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ENSAYO
     

 

 

No es lo mismo vecindad que tugurio, vivencia versus discurso oficial en la ciudad de México de mediados del siglo XX.”
Ernesto Aréchiga Córdova

 

Muy buenas tardes a todos y a todas. Antes de empezar quiero agradecer a Alejandro Semo la invitación que me hiciera para participar como ponente en este encuentro. Siempre son bien recibidas este tipo de iniciativas, pero esta cobra un significado aún mayor, precisamente por el lugar donde se desarrolla, dentro de uno de los barrios de la ciudad con mayor carga histórica y de gran significación. Es un honor para mí estar aquí en tan grata compañía. Cuando leí en la invitación que me tocaba participar en una mesa titulada “el ocaso de la vecindad” pensé que sería interesante remitirnos a un momento histórico a mi parecer crucial dentro de la historia de las vecindades. Si en los sismos de septiembre de 1985 las vecindades fueron objeto de lo que podríamos denominar una ofensiva “natural”, muy entre comillas lo digo, en la década de los años cincuenta fueron objeto de una ofensiva política, perfectamente orquestada desde el Estado, un Estado paternalista y machista que desplegaba entonces, con toda su fuerza, un discurso civilizatorio y moralizante sobre la forma de vida de las clases populares en la ciudad de México y de hecho en el país entero. Una de las instituciones que estuvo al frente de esta ofensiva fue el Instituto Nacional de Vivienda [INV]. Aquí no haré la historia de ese instituto pero me remitiré a los trabajos que desde ese organismo del Estado anunciaron, entonces, no sólo que la vecindad vivía ya en un estado de agonía, sino que merecía desaparecer para la dignidad del México moderno, es decir, que, desde el punto de vista de dicha institución, la vecindad había entrado ya en su ocaso para sumergirse tarde que temprano en la obscuridad, la desaparición, el olvido. Diversos procesos confluían entonces para hacer de la vecindad un objeto de atención oficial, así como un objeto de reflexión desde diversos ámbitos de la cultura. Mencionemos un ejemplo. Desde la década anterior, el cine mexicano había hecho de las vecindades uno de sus escenarios favoritos, sino es que de uno de sus personajes favoritos. En diversos dramas y melodramas, las vecindades fueron el lugar central de gran número de películas que trataron de retratar, mal que bien, las formas de vida de las clases populares urbanas, a veces para denostarlas, a veces para idealizarlas, y rara vez para tratar de entenderlas con argumentos serios y profundos como en la obra maestra de Buñuel. Basta recordar aquí algunas películas y los años en que fueron realizadas como: “Campeón sin corona”, de 1945, “Esquina bajan”, de 1948, “Nosotros los pobres” y “Ustedes los ricos” de 1948, “Salón México”, también de 1948, “El rey del barrio”, de 1949, “Quinto patio”, de 1950, “Los Olvidados” de 1950, “Los Fernández de Peralvillo” de 1953 y “El Suavecito” de 1959. En todas ellas, pero en muchas otras, aparecen diversos tipos de vecindades donde se despliegan las penas y las alegrías de los protagonistas. Entre los años cuarenta y los cincuenta del siglo XX, la vecindad era el tipo de casa habitado por la mayoría de las clases populares, así como buena parte de las clases medias, y lo siguió siendo muchos años. Ahora bien, el interés por las vecindades no se produjo únicamente en las instituciones estatales o en las productoras de cine, sino también en la literatura, el periodismo y particularmente en una naciente antropología urbana. Aquí la referencia fundamental es el antropólogo estadounidense Oscar Lewis, quien en la década de 1950 comenzó sus estudios acerca de la forma de vida de las clases populares que habitaban en vecindades. Recordaremos que entre 1956 y 1957 Lewis hizo un trabajo de campo que le permitió publicar en 1959 su artículo intitulado “La cultura de la vecindad en la ciudad de México”. Era un pequeño artículo donde contrastaba la forma de vida en dos vecindades y esbozaba ya muy claramente algunos de los postulados centrales desplegados más adelante en su Antropología de la pobreza que guiaron la escritura de Los hijos de Sánchez y otras obras suyas. Sobre los estudios publicados por el Instituto Nacional de Vivienda y este artículo de Oscar Lewis, haré algunas reflexiones en torno al hipotético ocaso de la vecindad y sobre la importancia que tienen las palabras como conformadoras de realidades. Antes que nada debo aclarar que el término utilizado por el Instituto Nacional de Vivienda para referirse a las casas de vecindad y a los cuartos redondos era tugurio. Ninguno de los documentos que he podido consultar aporta una definición clara de lo que desde dicha institución se entendía por este término. [1] El contexto no deja dudas, sin embargo, de que el tugurio era entendido como un elemento negativo de nuestras formas de habitar en la ciudad. Desde el punto de vista del instituto, el tugurio era el tipo de habitación