de la vertiente anglosajona de la historia intelectual es el historiador norteamericano Robert Darnton, cuya obra más destacada es La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia cultural francesa (1984).
Robert Darton
Este historiador intentó aplicar elementos provenientes de la antropología cultural a sus estudios históricos. [24] Así, su pretensión principal es estudiar las creencias colectivas como un objeto etnográfico, es decir, explicar los hechos históricos buscando su contenido simbólico. Entre las influencias que se destacan en su obra se encuentran las provenientes del denominado programa geertziano –postulados propuestos por el antropólogo Clifford Geertz, inscripto dentro de la corriente de antropología de la cultura interpretativa-. En relación con estos postulados, esta vertiente de la historiografía considera a la cultura como una entidad semiótica, se la caracteriza como un “campo de comunicación” en el cual se producen y reproducen los significados en un infinito juego de interpretaciones. De este modo, la cultura es vista como el producto simbólico de expresiones concretas de los sujetos sociales y su análisis se basa en la observación e interpretación de las diferencias que hacen que cada comunidad contenga sus especificidades.

En lo que respecta al escenario francés y la nueva historia cultural, debe destacarse la labor de Roger Chartier, quien encarna el proyecto de pasar “desde la historia social de la cultura a la historia cultural de la sociedad” [25] . El historiador propone realizar una historia de las representaciones colectivas del mundo cultural. De este modo, la exploración de la cultura actúa como una entrada para responder preguntas sobre la sociedad, y la interpretación de la misma se concreta por el medio del análisis de las representaciones, que muestran las formas en las que el mundo es dotado de sentido por los individuos y los grupos. El objeto de la historia cultural, tal como lo define Chartier, es el estudio de la articulación entre las obras producidas dentro del espacio particular de la producción cultural y el contacto de éstas con el mundo social, donde son llenadas de sentidos dados por las prácticas. [26] Este historiador expuso y manifestó en forma sistemática sus intenciones teóricas y metodológicas en una serie de escritos producidos entre 1982 y 1990 reunidos en El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación.
Roger Chartier

También dentro del ámbito francés se destaca la tarea de la historiadora Natalie Zemon Davis. Entre las obras de esta autora se destacan Sociedad y Cultura en la Francia moderna (1975) y Ficción en los archivos (1987). A lo largo de sus producciones, lleva a cabo una reconstrucción histórica que intenta alejarse de todo tipo de determinismo mecanicista y de abstracta generalización. Para realizar esta empresa utiliza diversos procedimientos metodológicos, entre los que se destaca el de la imaginación histórica, principio que apunta a lograr una interpretación allí donde la documentación del proceso a estudiar sea exigua. Así, esta historiadora, cuando no cuenta con fuentes que le permitan rastrear la situación que le compete, utiliza materiales que le dan información sobre el contexto. La reconstrucción contextual actúa como dadora de significados probables, y permite visualizar una gama de posibilidades entre las que debe optar el historiador. La elección de una posibilidad en detrimento de otras es la que trazará el camino a seguir a la hora de dar una interpretación sobre los procesos estudiados.

Otra vertiente historiográfica consolidada en las últimas décadas, sobre todo en el marco de la historiografía italiana, es la denominada microhistoria. [27] En líneas muy generales, puede sostenerse que esta apuesta historiográfica apunta a una reducción de la escala de observación a la hora de realizar una investigación. El objetivo principal de esta forma de abordaje es obtener información acerca de cómo los hombres y las mujeres, insertos en determinado contexto espacial y temporal, experimentaron sus condiciones de vida, es decir, se intenta rastrear las características y la dinámica de las experiencias vitales de determinados actores históricos. Las dos obras más destacadas dentro de esta vertiente son El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI (1976) de Carlo Ginzburg, y La herencia inmaterial. La historia de un exorcista piamontés del siglo XVII (1985) de Giovanni Levi.

Existen otras tantas manifestaciones que pueden inscribirse dentro de la nueva historia cultural, todas ellas producidas y difundidas desde la década del ochenta. Prueba de ello es la gran variedad de análisis históricos referidos a los sectores populares o a los grupos subalternos, así como también los estudios de género y los referidos a los grupos considerados tradicionalmente “marginales”. Los éxitos editoriales que en Europa tuvieron colecciones como la Historia de la vida privada –edición conformada por cinco volúmenes dirigidos por Philippe Ariès y Georges Duby que abordan la historia occidental desde la Antigüedad Clásica hasta el siglo XX y que comenzaron a publicarse en 1985- o la Historia de las mujeres en Occidente –en la que participaron historiadoras e historiadores de renombre internacional como Arlette Farge, Joan Scott, Natalie Zemon Davis y Georges Duby- actúan como parámetro indiscutido a la hora de evaluar la multiplicidad de campos por la que está atravesando la historia de la cultura.

