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ENSAYO
   
 

ORALIDAD, IMAGEN Y CIRCULACIÓN EN EL SIGLO XIX : UN CASO DURANTE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA *

ABRAHAM BARANDICA MARTÍNEZ




 


INTRODUCCIÓN

A 200 años de distancia del inicio de la lucha por la independencia de México, el bicentenario se volvió un tema de programas de televisión, publicaciones académicas y de divulgación y conmemoraciones gubernamentales. Grandes proyectos se justifican con el término bicentenario: torres, autopistas o líneas del metro. Sin embargo, la increíblemente compleja realidad histórica es soslayada en el discurso imperante, la sensación de antigüedad y veneración que la educación pública fomenta en poco ayuda a la construcción de una perspectiva histórica por parte de los ciudadanos. Un ejemplo de ello es centrar la conmemoración en los ‘héroes' como Hidalgo, Morelos, Allende, Ortiz de Domínguez, olvidando un poco el papel de aquellos que hicieron efectivamente el movimiento de independencia, las personas que combatían y morían. Desde la plebe alzada con Hidalgo hasta los guerrilleros con Morelos y Guerrero, todos ellos también merecen atención, pues no se comprenden las revoluciones sin este esfuerzo múltiple de líderes y seguidores. En la Nueva España hacia fines del siglo XVIII no existía la escuela como la conocemos hoy: obligatoria, laica e igualitaria. El índice de analfabetismo era muy elevado. Sin embargo, la comunicación entre hombres de diferentes regiones se llevó a cabo por múltiples caminos, uno de ellos lo ejemplifica y es motivo del presente ensayo y se refiere a un caso encontrado en el Archivo General de la Nación, en el grupo documental Criminal, volumen 236 en las fojas 281-307. El expediente consiste en una acusación contra unos insurgentes a los que se les decomisó un dibujo, una imagen. Para adentrarnos en la importancia del dibujo como una forma de apoyo en la comunicación oral, de su circulación, propia del siglo XIX en las zonas rurales de México, son precisas algunas notas previas.



Palabras previas sobre la oralidad



El lenguaje, en su amplia acepción, es una forma de comunicación compleja que involucra tanto a los actores o sujetos como al mismo mensaje que se quiere transmitir. Durante milenios el ser humano desarrolló la capacidad de expresarse verbalmente y sólo recientemente se innovó con la tecnología de la escritura. En efecto, la reducción y proceso de simbolización de la realidad por medio de grafías (formas o imágenes) es una tecnología que puede rastrearse unos cuatro mil años atrás, si bien supuso una serie de transformaciones y limitaciones de lo que era comunicable, ampliando la memoria colectiva en detalles e incrementando la cantidad de la información. Sin embargo, la oralidad del lenguaje, su habla, se ha mantenido como la comunicación per excellence. Incluso, en las técnicas propias de la memoria colectiva se ha insistido en la permanencia de elementos que a pesar de estar escritos requieren aún de una verbalización tradicional. Pongamos por ejemplo los casos de la escritura hebrea o árabe, que en sus respectivas tradiciones se ha prescindido de símbolos vocálicos y que la forma de pronunciar las palabras implica un conocimiento más allá de la grafía. Otro elemento es la conservación de frases mnemotécnicas que en las tradiciones culturales demuestra el inicio de transmisión oral y la posterior elaboración escrita. Ejemplos de este caso son los evangelios budista o cristiano, donde las prédicas de Buda o de Jesús han mantenido en su versión fijada por escrito elementos mnemotécnicos orales. La oralidad no sólo acompaña la necesaria fijación gráfica refiriéndose a la escritura, también abarca símbolos e imágenes significativas. Así, ciertos signos pueden trascender el lenguaje hablado y cargar una significación pluricultural. Ejemplo de esto son los hanzi (escritura china) en donde una grafía no está asociada a un sonido o una lengua sino a un significado. Un grado más allá se encuentran las imágenes que transmiten o apoyan una transmisión de un mensaje. Así, los frisos en Borobudur, en Chichén Itzá o los retablos cristianos, de los que abundan en las iglesias mexicanas, “cuentan” una historia, son sustento visual de un discurso.
 