predominante en importantes áreas de nuestra ciudad, particularmente en el “centro principal”, el “núcleo central, cívico, comercial, verdadero corazón de la ciudad”. Afirmaba uno de sus documentos que ese tipo de habitación “provoca grandes hacinamientos y condiciones infrahumanas de vida”… “esas condiciones infrahumanas de las viviendas tienen fuertes repercusiones en la degeneración moral de sus habitantes, ocasionando y fomentando numerosos centros de vicio o destruyen la estabilidad familiar.” [2] En estas afirmaciones queda muy claro el contexto semántico en el que se incluía al tugurio con toda una carga negativa y peyorativa: hacinamiento, condiciones infrahumanas, promiscuidad, vicio, degeneración moral. A propósito, el diccionario de la Academia de la Lengua Española nos dice que tugurio es la “choza o casilla de pastores” o, en sentido figurado, “la habitación, vivienda o establecimiento pequeño y mezquino”, una definición que dista mucho de la dibujada por los arquitectos y urbanistas del INV en sus estudios. [3] Como es obvio, el radio de acción del mencionado Instituto abarcaba la nación entera, pero tal parece que en la ciudad de México encontró perfectamente delimitada la problemática que debía atacar, de tal suerte que la capital fue una especie de laboratorio para la aplicación de políticas de vivienda que se desarrollarían más adelante en otros lugares de la república, incluyendo tanto al ámbito urbano como al rural. De todos sus trabajos me interesa destacar dos: Herradura de tugurios: problemas y soluciones y Programa de regeneración: zona de la herradura de los tugurios, el primero publicado en 1958 y el segundo al parecer un poco después (no registra fecha de impresión, pero es consecuencia del estudio anterior). Aunque no traigo ahora un mapa es fácil imaginar el territorio de la denominada “herradura de tugurios”, pues tomando al zócalo y sus cuadras adyacentes como referencia, la herradura rodeaba ese centro desde la colonia Guerrero, pasando luego por los barrios de la Lagunilla y Tepito, y de ahí hacia el sur por los barrios de la Candelaria y la Merced llegando hasta Jamaica. La extensión del área era de 10 922 500 m2, distribuida en 732 manzanas, donde habitaban alrededor de medio millón de personas, con una densidad mínima de 300 habitantes por hectárea, pero que en promedio era superior a 500 habitantes por hectárea, registrándose en algunos casos cifras superiores a los mil habitantes por hectárea, de tal manera que al 60% de la población le correspondía habitar en un área de 6 a 18 m2. [4] El 55% del área era clasificada como “tugurio”, mientras un 18% era ocupada por industria y comercio y el 27% por vivienda clasificada como “decadente” o “habitación con tendencia hacia el tugurio”. Aquí se expresa claramente que el tugurio ocupaba la escala más baja de la clasificación, por debajo de la habitación decadente. De acuerdo con estos datos, el 89% del área estaba pavimentada y 90% tenía servicios de drenaje, agua y luz (aunque sólo un 40% tenía hidrantes). Las áreas verdes eran prácticamente inexistentes y el promedio de densidad de construcción abarcaba el 80% de los lotes, siendo ésta la densidad de construcción más alta de toda la ciudad. Los datos fueron obtenidos mediante encuestas aplicadas en el terreno y la formación de mapas muy detallados de cada manzana. [5] Algunos datos son muy ilustrativos, cuando se contrasta, por ejemplo, el 90% que supuestamente gozaba de drenaje, con el número de excusados que tenía cada vecindad, donde el promedio de habitantes por casa era de 56 mientras el número de w. c. promedio por casa era de 5. No tenemos razones de peso para poner en duda la metodología utilizada. En ese sentido, los estudios ofrecen una perspectiva objetiva, pero no ocurre lo mismo cuando de los datos obtenidos se obtiene, como corolario, que la vecindad es un medio que propicia la degeneración moral y el vicio, haciendo tabla rasa de todos sus habitantes para pretender “regenerarlos” mediante la acción benefactora, paternalista y moralizadora del Estado. Nos falta señalar, además, los otros motivos que tenía el Estado para llevar a cabo esa acción, motivos que respondían a necesidades económicas y de comunicación. La “herradura de tugurios”, afirmaba el documento, constituía “un importante factor en la economía de la ciudad por encontrarse ahí los principales mercados de distribución general”, en un espacio caracterizado por el desorden urbano y por la presencia “de los grados más negativos de vialidad” dentro de la capital. Así, entre las razones morales esgrimidas por el Instituto, se esbozan razones materiales: el área contenía grandes atractivos para el capital comercial, industrial e inmobiliario, siempre y cuando fueran “regenerados” los “tugurios”, lo que en su vocabulario equivalía a extinción. Los planes que seguían al diagnóstico, postulaban proyectos de reconstrucción con una arquitectura que abandonaba el patrón espacial de la vecindad, proponiendo un nuevo patrón