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ENSAYO
     

 

 

La Merced: una aristocracia depredada por la historia
Héctor Castillo Berthier

 

LA MERCED Y EL COMERCIO MAYORISTA.

La historia del comercio mayorista de alimentos en La Merced, es una historia que aún no se ha contado.

Muchos mitos, leyendas, cuentos y anécdotas reseñadas de múltiples formas dan testimonios vagos, efímeros, apenas perceptibles, en la charla cotidiana sobre los personajes vivos de ese barrio también vivo.

Por si fuera poco, la comunicación colectiva de los medios ha creado estereotipos simplistas que reducen la realidad a una caricatura.

No es fácil acercarse al mundo del comercio mayorista. Los fantasmas del abasto aparecen a la menor provocación: el intermediarismo, el acaparamiento, la especulación; y el ambiente se llena de frases hechas, de conceptos calcados unos de otros y reproducidos al infinito en un mar de reproches y acusaciones.

Algunos libros se han escrito sobre La Merced, principalmente sobre la "arquitectura mudéjar del convento", sobre la "historia del comercio" o bien sobre las "tradiciones renovadas", en los cuales abundan los lugares comunes y se repiten igualmente unos a otros en una descripción entre lírica y oficial.

En su escrito Gentes profanas en el Convento (1950) recuerda Gerardo Murillo, el Dr. Atl:

"El mercado de La Merced, que tomó su nombre del convento, es el centro comercial más desorganizado, más incómodo, más populoso y más sucio del mundo entero[...] El ambiente de este mercado puede sintetizarse en dos palabras: desorden y porquería. Cuando oscurece, el bullicio cesa y, al entrar la noche, un profundo silencio reina entre las calles y los callejones sombríos, pero perdura en el aire una peste agria a fruta podrida."

Esta imagen podría aparecer casi en cualquier fotografía de cualquier lugar de la zona de La Merced, pero, ¿realmente nos dice algo que no sepamos de antemano?

Es cierto que hay suciedad y un "aparente desorden" poco entendible para aquellos que son ajenos a la zona y podríamos preguntarnos: ¿hasta qué punto es realmente cierto este "desorden"?, ¿cuál es la realidad que existe detrás de esas populares estampas de La Merced como barrio decadente de la ciudad?

La respuesta no requiere de muchos rodeos para su explicación: en el anverso de estas representaciones está la vida de cientos y miles de seres humanos dedicados a una función fundamental de la sociedad, su alimentación.

Pero el abasto de alimentos no se da en forma espontánea, se requiere forzosamente del intercambio comercial que es una actividad esencial y exclusivamente humana, tal como lo refiere Salvador Novo en su libro póstumo Breve Historia del Comercio en México (1974):

"El hombre comparte con otros seres de la escala animal la mayoría de sus quehaceres; podemos observar que otros animales aman, construyen, usan artefactos, esclavizan a otros seres, hacen la guerra y llegan a estructurar organizaciones con un alto grado de perfección; como son las comunidades de las hormigas y de las abejas. Pero no existe un animal que comercie[...] Las actividades comerciales suponen una consideración de valores, y la calidad humana se distingue de la simplemente animal por ser valorativa."

En este libro se presenta un testimonio gráfico de los espacios, los quehaceres, los instrumentos y el entorno construido por cientos de miles de hombres y mujeres dedicados en muchas formas y bajo múltiples ocupaciones a la realización del intercambio comercial (valorativo) indispensable para la alimentación de la sociedad.

Son hombres y mujeres surgidos de las entrañas del mismo pueblo que han transformado su espacio y, sin proponérselo deliberadamente, han quedado presos en su entorno.

El material que a continuación se presenta, no pretende ilustrar una historia lineal del comercio de alimentos ni explicar a profundidad las funciones eminentemente económicas y sociales de los personajes. Se trata, mejor dicho, de acercar una visión antropológica sobre el comercio de alimentos: los rostros, los espacios, los productos, los instrumentos de trabajo y todos los que en conjunto (aunque improvisados como muchas de sus funciones), representan los rasgos reales del abasto de alimentos.

