Inicio | Índice | Librero | | Comentarios | Libros | E-Libros | Eventos | Cursos | Voces |
Directorio
 
ENSAYO
   
 

Pierre-Joseph Proudhon, ¿Qué es la propiedad? Investigaciones sobre el principio del derecho y del gobierno,
Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, 2010.

CLAUDIO ALBERTANI



¿Proudhon? He aquí una voz que nos llega del pasado para invitarnos a pensar el futuro. A poco más de doscientos años de su natalicio, el padre del anarquismo permanece como uno de los espíritus socialistas más creativos de todos los tiempos.

No podemos, es verdad, aceptar su pensamiento en bloque, pero la anatomía que nos ofrece de la propiedad, sus denuncias del autoritarismo, su condena profética del comunismo estatal y de todos los nacionalismos, sus reflexiones en torno al federalismo y al mutualismo nos siguen orientando en el camino accidentado hacia la libertad.

Tribuno sin partido, agitador por amor al orden, enemigo de Dios y de la iglesia por necesidad ética, durante el cuarto de siglo de su vida pública, Proudhon buscó afanosamente soluciones a los grandes problemas de su tiempo: la desigualdad, el pauperismo, los conflictos sociales, la guerra. El resultado no es menor: XXVI gruesos tomos de “obras completas”, una decena de volúmenes de “obras póstumas”, catorce tomos de correspondencia (¡5303 páginas!) y seis voluminosos cuadernos de apuntes.[1]

Esta labor titánica se puede ordenar, básicamente, en dos tipos de escritos. En los primeros –que incluyen el texto que aquí presentamos-, emprendió una labor demoledora de los que consideraba los principales mitos de la sociedad capitalista. En este sentido fue, como veremos, un pionero de la crítica de la economía política y un precursor de Marx. En los segundos, planteó las bases para la reconstrucción social y sugirió la adopción de algunas medidas prácticas. Resumió esta doble labor en el lema: destruam et aedificabo (destruyo para edificar).

Hoy pocos estudian a Proudhon y menos aún le otorgan el crédito de haber contribuido a la comprensión de la sociedad capitalista. Los marxistas conocen las agrias críticas que le dirigió el autor del Capital, pero raramente se toman la molestia de leerlo directamente, mientras que los economistas convencionales lo tratan de ingenuo ironizando sobre su proyecto de Banco del Pueblo. Sin embargo, el autor de ¿Qué es la propiedad? nos ayuda a afilar las armas de la inteligencia y nos pone a reflexionar, incluso cuando discrepamos de él.

De origen humilde -su padre era tonelero, su madre cocinera-, la vida del joven Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) transcurrió entre labores rústicas y el cuidado de vacas hasta los doce años. Por un corto tiempo logró ingresar al colegio de su ciudad natal, Besançon, gracias a una beca, sin embargo pronto tuvo que volver a ganarse la vida. Fue peón de bodega, tipógrafo y corrector de estilo  prosiguiendo sus estudios con el ardor del autodidacta.

Al parecer, se convirtió al socialismo después de conocer a Charles Fourier  -también originario de Besançon-, una de cuyas obras, El nuevo mundo industrial y societario, imprimió personalmente. No es la última de las ironías que el hombre persistentemente acusado de encarnar los intereses de la burguesía fuera uno de los pocos teóricos del movimiento obrero de origen humilde, algo que difícilmente se podría decir de Marx, Engels, Lenin, Bujarin, Trotsky y demás críticos del anarquismo.

¿Qué es la propiedad? Investigaciones sobre el principio del derecho y del gobierno (1840), es su primer trabajo importante y es una de las primeras formulaciones de una critica radical al capitalismo. Su afirmación de que “la propiedad privada es el robo” se convirtió rápidamente en el principal grito de guerra de la clase obrera en el siglo XIX.

El libro marca un hito en la historia de la literatura socialista. El autor  establece una distinción fecunda entre la propiedad como monopolio y el derecho que consideraba legítimo de todo hombre al producto de su trabajo. Acto seguido, muestra que el capital no tiene más origen que la expropiación de un valor producido colectivamente por los obreros pero pagado individualmente por el capital. Acto seguido, los capitalistas convierten la propiedad en monopolio, robando a los seres humanos sus capacidades creativas y reduciéndolos a la condición de parias.