más despersonalizado, individualista, con departamentos modernos que contaran en su interior con todos los servicios. Departamentos, por cierto, que la gran mayoría de quienes habitaban en los denominados “tugurios” no estaría en condiciones de comprar, con todo y las ofertas de crédito instrumentadas por el propio Instituto Nacional de Vivienda. Casi al mismo tiempo que el INV publicaba sus estudios sobre la herradura de tugurios, Oscar Lewis daba una ponencia en el XXXIII Congreso Internacional de Americanistas que serviría para publicar un año después, en 1959, su artículo intitulado “la cultura de vecindad en la ciudad de México.” En pocas pero sustanciales páginas, Lewis subrayaba que la pobreza en las naciones modernas denunciaba antagonismo de clases, problemas sociales y necesidad de cambios sociales. Afirmaba que la pobreza en países modernos era un factor dinámico “que afecta la participación en la cultura nacional en su sentido más amplio, y crea una subcultura propia.” Postulaba, entonces, que podía hablarse de una cultura de la pobreza que tenía “sus propias modalidades y determinadas consecuencias sociales y psicológicas para sus miembros.” [6] En su opinión, la cultura de la pobreza traspasaba los límites de lo regional, de lo rural-urbano y aun de lo nacional. Lewis se propuso elaborar un estudio científico sobre “la vida familiar de las clases bajas” [7] y, considerando que la gran mayoría de éstas habitaban en casas de vecindad, tomó en cuenta dos vecindades de tipología diferente para contrastarlas entre sí e “ilustrar las diferencias así como los factores comunes, de la vida de las vecindades.” [8] Ambas vecindades estaban en los alrededores de Tepito. La de mayores dimensiones, la “Casa Grande” albergaba a más de 700 personas en cuartos redondos construidos con material duradero (adobe, cemento) y separados entre sí por patios de cemento. En la vecindad pequeña habitaban 54 personas en viviendas muy sencillas de una sola pieza, construidas con materiales de desecho, alineadas en un terreno que no tenía barda ni puerta que impidera el paso o la vista desde la calle. Para Lewis, ambas son vecindades, para el INV, la segunda entraría dentro de la clasificación de “jacales”. El autor de Los hijos de Sánchez documentó las diferencias económicas entre los habitantes de las dos vecindades. Si todos clasificaban como pobres, había diferencias sustanciales entre unos y otros, expresadas no sólo en términos económicos de ingreso familiar y posesiones materiales, sino también, muy claramente, en educación. Para citar dos ejemplos al respecto, mientras en la Casa Grande un 49 % de las familias tenía tenedores y cuchillos, en la vecindad pequeña nadie tenía estos cubiertos. En cuanto a educación, la primera registraba 17% de analfabetismo, mientras la segunda 42%,  y entre los adultos que consideraban haber concluido su formación escolar, el promedio de años de asistencia a la escuela era de 4.7 en la casa grande y de 2.1 en la casa pequeña. No obstante estas diferencias entre pobres y paupérrimos, podía hacerse una generalización para explicar la vida de quienes habitaban en casas de vecindad. Frente a la desigualdad social, la vecindad oponía, en cambio, sus propias redes de apoyo. Lewis no duda al equiparar a la vecindad con una “pequeña comunidad” que funciona con su propia lógica de reciprocidad, solidaridad y apoyo mutuo. En la cultura de la pobreza, el compadrazgo, la fiesta compartida, el baile, el culto a los muertos y hasta los pleitos funcionan, según Lewis, como elementos de cohesión social que de una forma u otra permiten enfrentar las desigualdades sociales, así como mantener una actitud pasiva, conformista y en cierto grado cómplice frente a la corrupción y la indiferencia de los de arriba.  Nos encontramos pues frente a dos estudios científicos de una misma realidad. El primer caso es un estudio emprendido por una institución estatal con fines de planificación, reordenamiento y, para citarlo en sus propias palabras, “regeneración”. El segundo proviene de un antropólogo estadounidense con afanes de explicación científica que carece de pretensiones redentoras. En lugar de ser centro de vicio y degeneración moral, la vecindad puede ser  explicada como una comunidad donde, si bien es cierto se reproducen las relaciones de dominación, aceptándolas con fatalismo y conformidad, también existen relaciones solidarias y comunitarias que posibilitan enfrentarse a la desigualdad e injusticia sociales de una manera que supera con mucho las simples formas de la supervivencia. De manera importante, me parece importante subrayar, Lewis consideraba que la cultura de la vecindad en México permitía menor anonimato y aislamiento personales con respecto a lo que ocurría entre las clases populares urbanas de, por ejemplo, los Estados Unidos y Gran Bretaña. No obstante lo que hemos afirmado, existe todavía un espacio compartido entre los postulantes de la “herradura de tugurios” y el antropólogo que delineó y estudió “la cultura de la pobreza”.  