Existen además otras tendencias historiográficas que se delinearon y consolidaron en las últimas dos décadas, dentro de las cuales se incriben, sólo por mencionar algunos ejemplos, los estudios que focalizan su atención en los diversos espacios de sociabilidad –política y no-política, como cafés, clubes, centros de reunión, etc.- retomando algunas propuestas concretadas por el historiador francés Maurice Agulhon en sus trabajos presentados en Historia vagabunda (1994). A su vez, se difundieron prácticas de reconstrucción histórica basadas en las diferentes corrientes de la historia oral, entre cuyos exponentes más sobresalientes puede mencionarse a la historiadora italiana Luisa Passerini, autora de Turín obrera y fascismo (1984). En lo que concierne a la historia vinculada con el arte, el horizonte de investigaciones también se amplió y se diversificó en función del uso de un nuevo concepto, el de “material visual” [28] , que nuclea disitintas manifestaciones creativas e incluye las redes de relaciones de producción, circulación y apropiación de las mismas. En función de esta ampliación de perspectivas, se generaron algunas obras de historiadores que no utilizan las imágenes como un elemento de carácter meramente ilustrativo sino que las incorporan en estudios que las abordan y, simultáneamente, las trascienden. En esta dirección puede considerarse una destacada obra del ya mencionado Carlo Ginzburg: Pesquisa sobre Piero. El bautismo. El ciclo de Arezzo. La flagelación de Urbino (1981).

Es evidente que la variedad de objetos y metodologías se intensificó en forma muy significativa en los últimos veinte años. Estas distintas formas de hacer la historia se difundieron en formas disímiles y con ritmos desparejos en los distintos ámbitos nacionales, dado que las recepciones de las nuevas corrientes nunca son pasivas y la dinámica que asumen está condicionada por las particularidades de cada una de las comunidades académicas de historiadores.

VI. Consideraciones finales

E

l itinerario recorrido a lo largo de este escrito nos posiciona ante una especie de mapa que presenta las coordenadas generales para aproximarse a los rasgos de la historia cultural. Las diversas etapas historiográficas presentadas evidencian las transformaciones sufridas por las formas de hacer la Historia y las repercusiones de las mimas en las formas de concebir y de analizar las manifestaciones culturales.

Simultáneamente, viabilizan la comprensión de los vínculos existentes entre las definiciones variantes del concepto de cultura y su incorporación a los análisis encuadrados en las Ciencias Sociales, especialmente en la disciplina histórica. Las transformaciones propias de una de las vetas de la Historia se presentan, a su vez, como síntomas claros de las variaciones de las prácticas culturales ejercidas por los historiadores y como expresiones de climas de época cambiantes y dinámicos. Así, cada uno de los bloques temporales abordados presenta en su interior rasgos peculiares y diferenciados del resto que muestran cómo las nociones para abordar el pasado no son inmutables y estáticas, sino más bien plenas de dinamismo
Bufon
El panorama presentado bajo el rótulo de tendencias actuales de historia cultural nos coloca frente a un escenario en el que irrumpen constantemente en el campo del quehacer histórico nuevas perspectivas que sacuden arcaicas certidumbres y que sacan de su anquilosamiento a la disciplina histórica y todas sus
potencialidades.Estrella

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[1] Para un análisis de las variaciones en el concepto de cultura, véase, entre otros: Clifford Geertz Tras los hechos. Dos países, cuatro décadas y un antropólogo, Barcelona, Paidós, 1993, capítulo 3: “Culturas”, pp. 51-70.

[2] Algunas referencias al tema pueden encontrarse en Néstor García Canclini, Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, México, Grijalbo, 1989.

[3] Un estudio acerca de la corriente de historiadores marxistas ingleses puede consultarse en Harvey Kaye, Los historiadores marxistas británicos, Zaragoza, Prensas Universitarias, 1989.

[4] Una obra representativa de esta tendencia es Peter Burke, La cultura popular en la Europa moderna, Madrid, Alianza, 1991.

[5] Para un análisis general sobre este fenómeno puede consultarse AA.VV., El multiculturalismo y “la política del reconocimiento”, México, Fondo de Cultura Económica, 1993.

[6] Sobre este tema puede consultarse Joyce Appleby, Lynn Hunt y Margaret Jacob, La verdad sobre la Historia. Barcelona, Andrés Bello, 1999.