Esta situación desemboca en un virulento antagonismo económico y en un desorden social permanente. Anotamos, de paso, que es Proudhon y no Marx quien introduce la categoría clave de antagonismo y detecta la naturaleza contradictoria del sistema capitalista. La solución no radica en fortalecer al Estado -que siempre será cómplice de la injusticia-, sino en acabar con él estimulando la asociación libre y autónoma que garantiza la igualdad en el acceso a los medios de producción y la equivalencia en los intercambios.

En forma embrionaria, se encuentran en ¿Qué es la propiedad? los fundamentos de las futuras doctrinas libertarias: la negación de la propiedad, la negación del Estado (y por esta vía la desconfianza hacia el comunismo autoritario), la reivindicación del individuo, la dignificación del trabajo, la idea de la libre asociación de los productores y la elevación de los seres humanos a la igualdad y a la reciprocidad. Recordemos que Proudhon fue uno de los primeros socialistas que hablaron de anarquía en un sentido positivo. En las últimas páginas del libro el autor expone sus ideas anarquistas: el gobierno del hombre por el hombre, cualquiera que sea el nombre con que se disfrace, es tiranía. La anarquía es por lo tanto, “la única forma posible de sociedad, la única justa, la única verdadera.”[2]

El libro ejerció una profunda influencia sobre Marx. En 1844, siendo un oscuro exiliado alemán en París, el futuro fundador del comunismo (mal llamado) científico entró en contacto con el creador del anarquismo, quien a la sazón ya era un socialista apreciado en los medios obreros europeos no sólo en Francia. Aun cuando los dos hombres no simpatizaron mucho, Marx reconoció los aportes de Proudhon en La sagrada familia (1845), trabajo escrito en colaboración con Engels para criticar el idealismo especulativo de la filosofía post-hegeliana y particularmente de los hermanos Bruno y Edgar Bauer.[3] Ahí los futuros autores del Manifiesto del Partido Comunista contraponían el espíritu concreto e iconoclasta del socialista francés a las abstracciones de los filósofos alemanes.

Amén de señalar, con algo de razón, que Proudhon no rebasaba el ámbito conceptual de la economía política, Marx y Engels lo designaban como el primer autor que sometía la propiedad privada a una crítica “implacable, y al mismo tiempo, científica”. “Proudhon –apuntaban- no solamente escribe en interés de los proletarios; él mismo es proletario, ouvrier (en francés en el texto). (…) ¿Qué es la propiedad? tiene para la moderna economía política la misma importancia que la obra de Siéyes” y es “un verdadero manifiesto científico del proletariado francés.”[4] En vano el lector buscará que en La sagrada familia una crítica a los planteamientos anarquistas del autor. Marx y Engels no decían al respecto ni una palabra.

En mayo de 1846, Marx escribió una larga carta a Proudhon desde Bélgica en donde se encontraba después de haber sido expulsado de Francia. Implicado en la acción política, y no sólo en la especulación filosófica, el revolucionario alemán veía en Proudhon (como después en Bakunin) una inteligencia atrevida que esperaba atraer a su campo. Lo invitaba a ser el corresponsal en París de una oficina de correspondencia internacional entre trabajadores, germen de una sociedad secreta de carácter comunista. Marx le llamaba mi querido Proudhon, dejando constancia de su amistad bien sincera.

La escrupulosa respuesta del tipógrafo de Besançon advertía con claridad sobre los peligros de la que llamaba la nueva religión: “Busquemos juntos, si usted quiere, las leyes de la sociedad; las formas en que esas leyes se realizan; el proceso según el cual llegamos a descubrirlas; pero, ¡por Dios!, después de haber derribado todos los dogmatismos “a priori” no pensemos indoctrinar al pueblo a nuestro modo; no caigamos en la contradicción de su compatriota Martín Lutero, quien después de haber derribado la teología católica, se consagró enseguida, con la ayuda de excomuniones y anatemas, a fundar una teología protestante. (…) Aplaudo con todo mi corazón su idea de publicar un día todas las opiniones; hagamos una buena y leal polémica; demos al mundo el ejemplo de una tolerancia sabia y previsora; pero, por estar a la cabeza del movimiento, no nos hagamos los jefes de una nueva religión, aunque fuera esa religión la religión de la lógica, la religión de la razón. Recibamos, animemos todas las protestas, condenemos todas las exclusiones, todos los misticismos; no consideremos jamás una cuestión agotada y cuando hayamos utilizado hasta nuestro último argumento, empecemos de nuevo, si es necesario, con elocuencia e ironía. Con esta condición entraré con placer en su asociación; si no, no”.[5]