Hay que advertir una particularidad en todos ellos: son intemporales, es decir, prisioneros reincidentes de una misma historia que, sin importar el día, el año, el siglo o el lugar, reflejan claramente las funciones del comercio.

Algunos de ellos ligan el pasado de su existencia con la época de la Colonia; otros, guardan celosamente el tiempo y la memoria entre sus ropas, entre sus carnes y sus arrugas. Son personajes vivos que hoy en día podemos volver a encontrar entre las calles, en los mercados, en los resquicios de La Merced y, por supuesto, en la Central de Abasto.

En la concepción más difundida del concepto "modernidad", lo moderno es el sino del futuro, la única meta, la estrella del porvenir, la luz que guiará nuestros destinos. Y al menos en tres ocasiones, se ha planteado específicamente la modernización del comercio de alimentos en los últimos 100 años, cosa que a la luz de los resultados obtenidos no parece haberse logrado plenamente.

La primera sucede en 1880 cuando el gobierno de Porfirio Díaz construyó el mercado de La Merced que venía a suplir la desorganizada concentración de puestos fijos y semifijos ocasionada por el incendio del mercado de "El Volador".

La segunda se dió en l957 cuando el regente de la ciudad, Ernesto P. Uruchurtu, impulsó un amplio programa de modernización y rehabilitación de mercados públicos, entre los cuales estuvo la construcción de seis mercados que componían el complejo del Nuevo Mercado de La Merced, y que dejó intacto el comercio mayorista asentado en la zona.

La tercera (y última hasta la fecha) ocurrió en 1982, cuando el regente de la ciudad, Carlos Hank González, decidió la creación de una "nueva y moderna" Central de Abasto (llamada también Carlos Hank González) a menos de siete kilómetros en línea recta de la vieja zona de La Merced, que intentó sacar al comercio mayorista, pero que dejó intactos a los detallistas de toda la zona.

Y entre el ir y venir de los proyectos modernizadores que resolverán "ahora sí y para siempre" los vicios y las deformaciones del mercado, los comerciantes, fieles a su actividad han "bajado" y han vuelto a "subir sus cortinas", han levantado sus existencias, se han mudado y han permitido que los personajes, los instrumentos, los hábitos, las costumbres, las tradiciones y la fidelidad al espejo diario del medio ambiente circundante se reproduzca por ósmosis.

¿Qué sucede entonces?, ¿qué significa modernizar?, ¿quién moderniza, qué moderniza y quiénes se modernizan? Son preguntas cuya respuesta es muy complicada, al menos a la luz de la experiencia gráfica de este material.

Espero que el lector disfrute de esta incursión al centro de nuestro medio distribuidor y comercializador de alimentos y goce, tanto como nosotros, de los testimonios y las imágenes intemporales de una añeja tradición de nuestro pueblo que aún no se incorpora cabalmente al rígido museo de la cultura oficial.

 

ARISTOCRACIA DEPREDADA POR LA HISTORIA.

Durante la conquista, con el fin de realizar una evangelización "eficiente", la Iglesia propuso el "principio religioso" de separación de los naturales y los españoles, realizando una traza de la ciudad que evitaba la convivencia entre los indios y los castellanos. La ciudad india se dividió en cuatro barrios, lo que permitió vigilarlos e iniciar así el registro de sus nacimientos, matrimonios, muertes, bienes y otras cosas.

Esta traza colonial limitó durante casi tres siglos el crecimiento de la Ciudad al inhibir el crecimiento urbano en áreas ocupadas por los indios, y no es sino con la promulgación de la Ley de Desamortización de los Bienes del Clero, el 25 de junio de 1856, que se pudieron derruir y modificar los usos de Iglesias y Conventos que bloqueaban la ampliación de calles para modificar la traza original. Este proceso sirvió como detonante para el crecimiento de la mancha urbana, autorizándose, a partir de 1860, fraccionamientos en pueblos y haciendas aledañas a la ciudad, tales como: la Laja (Col. Juárez), la Condesa de Miravalle (Condesa), Escandón (Tacubaya), Daniel Garza (Tacuba), Santa Julia, de los Arquitectos (Roma), Santa María de la Ribera, Guerrero, San Rafael, la Limantour, la Castañeda y otras más.