Palabras previas sobre la imagen


 
Una imagen, cualquiera que ésta sea, será un sistema de representación de la realidad. La imagen como expresión del mundo funciona como canal comunicativo por el que sólo aquellos que comparten ciertas convenciones o acuerdos logran captarla en su totalidad (o lo más cercano a ella). Pero, por ser representación de la realidad, la imagen es incapaz, por sí misma, de transmitir los hechos y los mensajes. Es necesario, entonces, compartir o conocer los elementos vívidos de la época de la imagen para comprender cabalmente la carga de información que contiene. A través del tiempo las imágenes han capturado los sentimientos, las frustraciones, los sueños, las fantasías y las realizaciones de los hombres que las han hecho y comprendido. El peso que adquieren con los años o siglos, desde el punto de vista histórico es paradójico y primordial. Se convierten en fuentes de primera magnitud debido a que son indicios de una realidad que ya no es; y dejan una incógnita cuando se han perdido los referentes o se ha extinguido la tradición a la que pertenecían. En una sociedad donde no imperaba la comunicación escrita en amplios sectores de la población, sino por el contrario la transmisión oral de la información era generalizada, una imagen adquiría una importancia capital. Baste mencionar las representaciones plásticas, en todo el territorio mexicano, de un alto contenido y objetivo religioso. Así, al inicio del siglo XIX la información en la sociedad novohispana era eminentemente oral, pues no existían las condiciones para una opinión escrita pública en su totalidad salvo en pequeños nichos oficiosos (eclesiásticos o civiles). Es decir, por medios no escritos, principalmente en las plazas, en la pulquería, además de la vía oficial (iglesia o pregón civil) y por medio del rumor, de las canciones (trobadillas), se comunicaban los hechos, los problemas, las ideas o las noticias.
 

Contexto histórico: 1812 año álgido para la insurgencia



 

El año de 1812 la Nueva España ofrecía el siguiente panorama: Después de la derrota y muerte de Miguel Hidalgo en julio de 1811, la revolución de independencia cambió su escenario del bajío al sur de la Nueva España. Varios cabecillas destacarían en la lucha libertaria, entre ellos, Ignacio López Rayón y José María Morelos. Por su parte, el virrey Francisco Xavier Venegas buscó apaciguar la situación en el territorio novohispano aplicando una política de indulto y perdón. La idea de que, con la captura de Hidalgo y la derrota de sus hordas la convulsión había sido controlada, pronto se derrumbó. Las partidas de insurgentes se mantenían activas en varias regiones (provincias) por medio de la táctica de guerrillas. Los principales líderes establecieron en agosto de 1811 una Junta en el poblado de Zitácuaro, con el nombre de Soberana Junta Nacional Americana, y con el fin de reorganizar y unificar a las fuerzas insurrectas. Por su parte, la autoridad virreinal buscó, entonces, por medio de un militar destacado, Félix María Calleja, terminar con la existencia de la junta insurgente. Morelos organizó una tropa “en forma” alejándose del modelo de las muchedumbres utilizado por Hidalgo. El ejército Insurgente buscó puntos tácticos para controlar la comunicación y el intercambio de productos estratégicos en la Nueva España (alimentos, dinero, armas, etc). Por un lado, Morelos en diciembre de 1811 avanzó sobre Puebla, que era capital de provincia y una ciudad importante por ser camino de Veracruz a México, tomó Izúcar y controló los importantes valles cerealeros de Atlixco. Por su lado, el ejército fiel al Rey al mando de Calleja lanzó una ofensiva contra la cabeza política de la insurgencia: la Junta de Zitácuaro, y en enero de 1812 la obligó a desplazarse a Sultepec. En Sultepec, durante el año de 1812, el bando insurgente imprimió su segunda publicación escrita El Ilustrador nacional el realizador fue José María Cos. Sin embargo, la Junta insurgente no soportó las campañas contrarias y se dispersó en el año de 1813. Los jefes insurgentes se separaron y cada uno de ellos se refugió en la región donde estaba su centro de operaciones. De esta forma Morelos se dirigió al Sur, Ignacio López Rayón a la Intendencia de México, José Sixto Verduzco a Michoacán y José María Liceaga a Guanajuato. Posteriormente la formación de un nuevo gobierno insurgente sería con el Congreso de Chilpancingo en septiembre de 1813. Debido a su importancia, la actividad del “Siervo de la Nación” es de destacarse. Las acciones militares de Morelos durante el año de 1812 -el auge de la insurgencia- comprenden su segunda y tercera campañas. La segunda campaña duró desde noviembre de 1811 hasta mayo de 1812. La tercera de junio a noviembre del mismo año. Existen dos hechos militares que marcaron definitivamente este periodo. El primero fue el rompimiento por parte de las fuerzas de Morelos del sitio a Cuautla efectuado por las tropas realistas al mando de Calleja. Después de perseguir a la Junta de Zitácuaro Félix María Calleja fue enviado a cazar al principal líder militar insurgente Morelos, para capturarlo lo siguió y llegó a sitiarlo precisamente en Cuautla. El segundo hecho fue la toma de la ciudad de Oaxaca -única capital de provincia que tomó Morelos. Oaxaca era una ciudad importante en el sur de la Nueva España. Con estos dos hechos militares la figura de Morelos alcanzó su cúspide.