El breve escrito revela profunda aversión de Proudhon contra todo sistema cerrado y explica la radical incompatibilidad entre los dos hombres.[6] Había, además, otros y más significativos desacuerdos. A diferencia de Marx (y de Bakunin), Proudhon desarrolló su pensamiento revolucionario en un plan que él mismo llamaba conservador, pues se consideraba el custodio de la vieja Francia artesanal y rural que la gran industria, la banca y las minas estaban destruyendo.[7] El autor de ¿Qué es la propiedad? se oponía a la acción revolucionaria política como medio de reforma social, pues la consideraba un peligroso llamado a la fuerza arbitraria y a la violencia. Era un pacifista convencido: no quería derramar una sola gota de sangre y prefería quemar la propiedad a fuego lento que darle nuevo vigor con “una noche de San Bartolomé de los propietarios”.[8]

En 1846, Proudhon publicó el Sistema de las contradicciones económicas o filosofía de la miseria en donde, bajo la influencia de la dialéctica hegeliana, intentaba mostrar que las categorías económicas –división del trabajo, maquinismo, competencia, monopolio, etc.- entran en relación de contradicción recíproca: el libre comercio se convierte en monopolio, la riqueza en pobreza, la justicia en latrocinio. Cada término se formulaba necesariamente y desembocaba en su contrario, según una doble relación de interioridad y exterioridad.

Al trazar el proceso histórico que conduce a tal sistema, el autor afirmaba que “la economía política no es en modo alguno la ciencia de la sociedad, pero contiene los materiales de esa ciencia de igual modo que el caos contenía antes de la creación los elementos del universo; por eso, para llegar a la organización definitiva que parece ser el destino de nuestra especie en el Globo, no queda más que efectuar la ecuación general de todas nuestras contradicciones”.[9]

La solución pasaba por la búsqueda de un equilibrio cuyo eje rector sería la idea harto fumosa de justicia universal. Al cabo de 500 páginas escritas en un lenguaje en ocasiones enredado, Proudhon afirmaba tener en su poder “la clave de todos los misterios sociales”. ¿Era cierto? Sería aventurado suponerlo. La Filosofía de la miseria es su peor libro en donde se mezclan, sin mucho rigor, la economía y la metafísica, las contradicciones materiales y las del pensamiento, el lado “bueno y el lado malo” del capitalismo.

Años después, Bakunin señalaría al respecto que, a pesar de todos sus esfuerzos para colocarse en el terreno práctico, Proudhon había permanecido idealista y metafísico. “Su punto de partida es la idea abstracta del derecho; del derecho va al hecho económico mientras que el señor Marx, en oposición a Proudhon, ha expresado y demostrado la verdad indudable, confirmada por la historia pasada y contemporánea de la sociedad humana, de los pueblos y de los Estados, que el factor económico ha precedido siempre y precede al derecho jurídico y político”.[10]

El libro pasó en gran parte inadvertido pero abría el flanco a la severa crítica de Marx. El autor auténticamente “obrero” de la Sagrada familia se trocó entonces en el “pequeño burgués” de la Miseria de la filosofía (1847) y en el “burgués” a secas del Manifiesto (1848). Proudhon nunca contestó públicamente esos ataques que, aun cuando no carecían de fundamentos, manifestaban una acrimonia del todo injustificada.

A fines de 1847, nuestro autor fundó un semanario, Le voix du Peuple (El representante del pueblo) que después se convertiría en Le Peuple (El Pueblo). Agudo polemista dotado de una afilada elocuencia plebeya, al estallar la revolución de 1848, se opuso vigorosamente a los neo-jacobinos y a los socialistas estatales que propugnaban la idea de la centralización política y del Estado nacional unitario.  El 22 de febrero el pueblo de París se alzó y el 25 se proclamó la república: la era de los borbones se había acabado para siempre. El 2 de marzo se reintrodujo el sufragio universal –eliminado en 1795 por el Directorio- y el 4 de junio, Proudhon fue elegido diputado, pese a sus reservas sobre el sistema parlamentario.