Este crecimiento permitió el traslado paulatino de las élites sociales que habitaban las grandes casonas del centro de la ciudad y particularmente de La Merced a las modernas edificaciones de las nuevas colonias. Así, el barrio de La Merced fue ocupado por nuevos habitantes ávidos de espacio para ejercer la actividad central de la zona: "proveer de alimentos a los mercados públicos" (que en 1901 ya eran 14), aprovechando que el barrio contaba con una ubicación estratégica por la cercanía de las estaciones de ferrocarril.

La historia de La Merced, ya como barrio con ese nombre, comienza con la aparición de los religiosos calzados de La Merced, el 8 de septiembre de 1602 en el recién construido entonces convento de La Merced. Antes de esta fecha, alrededor de 1570, la zona recibía frecuentemente el nombre de "lecherías" porque ahí tenía su principal asiento el comercio y la distribución de tal producto.

Sin embargo, el "mercado de La Merced" como tal, surgió, mucho después, por dos hechos históricos: Primero, debido al incendio del mercado "El Volador" en 1870, que obligó al traslado provisional de algunos comerciantes a lo que fue el atrio del Convento de La Merced, tal como lo relata una carta escrita por un comerciante de la época:

"Por los años de 1870 cuando se quemó la Plaza del Volador el 18 de marzo, el gobierno del Sr. Don Benito Juárez indicó al Ayuntamiento que nos trasladaran provisionalmente a esta plazuela que había sido atrio del convento de La Merced. El día 19 nos repartieron los lugares y cada quien tomó lo que quiso y donde le pareció. Desde entonces tomé el lugar frente a la casa que he construido de nuevo y formé un jacalón de madera”. (Carta inédita sobre la construcción de una casa-comercio en La Merced, proporcionada por una familia de comerciantes de la zona. (Año 1888, Puente de la Merced No. 5.)

Posteriormente estos comerciantes, que habían sido trasladados "provisionalmente", con el paso del tiempo habían ya crecido e instalado sus cajones y puestos en forma por demás anárquica en la vía pública (de hecho la zona era entonces conocida como el Mercado de las Ataranzas); pero fueron reorganizados en lo que fue el primer mercado de La Merced construido en ese mismo sitio e inaugurado y entregado en 1890 por el general Porfirio Díaz, en un documento rematado por el clásico "Dios y Libertad" que en ese entonces se usaba en lugar de lo que hoy se escribe en la correspondencia oficial: Sufragio Efectivo. No Reelección.

Rivera Cambas en su libro México Pintoresco, Artístico y Monumental lo describe así:

"El edificio es uno de los mejores que se han levantado en los mercados, para poner al abrigo de la intemperie a los concurrentes; contiene una gran galería de ochenta y tres metros de longitud o sea cien varas por once metros y cuarenta centímetros de anchura, el techo está formado de fierro galvanizado y acanalado; tiene excelente piso embaldosado, todo con amplitud y luz suficientes. A los lados de esta galería se presentan dos crujías de piezas propias para pequeñas tiendas de carne o de otros efectos, y hay setenta y dos cuartos interiores y exteriores, esto es, con puertas a la galería interior del mercado y a las calles del Consuelo, Santa Efigenia y el puente de La Merced.  En el centro de la galería se levanta una fuente con agua bastante para los usos de la localidad."

Pero ni las baldosas, ni las puertas de hierro forjado, ni el agua de la fuente estaban preparados para asimilar el crecimiento sostenido de la población urbana, y con él, el de la demanda alimentaria.

Entre 1880 y 1910, durante la etapa del Porfiriato, empezó a generarse de manera palpable lo que sería, al paso de los años, un profundo desbalance entre las necesidades alimentarias de la población de la ciudad, por un lado, y la capacidad de abasto de las regiones agrícolas circundantes, por el otro. Este fenómeno se ligaba a la vez con un crecimiento espectacular de la población capitalina, impulsado tanto por el auge económico urbano como por los efectos brutales de la modernización capitalista que tenían lugar en las zonas de latifundios comerciales en expansión.