[7] Sobre este tema, véase Perry Anderson, El Estado absolutista, México, Siglo XXI, 1996.

[8] Esta afirmación es de carácter general; pensamos en el término de redefinición para casos puntuales como los de Francia y España y en el de consolidación para casos como el italiano y el alemán. Dado que mientras los primeros Estados mencionados contaban para el siglo XIX con una configuración de carácter nacional desde, por lo menos, el siglo XV, Italia y Alemania concretaron sus unidades territoriales e institucionales como Estados en la segunda mitad del siglo XIX.

[9] Un estudio clásico sobre los historiadores del siglo XIX es George Gooch, Historia e historiadores en el siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica, 1977.

[10] Para un detallado análisis acerca de los cambios epistemológicos por los que transitaron las Ciencias Sociales, véase Gregorio Klimovsky y Cecilia Hidalgo, La inexplicable sociedad. Cuestiones de epistemología de las Ciencias Sociales, Buenos Aires, A-Z editora, 1998.

[11] Una descripción sobre la historia de las ideas políticas en el siglo XIX puede encontrarse en Jacques Julliard. “La política”, en Jacques Le Goff y Pierre Nora, Hacer la Historia, vol. II: Nuevos enfoques, Barcelona, Laia, 1985, pp.237-257.

[12] Véase Henry Zerner, “El arte”, en Jacques Le Goff y Pierre Nora, Hacer la Historia, vol. II: Nuevos enfoques. Barcelona, Laia, 1985, pp. 191-209.

[13] Cfr. Cristina Mantegari. “Museos y ciencias: algunas cuestiones historiográficas”, en Marcelo Montserrat (comp.), La ciencia en la Argentina entre siglos. Textos, contextos e instituciones, Buenos Aires, Manantial, 2000, pp. 297-308.

[14] Esta vertiente historiográfica se fue consolidando en torno a una revista creada en 1929 por Marc Bloch y Lucien Febvre llamada Annales d’histoire économique et sociale; posteriormente, en 1946, la revista pasó a titularse Annales. Economies. Sociétés. Civilisations. En la actualidad, aparece bajo el nombre Annales. Histoire, Sciences Sociales. Sobre la escuela de Annales, véase Peter Burke, La revolución historiográfica francesa. La Escuela de los Annales: 1929-1989, Barcelona, Gedisa, 1993.

[15] Para un análisis de la historia de las mentalidades véase Roger Chartier, “Historia intelectual e historia de las mentalidades. Trayectorias y preguntas”, en Id., El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación, Barcelona, Gedisa, 1999, pp. 13-44 y Jacques Le Goff, “Las mentalidades, una historia ambigua”, en Jacques Le Goff y Pierre Nora. Hacer la Historia, vol. III: Nuevos temas, Barcelona, Laia, 1985, pp. 81-98.

[16] Para una aproximación crítica a la vertiente de la historia de las mentalidades véase Peter Burke: “Validità e limiti della storia della mentalità”, en Id., Sogni, gesti, beffe. Saggi di storia culturale, Bologna, Il Mulino, 2000, pp. 149- 172. (Hay edición en español bajo el título Formas de historia cultural)

[17] Otros ejemplos de obras que pueden encuadrarse dentro de la historia de las mentalidades son: El gran pánico de 1789 de Georges Lefevre (1952), El sentido de la muerte y del amor a la vida en el Renacimiento de Alberto Tenenti (1957) e Introducción a la Francia moderna. Ensayos de psicología histórica, 1500-1640 de Robert Mandrou (1961).

[18] Cfr. Roger Chartier. “El mundo como representación”, en Id., El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación, Barcelona, Gedisa, 1999, pp. 45-62.

[19] Para una reseña acerca del panorama historiográfico actual y la discusión acerca de si el mismo está atravesando o no una crisis, véase Fernando Devoto, “Notas sobre la situación de los estudios históricos en los años noventa”, en Cuadernos del CLAEH, a. IX, nº 71, 1994, pp. 43-52 y Gérard Noiriel, Sobre la crisis de la historia, Madrid, Cátedra, 1997.

[20] Entre los análisis acerca del estado de la historiografía en la actualidad se destacan, por dar una visión de conjunto: Julio Aróstegui, La investigación histórica: Teoría y método, Barcelona, Crítica, 2001, y Georg Iggers, La ciencia histórica en el siglo XX, Barcelona, Labor, 1995.

[21] Los artículos reunidos en Peter Burke (ed.), Formas de hacer Historia, Madrid, Alianza Editorial, 1996, presentan un panorama general acerca de las características de diversas corrientes historiográficas actuales.