El expediente documental: la circulación de la imagen



“A las seis y media de la mañana deste día, se me avisó por el mayordomo de la hacienda de los Agueguetes el que hubieran cabido anoche en ella los insurgentes y que havian podido coger a tres que se avían atarantado por borrachos por lo que inmediatamente mande una partida que los condujera y son los que remito a V.S van asegurados.Vallejo 25 de mayo de 1812”

José Antonio Cerón Teniente.





Este informe escueto fue el inicio de un proceso en que relució la investigación sobre la procedencia, factura y fin de “ciertos dibujos” confiscados a uno de los aprehendidos el día ya señalado. El suceso por el cual dichos tres supuestos insurgentes fueron capturados es el siguiente: en la madrugada del domingo 24 de mayo un grupo de rebeldes atacaron la hacienda de los Agueguetes (sic) y algunos de ellos buscaron el almacén para poder sacar de allí la bebida embriagante -en el proceso se explicita que fue pulque. Mientras se emborrachaban la partida de insurgentes se retiró, mientras tres de ellos continuaron en el almacén de la hacienda. Cuando el mayordomo de la misma organizó a los trabajadores, se encontró con estos tres individuos atarantados por la bebida y los derrotó. Les confiscó dos caballos, armas y unas hojas con “monos” dibujados y fragmentos escritos. La ubicación de la hacienda de los Agueguetes puede ser en la actual zona norte de la Ciudad de México, por dos motivos: el primero la carta escrita en Vallejo; y el segundo es que los trasladan a las cárceles de la ciudad. Los nombres de los supuestos insurgentes eran: Ignacio Cisneros, Fulano Rosales y Miguel Gerónimo. Los dibujos le fueron confiscados de entre las ropas a Ignacio Cisneros. En el interrogatorio se aclararon los pormenores. Su autor fue Miguel Gerónimo quien se los enseñó a Ignacio Cisneros comentándole que él los hizo para mostrárselos a “(..) Don Juanito que es tendero en la hacienda del Medio (...)”2. Que realmente los hizo por ociosidad. Sobre quién le escribió las leyendas dijo Miguel Gerónimo que no lo sabía porque lo había enseñado a otras personas que él no sabe quién escribió en el papel dichas leyendas. Esto último, llevó a pensar atinadamente a la autoridad que este dibujo servía de propaganda insurgente; y por tal motivo los inculpados no recibieron el indulto del 30 de septiembre de 1812, porque al ser la evidencia tan peligrosa no merecían el perdón. En el mismo proceso se anotan las características de los tres insurgentes, el factor común es el de la edad: 20 años en promedio, solteros, de calidad indios, de naturaleza de México y dos de ellos no sabían escribir. Los tres se dedican a trabajos temporales en las haciendas, transportan materiales, ganado menor y a las labores de temporal. En las respuestas al interrogatorio sobresale que Miguel Gerónimo, el único que sabe escribir como lo delata la leyenda en el dibujo, comentaba a quienes conocía en las haciendas que era insurgente y que estaba a punto de irse al ejército rebelde. Mientras los otros dos no. Pues cuando les preguntaron acerca de por qué estaban con las fuerzas insurrectas contestaron que fue forzadamente y que no estaban allí de consentimiento. Estas explicaciones las tenemos que ponderar ya que ellos no tenían por qué echarse la soga al cuello, pues al tener propaganda y estar con quien la hizo, aceptar ser parte de la insurgencia significaría su muerte. Lo cierto es que a los tres los soltaron por demostrar que no eran cabecillas y siguiendo la política de reconciliación del virrey Venegas podemos suponer que accedieron por este motivo al indulto; y no porque hayan probado su no relación con la insurgencia. Esto conforme a la política virreinal expresada en el bando de agosto de 1811 y en posteriores indultos generales.