Me refiero a la distancia que unos y otro adoptan frente a los habitantes de las vecindades. En el primer caso, por supuesto, no existe ni el más mínimo asomo de empatía. No interesaba al Estado otra cosa más que erradicar el mal de un solo tajo, tanto como hace un cirujano al extirpar un apéndice atrofiado. A Lewis le interesaba comprender, y en aras de su objetividad científica debía mantener una distancia de sus informantes. Pero en el desarrollo de toda su antropología de la pobreza no deja de haber, como lo ha señalado Díaz Barriga, una narrativa propia de la modernización, de una modernidad que se incomoda frente a aquello que considera tradicional, premoderno, atrasado, incivilizado. Los factores que él considera para definir y explicar la pobreza y la cultura de la pobreza se estructuran en función de los paradigmas de la modernidad. Una lectura cuidadosa de Lewis no dejará de reconocer las similitudes que existen entre su manera de concebir a los pobres urbanos y la manera en que concebían al pelado, el característico personaje urbano de la capital, dos de nuestros más grandes pensadores del siglo XX, Samuel Ramos y Octavio Paz. [9] Para volver a la vecindad, tanto Lewis como los técnicos del INV obviaron acaso un hecho que considero trascendental. Para bien o para mal, las vecindades eran los hogares de cientos de familias. Por supuesto, aquí no hay lugar para la idealización ni las concepciones románticas. Dentro de esas familias seguramente muy pocas responderían al hipotético modelo de la familia funcional con núcleo formado por padre, madre e hijos. Seguramente una amplia mayoría entraría en la clasificación de “disfuncional”. Con toda seguridad, las casas de vecindad se encontraban en pésimas condiciones de salubridad y ofrecían escasas o ninguna de las comodidas prometidas por la vida moderna que por aquel entonces ya se anunciaba por televisión. Pero con todas sus deficiencias, aquellas viviendas eran hogares. El hogar es el sitio donde se hace la lumbre para cocinar, es el lugar donde se habita, es el grupo de personas emparentadas que viven juntas bajo un mismo techo. No quiero que esto suene cursi, pero me parece que vale la pena subrayarlo. Cuando uno escucha o lee con atención las palabras de quienes recuerdan su vida en esas vecindades, encuentra, desde luego, gran cantidad de amargos sinsabores, pero también gran cantidad de recuerdos valorados positivamente. A falta de jardines, las abuelas sembraban en macetas de bote y hojalata sus hierbas curativas y alimenticias, adornaban con ellas los techos, las escaleras y los patios de las vecindades. A falta de áreas verdes, los patios, aunque inmundos y atravesados no pocas veces por caños abiertos al aire libre, eran el sitio de juego y recreo para los niños, eran el llano por el que cabalgaban, el bosque en el que se escondían, el sitio de descanso, la cancha de futbol, la mesa de las comiditas, el espacio para el trompo, las muñecas y las canicas. A falta de sitios de recreación, o ante los altos costos de ellos, los patios de las vecindades eran las pistas de baile para multitud de jóvenes inquietos. Sin posibilidades para rentar local, los artesanos hicieron de sus cuartos y patios talleres para efectuar su trabajo y vender luego sus productos. Sin tiempo ni dinero para charlar alrededor de una mesa y frente a humeantes tazas de café, las mujeres contaban su vida, sus penas y glorias, mientras lavaban propio o ajeno en los lavaderos repletos de otras mujeres tallando y desmugrando ropa. Algo similar ocurría mientras se hacía fila para el agua.  Esto es lo que uno puede escuchar cuando entrevista y platica con las personas que vivieron en casas de vecindad, como he tenido oportunidad de hacerlo en el barrio de Tepito. O lo que puede leer en libros tan ilustrativos al respecto como En dónde quedaron mis recuerdos? La vecindad en Tepito, editado por el Centro de Estudios Tepiteños con entrevistas realizadas por Mayo Murrieta y María Eugenia Graf 1988 o en un libro más reciente de Pedro Paz Arellano, El otro significado de un monumento histórico, en 1999. En esas charlas y en esos libros, el tugurio no es tal. Es, a pesar de todos sus pesares, que no eran pocos, el hogar de las personas y tiene por tanto un valor sentimental como espacio de vida. Concluyo diciendo simplemente que las iniciativas del INV para “regenerar” la “herradura de tugurios” no lograron los fines que se habían propuesto. De un modo u otro, la denominada herradura mantuvo por décadas las características espaciales y sociales registradas por los técnicos de ese Instituto y por estudiosos como Lewis. Sobrevivieron así, muchas veces cayéndose a pedazos, hasta que ocurrió la gran conmoción de septiembre de 1985. Y aún después de acontecimientos tan terribles, que posibilitaron los decretos de expropiación y los procesos de reconstrucción en condominios, podríamos cuestionar si verdaderamente la casa de vecindad entró en su ocaso.
Muchas gracias.
 