La estabilidad política del porfiriato facilitó un aumento notable en la inversión extranjera y doméstica, el establecimiento de los rudimentos de un sistema bancario moderno, la construcción de una extensa red ferro-viaria y, en suma, la incipiente industrialización de la ciudad y de algunas zonas rurales. Como corolario, el número de habitantes de la capital se elevó de 225,000 en 1870 a 471,000 para 1910 y los límites físicos de la ciudad se expandieron, por primera vez, más allá de donde se habían fijado desde la Colonia.

En el espacio vital del barrio de La Merced, la aristocracia y las clases altas que edificaron sus casas y palacios entre calles trazadas originalmente para el paso de carretas y caballos fueron retirándose, apartándose de "su hogar" que era literalmente invadido por comercios, puestos callejeros y miles y miles de inmigrantes de otros estados de la república que llegaban a La Merced atraídos por "la magia" de la zona que representaba una fuente inagotable de empleo para cualquiera que quisiera trabajar de "cualquier cosa".

Puede hablarse ciertamente de la influencia palpable de algunos modelos europeos de urbanización, mismos que se repiten una y otra vez en la mayoría de las ciudades de América Latina. El Covent Garden de Londres, Les Halles de París, instalados en el corazón histórico de sus ciudades con un número infinito de comerciantes detallistas que expendían también todo tipo de productos, y que favorecieron que a su alrededor se iniciara la especialización del comercio mayorista, encargado directo de abastecer a estos centros.

Las residencias palaciegas y las estrechas calles poco podían ofrecer para mejorar los espacios comerciales; el arribo de los automóviles y camiones creó problemas de tránsito nunca antes siquiera imaginados y, por si fuera poco, las calles, las banquetas, las plazas, las esquinas fueron siendo asaltadas por cientos de nuevos comerciantes que llegaron a la capital y que infestaron los espacios que iban quedando libres al costo que fuere.

Las viejas casonas y residencias mudaron su fachada y sus interiores. En los pisos de arriba se instalaron viviendas, abajo, locales comerciales; se cerraron ventanas, desaparecieron arcos y herrerías, los zaguanes se pusieron en renta, y las bodegas y maduradores ocuparon el lugar de las recámaras. Algunos edificios se tornaron vecindades, y en la locura por la búsqueda de espacios, las rentas y las propiedades alcanzaron valores inimaginados. Los "guantes" (traspaso de locales comerciales acreditados) se volvieron toda una profesión y el deterioro arquitectónico del barrio se ocultó entre costales de cebolla y cajas de jitomate, entre pesados trailers y rostros petrificados pintados de azul cielo.

Los migrantes siguieron llegando con su desempleo a cuestas y con su miseria rural abrazada en el recuerdo, con la firme esperanza de encontrar una salida a su pobreza. De hecho, junto a La Merced, se formó la primera "ciudad perdida" de México: "La Candelaria de los Patos", barrio también lleno de historias y leyendas míticas con seres del inframundo, "Lola la Chata", que vendía drogas; "el Zacatero" que regenteaba prostitutas; "el perro", "el pelón", "el negro", asesinos y maleantes encargados de aumentar la mala fama de la zona en su conjunto.

Las ciudades perdidas, las vecindades y el hacinamiento propio de estos sitios provocó un deterioro enorme en el concepto general de calidad de vida de la zona y sus huellas aún persisten. Pero quizá el peor daño de todos fue el haber creado un conformismo lamentable entre su gente, entre los que vivían ahí, entre los que sólo iban cotidianamente a trabajar, entre los dueños de las casas y edificios que se beneficiaron directamente con su uso, sin regresarle nada al medio ni al barrio en su conjunto.

Contadas excepciones existen de personas de la Merced interesadas en su recuperación y mantenimiento como "joya arquitectónica" de nuestro pasado. El palacio de un marqués se transformó en estacionamiento para "diablitos", la casa del diezmo se convirtió en una maltratada bodega de aceitunas, el mismo convento de La Merced, fundado en el siglo XVII sirvió como escuela primaria, pulquería, bodega, comercio, escuela de talla en madera (dirigida por el Dr. Atl), habitaciones y hasta baños públicos. ¿Y a quién le importaba esto? Sólo un gran silencio responde.