[22] Cfr. Hilda Sabato, “La historia intelectual y sus límites”, en Punto de Vista, a. IX, nº 28, noviembre 1986, pp. 27-31.

[23] Para un estudio sobre el tema, véase Elías Palti, Giro lingüístico e historia intelectual, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1998.

[24] Sobre este punto pueden consultarse los artículos compilados en Eduaro Hourcade, Cristina Godoy y Horacio Botalla (comps.), Luz y contraluz de una historia antropológica, Buenos, Aires, Biblos 1995.

[25] Peter Burke, La revolución historiográfica francesa. La Escuela de los Annales: 1929-1989, Barcelona, Gedisa, 1993, p. 85.

[26] Cfr. Roger Chartier, “El mundo como representación”, en Id., El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación, Barcelona, Gedisa, 1999.

[27] Los dos artículos más claros acerca de las formas de concretar los estudios de carácter microhistórico son Giovanni Levi, “Sobre microhistoria”, en Peter Burke (ed.). Formas de hacer Historia, Madrid, Alianza, 1996, pp. 119-143 y Jacques Revel, “Micro-análisis y construcción de lo social”, en Anuario del IEHS 10, Tandil, 1995, pp. 125-143.

[28] Para un estudio sobre el tema puede consultarse Ivan Gaskell, “Historia de las imágenes”, en Peter Burke (ed.), Formas de hacer Historia, Madrid, Alianza, 1996, pp. 209-239.


NOTAS DEL EDITOR:
apuntes sobre la conferencia en video de Roger chartier

Editor

En el video del banner de la parte inferior


En vez de recorrer el camino de la investigación intelectual, "La Gran Matanza de los Gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa", recorre el territorio inexplorado que en Francia se denominó l' histoire des mentalités.

- Robert Darton

La finalidad de la antropología consiste en ampliar el universo del discurso humano. Desde luego, no es esta su única finalidad, también aspira a la instrucción, al entretenimiento, al consejo práctico, al progreso moral a descrubir el orden moral de la conducta humana; y no es la antropología la unica que persigue esta finalidad.

- Clifford Geertz

¿Qué son las palabras acostadas en un libro? ¿Qué son esos símbolos muertos? Nada absolutamente. ¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas, pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez. Heraclito dijo (lo he repetido demasiadas veces) que nadie baja dos veces el mismo río. Nadie baja dos veces el mismo río porque las aguas cambian, pero lo más terrible es que nosostros no somos menos fluidos que un río. Cada vez que leemos un libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra.

- Jorge Luis Borges

PARA SEGUIR LEYENDO

AA.VV., La historiografía italiana contemporánea, Buenos Aires, Biblos, 1997.
Joyce Appleby, Lynn Hunt y Margaret Jacob, La verdad sobre la Historia, Barcelona, Andrés Bello, 1999.
Julio Aróstegui, La investigación histórica: teoría y método, Barcelona, Crítica, 1995.
Guy Bourdé y Hervé Martin, Las escuelas históricas, Madrid, AKAL, 1992.
Peter Burke (ed.), Formas de hacer la Historia, Madrid, Alianza Editorial, 1996.
Peter Burke, Historia y Teoría Social, México, Instituto Mora, 1997.
Peter Burke, La revolución historiográfica francesa, Barcelona, Gedisa, 1993.
Peter Burke, Sogni, gesti, beffe. Saggi di storia culturale, Bolonia, Il Mulino, 2000.
Roger Chartier, El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación, Barcelona, Gedisa, 1999.
Roger Chartier, Escribir las prácticas. Foucault, de Certau, Marin, Buenos Aires, Manantial, 1996.
Fernando Devoto, Entre Taine y Braudel. Itinerarios de la historiografía contemporánea, Buenos Aires, Biblos, 1992.
Fernando Devoto, “Notas sobre la situación de los estudios históricos en los años noventa”, en Cuadernos del CLAEH, a. IX, nº 71, 1994, pp. 43-52.
Gérard Noiriel, Sobre la crisis de la historia, Madrid, Cátedra, 1997.
Néstor García Canclini, Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, México, Grijalbo, 1989.
Clifford Geertz Tras los hechos. Dos países, cuatro décadas y un antropólogo, Barcelona, Paidós, 1993, capítulo 3: “Culturas”, pp. 51-70. Carlo Ginzburg, Mitos, emblemas, indicios, Barcelona, Gedisa, 1989.
Carlo Ginzburg, Rapporti di forza. Storia, retorica, prova, Milán, Feltrinelli, 2000.
Eduardo Hourcade, Cristina Godoy y Horacio Botalla (comps.), Luz y contraluz de una historia antropológica, Buenos Aires, Biblos, 1995.
Georg Iggers, La ciencia histórica en el siglo XX, Barcelona, Labor, 1995.
Gregorio Klimovsky y Cecilia Hidalgo, La inexplicable sociedad. Cuestiones de epistemología de las Ciencias Sociales, Buenos Aires, A-Z editora, 1998.
Jacques Le Goff y Pierre Nora, Hacer la Historia, vol. I: Nuevos problemas, vol. II: Nuevos enfoques, vol. III: Nuevos temas, Barcelona, Laia, 1985. (1974).
Gérard Noiriel, Sobre la crisis de la historia, Madrid, Cátedra, 1997.
Nora Pagano y Pablo Buchbinder (comps.), La historiografía francesa contemporánea, Buenos Aires, Biblos, 1996.
Elías Palti, Giro lingüístico e historia intelectual, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1998.
Jacques Revel, “Micro-análisis y construcción de lo social”, en Anuario del IEHS 10, Tandil, 1995, pp. 125-143.
Hilda Sabato, “La historia intelectual y sus límites”, en Punto de Vista, a. IX, nº 28, noviembre 1986, pp. 27-31.
Hayden White, El contenido de la forma, Buenos Aires, Paidós, 1992.
Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica, 1992.