   
Bibliografía:  
Díaz Barriga, Miguel. 1994. “El relajo de la cultura de la pobreza” en Alteridades, UAM-I, año 4, nº 7, pp. 21-26.  
INV [Instituto Nacional de la Vivienda].  1958. Herradura de tugurios: Problemas y soluciones. México.

INV, s. f.   Programa de regeneración de la “herradura de tugurios”, México.  

Graf, María Eugenia y Mayor Murrieta, 1988. ¿En dónde quedaron mis recuerdos? (La vecindad en Tepito), México, CETEPI, SPF, Asociación de comerciantes establecidos del barrio de Tepito, A.C.

Lewis, Oscar. 1959.
“La cultura de vecindad en la ciudad de México” en Ciencias Políticas y Sociales, UNAM, año V, nº 17, jul-sept., pp. 349-364.  

Paz Arellano, Pedro. 1999. El otro significado de un monumento histórico. México, INAH.



[1] INV, 1958.

[2] INV, 1958, p. 9.

[3] DRAE, 1998.

[4] INV, 1958, pp. 9-10.

[5] INV, 1958, p. 10.

[6] Lewis, 1959, p. 349.

[7] Lewis, 1959, p. 350.

[8] Lewis, 1959, p. 351.

[9] [9] Ver: Ramos, El pefil del hombre y la cultura en México y Paz, El laberinto de la soledad.

Este ensayo formó parte del encuentro que llevo por nombre "La Otra Ciudad", realizado en el mes de septiembre del 2006 en el Centro Cultural "Casa Talavera" de la UACM.


 


 
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