 

“Yo [el Virrey Venegas] he procurado reducirlos a la razón por todos los medios suaves, y no ha sido posible. Cada victoria de las muchas que han conseguido las armas del Rey fue seguida de un indulto general, que los mas no admitieron. Lo extendí sin embargo a todos los que hacían de cabezas (...) Siendo así que las cárceles de esta capital [donde condujeron a Miguel Gerónimo, Ignacio Cisneros y Fulano Rosales] estuvieran llenas de rebeldes, cogidos a las puertas de ella haciendo armas contra la patria; porque conociendo yo sus impotentes esfuerzos, atribuí a la seducción y a la locura sus temeridades (...) [ahora haciendo referencia a los insurgentes] los entresacara del pueblo pacífico (...) y en toda ocasión y a la confianza que os merece mi vigilancia y solicitud paternal, mereciéndola muy particularmente aquellos infelices que viven en los barrios confundidos por su pobreza”

 

 

 

Salieron Miguel Gerónimo, Ignacio Cisneros y Fulano Rosales en noviembre de 1811, después de purgar la condena de seis meses de servicio en la hacienda donde fueron capturados bajo vigilancia del teniente de justicia local de nombre Don Lázaro Saldivia.

La Imagen


 

A continuación presento dos dibujos contemporáneos de la Revolución de Independencia de factura insurgente ambos presumiblemente del año de 1812.

 

 

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Imagen B

La ¨Lectura¨ en General y Particular de la Imagenes



La imagen A, la más importante, muestra como primer elemento la distinción entre la tropa del rey y los insurgentes. Es claro el hecho que del lado insurgente muestra figuras de caballos y de un cañón. También es claro acotar que los únicos que disparan son los insurgentes, los que reciben el ataque son las tropas del rey. Además de mostrar de qué lado estaba el autor al momento de dibujar es revelador transcribir el diálogo que aparece en la parte superior, entre Juanito y Miguel Gerónimo:

“ Juanito. Quien sois [v]andido ladrón Miguel Gerónimo. Mi Señora de Guadalupe no soy [v]andido ni ladrón. Soy hombre (sic) que defiendo a la Guadalupana”

 

Esto es un indicio sobre la idea que tenía el común, la defensa de la Guadalupana significaría para las masas insurgentes la defensa de una identidad distinta a la del español. Se convierte en el elemento clave en la formación de la identidad mexicana. Los grandes ideales políticos no aparecen en el dibujo, es posible que tampoco en las pláticas entre Miguel Gerónimo y Juanito, sino sólo el sentido de “identidad” o “nacionalidad” representado por la Guadalupana. Sobre el uso de la Virgen de Guadalupe, Lucas Alamán en su Historia de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia hasta la época presente, señalaba que el manejo de la religión como cauce para el odio y el resentimiento justificaba a ojos de las clases bajas desposeídas su proceder en contra los blancos propietarios (españoles o criollos). El grito que transmite este sentir lo enuncia de la siguiente forma -tal vez lo oyó de muy joven en Guanajuato en la turba de Hidalgo:



“¡Viva la Virgen de Guadalupe y mueran los gachupines! (...) esto último convocaba a numerosos individuos de ella [América] que careciendo de propiedad, industria u otro honesto modo de vivir (...) y llamo en su auxilio a castas y a indios (...) con atractivo de la distribución de tierras [o empleos para los otros]

 

Más abajo, en el dibujo, del lado insurgente aparece la leyenda “Viva la América” como lema de la tropa rebelde. La falta de alguna nota relevante del lado de la tropa del rey podría significar la falta de un discurso que captara las capas rurales de la sociedad. El dibujo B, muestra la distinción entre los uniformes de la tropa con la vestimenta insurgente, comúnmente relacionada a la vestimenta del trabajo en el campo. Seguramente hace referencia a la captura, no precisada, de algún insurgente; porque al momento de la confiscación del dibujo en la ropa de Cisneros, Miguel Gerónimo no pudo haber dibujado su propia captura.

Detalles

Los Bandos




 



Los insurgentes capturados como actores y transmisores en el proceso de comunicación: Imagen y oralidad


 





Armas




 

 

Concluisones

 

El papel con “monos” dibujados fue el causante de que los tres supuestos insurgentes no salieran bajo el indulto de septiembre de 1812. Esto debido a que era peligroso para la autoridad virreinal liberar a quien pudiera hacer propaganda a la revuelta. En este sentido Miguel Gerónimo representaba un propagandista de la lucha, y con su captura se impedía la transmisión y circulación del mensaje libertario por medio de una imagen y de su discurso oral y escrito, justo cuando esta lucha se encontraba en su apogeo. Aunque cabe mencionar que en sus respuestas, durante el interrogatorio, no se vislumbró ningún tipo de ideal o ideologización: ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad. Para gran parte del sector que luchaba las respuestas no se encontraban en el terreno ideológico sino en el ontológico. El sistema virreinal negaba la existencia de las castas -que eran la mayoría de la población insurgente- en los aspectos legales y hasta económicos. La revolución de independencia en este sentido fue una expresión de existencia de los pobladores del territorio llamado Nueva España.

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Fuentes

Documentales

Archivo General de la Nación México, Criminal, volumen 236 de las fojas 281-307. Las imágenes se encuentran en reproducción fotográfica al final del tomo, pero en la parte superior derecha aparece el número de foja 290.

Bibliografía

Muchas de las ideas vertidas en este ensayo se basan en las propuestas de los siguientes autores.

Arnal, Ariel, La imagen gráfica en la historia: la fotografía. Manuscrito.12 p

Catálogo de ilustraciones. 14 Vol. Centro de información gráfica del AGNM, México, 1979.

Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia de México de 1808 a 1821. Coleccionados por J. E. Hernández y Dávalos. México, José María Sandoval Impresor, 1880 [edición facsímil, INEHRM, 1985] t. III, doc. 63, “Bando del 6 de agosto de 1811”: pp. 332-333.

Miño Grijalva, Manuel, El mundo novohispano. Población, ciudades y economía. Siglos XVII y XVIII, El Colegio de México-Fondo de Cultura Económica-Fideicomiso Historia de las Américas, México, 2001, 448 p.

Ong, Walter J., Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, Trad. Angélica Scherp, Fondo de Cultura Económica, Santafé de Bogota, Colombia, 1999, 190 p.

Quirarte, Martín, Visión panorámica de la historia de México. México, Porrúa, 1976, 61 p.

Torre Villar, Ernesto de la, La independencia de México, 2 ed. México, Fondo de Cultura Económica, 1994, 304 p.


1Notas


“Informe del teniente José Antonio Cerrón, 25 de mayo 1812” en Archivo General de la Nación México, Criminal, vol. 236, f 284.

2 --------------Archivo General de la Nación México, Criminal, vol. 236, f. 293.

3 Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia de México de 1808 a 1821. Coleccionados por J. E. Hernández y Dávalos. México, José María Sandoval Impresor, 1880 [edición facsímil, INEHRM, 1985] t III, doc. 63, “Bando del 6 de agosto de 1811”: p 332-333.

4 Apud. Martín Quitarte, Visión panorámica de la historia de México, México, Porrúa Hnos., 1976: 61.






 
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