Calles viejas, empedradas, saturadas de comerciantes de vía pública con obstrucción total de los flujos vehiculares provocaron el área más caótica de la ciudad y que además albergaba las líneas urbanas de camiones que iban al oriente del país. La Merced no podía seguir así y, en 1957, se propuso un cambio para resolver este hacinamiento.

"Por la mañana del lunes 23 de septiembre (de 1957), unas quince mil personas se reunieron ante la gigantesca nave mayor del mercado de La Merced, de aproximadamente 400 metros de largo, para vitorear al presidente Ruiz Cortines y su comitiva. Las obras de construcción representaron para el mercado (sic) un gasto de once millones de pesos. La comitiva del presidente estaba formada por el regente de la ciudad; por el oficial mayor del DDF, licenciado Arturo Llorente González; el señor Adolfo I. Riverol, miembro del Consejo Consultivo de la Ciudad y de la CANACO llevando además la representación de la iniciativa privada. Además asistieron al acto los secretarios de Hacienda, Educación, Economía Nacional y el director del Seguro Social, Antonio Ortiz Mena. Aparte del costo de construcción, se gastaron 27 millones de pesos en la adquisición de los terrenos necesarios. La obra consta de 88,000 metros cuadrados, donde se edificaron siete mercados en conjunto con un total de 5,525 locales para frutas, legumbres y otros giros con una inversión total de 75 millones de pesos y el rescate de 500 mil metros cuadrados que afectaron durante muchos años 220 calles y banquetas, además del saneo de cinco plazas públicas. Junto con el conjunto de siete mercados en La Merced, se inauguraron también el complejo de Jamaica, construido sobre una superficie de 64 mil metros cuadrados y con un costo de 10 millones de pesos en tres unidades (sic), Jamaica, tiene una capacidad para 545 comerciantes mayoristas de verduras, con una capacidad para descargar 100 camiones y camionetas por hora con estos productos, además de una zona destinada para el comercio de flores con capacidad para descargar 50 camiones en el mismo lapso. La Merced y Jamaica cuentan con servicio de guarderías y servicios sanitarios suficientes, así como de piletas y lugares para el lavado y desinfección (sic) de las frutas, las legumbres y las verduras. Durante el mismo día, Ruiz Cortines inauguró la calzada de La Viga, que se extiende a lo largo de 7.5 kilómetros desde el entronque con la calzada Ermita Iztapalapa hasta La Merced, cubriendo lo que era el antiguo Canal Nacional que fuera también afluente de transporte hacia Jamaica y llevándose las estatuas de 'Los Indios Verdes' que marcaron en siglos anteriores el embarcadero principal hacia la zona norte de la ciudad". (Excélsior, 24 de septiembre de 1957).

La Merced se mudó y desapareció así el viejo mercado porfiriano. Muchas calles se abrieron nuevamente a la vialidad, se reacomodó a miles de comerciantes de vía pública, se dejó la parte poniente de la zona (donde antes estaba el viejo mercado) para las bodegas y comercios mayoristas. Y todo esto, que en su momento fue muy aplaudido y vitoreado, no fue definitivo, ya que para fines de los años sesenta, la situación era igual o peor de caótica. El crecimiento urbano había rebasado nuevamente el proyecto original, lo que obligó en 1980 a iniciar la construcción de una nueva Central de Abasto que "de aquí en adelante" resolvería los añejos problemas del Centro Histórico de México.

El cierre del viejo mercado fue necesario, pero quizá lo más importante del cambio de 1957 fue que muchas calles fueron pavimentadas al retirar los viejos empedrados (excusa con la que se movió por la fuerza a los comerciantes) y que obligó a que muchos de los viejos (y jóvenes) "mecapaleros" y "tamemes" (cargadores indios) fueran sustituidos paulatinamente por los cargadores de diablito, conocidos como "diableros" o "carretilleros". En ese instante se iniciaba el fin de una tradición comercial de más de 500 años, a causa, curiosamente, de la aparición de la rueda y el pavimento en una zona típica del México de 1957.