Un discurso que pronunció ante la Asamblea Nacional en que exaltaba al pueblo y condenaba a la burguesía, ocasionó la indignación de los diputados centristas que lo apodaron “el hombre del terror”. ¿Proudhon terrorista? ¡Claro que no! Su única culpa era cuestionar la explotación capitalista, pero la burguesía victoriosa necesitaba un chivo expiatorio y así se originó la leyenda negra que perdura hasta nuestros días.[11] Por su parte, nuestro autor apuntó que las revoluciones son las manifestaciones de la justicia en la historia humanal. La verdadera práctica revolucionaria no es la insurrección armada, sino esa “revolución permanente” que llevan a cabo los hombres al tomar el control de la producción.[12]

Proudhon tenía alma de inventor y a principios de 1849, ya convencido de la inutilidad de la vía “política”, concibió la idea de crear un Banco de crédito popular gratuito grabando a los ricos con un impuesto del 30 por ciento. Pensaba que accediendo al dinero necesario para comprar una casa o empezar un taller, el pueblo podría alcanzar el bienestar desplazando, poco a poco, al capital. En seis semanas el Banco logró la adhesión entusiasta de unos 20,000 suscritores, pero el proyecto fracasó cuando su creador fue condenado a tres años de prisión por sus continuos ataques contra Luís Bonaparte (el futuro Napoleón III).

Es en la prisión de Sainte-Pélagie que se casó con una modesta obrera, Euphrasie Piégard, que le dio dos hijas (después retratadas por Gustave Courbet en el famoso cuadro Proudhon y sus hijas). Durante sus tres años de reclusión siguió escribiendo y publicó dos trabajos importantes: Confesiones de un revolucionario –historia de los acontecimientos de 1848 que el critico literario Sainte-Beuve definiría una obra maestra- y la Idea general de la revolución en el siglo XIX en donde desarrolla la parte constructiva de su obra.[13]

El punto de partida es que la gran obra demoledora de 1789 sólo se había realizado a medias. La tarea de la Revolución del siglo XIX era prolongarla poniendo sobre la mesa “la cuestión revolucionaria del trabajo”. En 1848, “los intereses creados [léase el capital] y el orgullo del gobierno” [léase el Estado] que “actúan siempre en armonía” la habían conjurado, Sin embargo, “la revolución, vencida en las calles y en las plazas, volvería a rugir más explícita, más acusadora”.

Proudhon analizaba la práctica de las asociaciones obreras señalando que la reciprocidad estaba reem­plazando a la fraternidad. Detectaba ahí los fundamentos de un contrato social muy diferente al que cien años antes había planteado Rousseau, a quien Proudhon criticaba duramente: “él tiene la culpa de que la Revolución de 1793 se desvia­ra, lo cual hemos expiado con 57 años de estériles mo­tines, que algunos hombres menos reflexivos que ardientes, nos ofrecen como una tradición sagrada”.

En la teoría del filósofo ginebrino -que es la de Robespierre y de los jacobinos- el contrato social es una ficción imaginada para justificar de un modo distinto el derecho divino, la necesidad de la formación del Estado y las relaciones entre el gobierno y los individuos. Rousseau pretendía obligar a los hombres a ser libres y a comportarse de manera racional. Pero: ¿se puede imponer la libertad por la fuerza y la virtud con la hoja de la guillotina? Proudhon pensaba que no y hoy sabemos que tenía razón. 

En su sistema, el contrato es un pacto concreto y efectivo entre iguales que se discute, vota, adopta y modifica en cualquier momento. Al tener como fundamento la reciprocidad, elimina la delegación del poder y por ende la necesidad del gobierno: “el contrayente ya no enajena una parte de su libertad, no se somete a una solidaridad embarazosa y mu­chas veces arriesgada, con la esperanza, más o menos fundada, de que, al fin participará del beneficio”.

Uno de los ejes analíticos del libro era la crítica del “principio de autoridad”, misma que, retomada por Bakunin, quedará como uno de los pilares del pensamiento libertario. La conclusiones se resumían en unas cuantas indicaciones que eran, a la vez, un programa: “nada de monarquía, de aristocracia, ni de democracia, si esta última forma ha de traemos un gobierno cualquie­ra, obrando en nombre del pueblo y llamándose pueblo. Nada de Autoridad ni de Gobierno popular: La Revolu­ción, se encuentra en la negación de este principio.[14]

Después de recobrar la libertad se desterró a Bélgica y no regresó a Francia sino hasta 1859. Consagraría, en adelante, una parte importante de su reflexión al estudio de los mecanismos de la opresión. La correspondencia que detectó entre política, economía y religión remite a los tres obstáculos principales en el camino que conduce a la libertad: el Estado, el capital y dios.