acerca de la autora

LamparaPaula Bruno. Buenos Aires, 1975. Profesora en Historia (Universidad de Buenos Aires). Magister en Investigación Histórica (Universidad de San Andrés). Doctora en Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Profesora del Departamento de Humanidades de la Universidad San Andrés. Ha obtenido becas y subsidios de investigación de la SRE del Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos, la Fundación Antorchas, el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina), el Ministero degli Affari Esteri del Governo Italiano, el Fondo Nacional de las Artes, la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación y la Fundación San Andrés/The William and Flora Hewlett Foundation para investigar temas vinculados con la historia de las ideas y de los intelectuales en Argentina, América Latina y Europa. Ha realizado estancias de investigación de posgrado en la Universitá Ca’Foscari de Venecia, Italia (diciembre de 2004/marzo de 2005) y en el Instituto de Investigaciones José Luis María Mora, México DF (julio/noviembre de 2005). Autora de los libros: Paul Groussac. Un estratega intelectual, Buenos Aires Fondo de Cultura Económica/Universidad de San Andrés, 2005, 262 páginas (ISBN: 950-557-628-5) y Travesías intelectuales de Paul Groussac. Estudio preliminar y selección de textos por Paula Bruno, Buenos Aires, Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes, 2005, 373 páginas (Estudio preliminar: pp. 9-67). Colección La Ideología Argentina, dirigida por Oscar Terán (ISBN: 987-558-041-4). Actualmente está preparando un tomo de la Colección Historia Contemporánea de América Latina, en co-autoría con Eduardo Zimmermann (Madrid, Editorial Síntesis, Colección dirigida por Carlos Malamud). Ha publicado en revistas especializadas nacionales y extranjeras (entre ellas, Secuencia, Cuadernos Americanos, Hispamérica, Discurso y Sociedad, Res publica, Araucaria, Saber y Tiempo, y Prismas) y ha escrito libros de texto para la enseñanza primaria y secundaria. En 2008 recibió el Premio Pensamiento de América “Leopoldo Zea” del Instituto Panamericano de Geografía e Historia (OEA) por su libro Paul Groussac. Un estratega intelectual.


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Beato de Osma. Miniatura de 1086, año de la Batalla de Sagrajas. Cuatro jinetes del Apocalipsis. Martinus (Scribe=Petrus) - Archives de la Cathédrale, Wikipedia. Dominio público, Enlace
Prof. Arnaldo Polacco (1876-1960) - Benedeto Croce. Desconocido, Wikipedia. Dominio público, Enlace
Antoine-François Callet. Luis XVI. Wikipedia. público, Enlace
Jean Le Tavernier. Scriptorium. Wikipedia. Dominio público, Enlace
Bernard Gagnon. La Torre de Londres. Siglo XI. Trabajo propio. Wikipedia. Enlace
Carnaval Colombia. Wikipedia.Trabajo propio. Enlace
Apocalipsis, Enlace Dominio público, Enlace
Robert Darnton - Transferred froto Commons by User:Nemo_bis using, Enlace
Michael Wögerbuer. Roger Chartier. Trabajo propio Wikipedia, Enlace
William Merrit Chase. Bufón.The Athenaeum: --Dominio público.Enlace

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Historicidad, cultura, elite, marxismo, antropología, nación, catalogación, artístico, Annales mentalidades, objeto, microhistoria.

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