La Merced fue una ciudad aparte dentro de la misma ciudad. Desde sus orígenes más remotos en que se habla de la confluencia de canales pluviales que permitían el libre flujo del comercio indígena y el intercambio de productos, al igual que durante todas las épocas de su historia, esta zona creó sus propias reglas de supervivencia, de cohesión, de reproducción comercial y de aniquilamiento para aquellos que no cumplían con las costumbres y tradiciones aceptadas por la mayoría. Era un submundo en donde fue conformándose un sistema comercial sui generis que persiste hasta nuestros días.

Llama la atención el hecho que tanto la actividad comercial como los mismos comerciantes surgen de una tradición que se transmite de padres a hijos y de patrones a empleados, en un laboratorio social de práctica cotidiana de error-acierto, ya que no existe ninguna carrera que capacite en la enseñanza del comercio, y aunque hay facultades en las Universidades que tienen un sinnúmero de carreras para auxiliar al comerciante en su labor, ninguna enseña a serlo.

Otro dato particular de esta actividad es que en el comercio de perecederos (frutas y legumbres) sólo hay comerciantes mexicanos. Para algunos la explicación de esto es que los horarios de trabajo (desde las tres de la mañana en adelante) y el tener que trabajar todo el año sin descanso, ahuyentaron a muchos que no querían sufrir estas inclemencias laborales. Sin embargo, Manuel Carrera Stampa en un artículo publicado en 1949 por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística relata:

"[...]a los indios trajineros se les permitía vender sus frutas y verduras libremente, hasta las 12 del día. Hacían posturas de frutas todos los lunes de cada semana, al menudeo o por peso; se prohibió terminantemente que los españoles y las castas interviniesen en este trato y que saliesen a las calzadas, caminos y acequias a comprar o acaparar huevos, carbón, aves, frutas y legumbres que traían los indios para vender aquí [...]".

Y este ordenamiento siguió así por mucho tiempo. ¿Podría ser éste quizá el origen de la Mexicanidad absoluta del comercio de perecederos?

Durante las décadas en que La Merced permaneció como la principal zona distribuidora de alimentos, la dimensión social de su actividad favoreció el asentamiento y crecimiento de otros problemas paralelos como la prostitución, el alcoholismo, el hacinamiento y la delincuencia, aspectos por los cuales era frecuentemente señalada en las noticias diarias.

Para dar una idea de la magnitud comercial del territorio, Carlos Monsiváis cita un trabajo de la Comisión de Desarrollo Urbano (CODEUR) publicado en vísperas del cambio a la Central de Abasto en el que da cuenta de algunas estadísticas sobre La Merced en 1982:

"[había...] más de 37 pulquerías, 34 piqueras, 44 cantinas, 40 cervecerías, 10 salones de billar, 26 líneas de camiones de carga, 249 restaurantes, 66 papelerías, 32 hoteles, 32 vinaterías, cuatro tabaquerías y 13 baños públicos[...] en esta etapa se contabilizaban 1,345 bodegas de frutas y legumbres, 270 de abarrotes y víveres, 131 de chiles secos y especies y 67 cremerías. A eso añádanseles 316 almacenes de ropa, 160 boneterías, 97 fábricas de ropa, 77 zapaterías, 69 ferreterías y tlapalerías, 65 dulcerías, 50 consultorios médicos, 32 jarcierías y 30 comercios de aparatos eléctricos[...] ".

El comercio mayorista de la Merced inició su etapa de consolidación a partir de principios del presente siglo y su crecimiento fue ligado permanentemente al fortalecimiento del Estado, al crecimiento de la población, a la expansión urbana y a los distintos procesos de modernización de la industria, del comercio, de la Banca, del transporte y de las vías y medios de comunicación. Y es sin duda una importante actividad, sin Universidad, pero eso sí con mucho entorno.    

 


[1] Fragmento del libro: “La Merced: Enigma Alimentario”, de Héctor Castillo Berthier, Ed. Panorama, México D.F. 1994.

 

Este ensayo formó parte del encuentro que llevo por nombre "La Otra Ciudad", realizado en el mes de septiembre del 2006 en el Centro Cultural "Casa Talavera" de la UACM.



 
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