En 1863, cuando, el autoritarismo bonapartista estaba en su apogeo, Proudhon publicó El principio federativo en donde esbozaba el camino hacia “la anarquía o gobierno de cada uno por sí mismo (en inglés self-government). La expresión de gobierno anárquico es, en cierto modo, contradictoria; así que la cosa parece tan imposible como la idea absurda. No hay aquí, sin embargo, de reprensible sino el idioma: la noción de anarquía en política es tan racional y positiva como cualquiera otra. Consiste en que si estuviesen reducidas sus funciones políticas a las industriales, resultaría el orden social del solo hecho de las transacciones y los cambios. Cada uno podría decirse entonces autócrata de sí mismo, lo que es la extrema inversa del absolutismo monárquico”.

La anarquía era el opuesto del comunismo, “práctica adoptada por las comunidades religiosas, que han tendido al aniquilamiento de la libertad en todos los países y bajo todos los cultos”. La práctica federativa, en cambio, implicaba un convenio por el cual una o más familias, uno o muchos municipios, uno o muchos grupos de pueblos acuerdan interactuar y establecen derechos y obligaciones mutuas.

Se percibe aquí la herencia de la comuna medieval europea en donde predominaba una densa red de fraternidades juramentadas, guildas de artesanos, agrupaciones religiosas, comunidades de mercado, alianzas de ciudades y otras innumerables asociaciones surgidas por libre acuerdo que, en consonancia con las necesidades eventuales, se trasformaron, se organizaron o desaparecieron de nuevo para dejar el puesto a nuevas alianzas, sin obedecer en ello las indicaciones de un poder central cualquiera que dirige y dictamina de arriba abajo.[15]

“El sistema federativo es el opuesto al de jerarquía o centralización administrativa y gubernamental, por el que se distinguen ex aequo las democracias imperiales, las monarquías constitucionales y las repúblicas unitarias”. [16] No es por lo tanto una teoría del Estado, sino la senda para suprimirlo.

Federándose con los demás, cada actor individual y colectivo puede conservar su “soberanía” adquiriendo más derechos, más libertad, más autoridad y más propiedad de los que cede. El autor reiteraba que “la anarquía es el ideal de la escuela económica, que tiende abierta y decididamente a suprimir todo establecimiento gubernativo, y a constituir la sociedad sobre las bases de la propiedad y del trabajo libres”.[17]

Agotado por el exceso de trabajo, Proudhon murió el 22 de enero de 1865, sin poder participar en las vicisitudes de la recién creada Asociación Internacional de los Trabajadores, fundada en Londres, el 28 de septiembre de 1864). Tampoco vio impreso su último libro, La capacidad política de la clase obrera, en donde advertía sobre el peligro que representan la democracia representativa y los partidos políticos para la causa de la emancipación humana. “El sufragio universal –explicaba- nos ha hecho políticamente mayores de edad, pero falta aún que nos emancipemos socialmente: sin la igualdad social, la igualdad política no es más que una vana palabra”.[18] La solución no radicaba en la concepción dictatorial de los comunistas, sino en la espontaneidad popular.

Acto seguido, volvía sobre el tema de la reciprocidad que ahora expresaba así: “¿qué es en efecto la mutualidad? Una fórmula de justicia, hasta aquí menospreciada o reservada por nuestras diferentes categorías legislativas. Una fórmula, en virtud de la cual los individuos de la sociedad -de cualquier rango, fortuna y condición que sean, corporaciones o individuos, familias o ciudades, industriales, labradores o funcionarios públicos- se prometen y garantizan recíprocamente servicio por servicio, crédito por crédito, prenda por prenda, valor por valor, noticia por noticia, buena fe por buena fe, verdad por verdad, libertad por libertad, propiedad por propiedad.”

Más adelante, puntualizaba que el mutualismo pretende “fundar un orden de cosas en que se aplique al pie de la letra el principio de la soberanía del pueblo, del hombre y del ciudadano; en que cada individuo del estado conserve su independencia, continúe obrando como soberano y se gobierne a sí mismo, limitándose la autoridad superior a entender de los intereses colectivos; en que no haya centralización, aunque sí ciertas cosas comunes”.[19]

¿Qué nos dice el fundador del anarquismo a nosotros, los moradores del siglo XXI? Es innegable que ideó numerosos proyectos que hoy son obsoletos. Además muchos de sus escritos carecen de claridad y emitió juicios profundamente equivocados sobre una cantidad de temas: se burlaba de la “emancipación de la mujer”, defendía la familia patriarcal y menospreciaba el valor de las huelgas.

Sin en algo le atinó Marx es cuando afirmó que Proudhon era “la contradicción viva”.[20] También es verdad que, a lo largo de su vida, el autor de ¿Qué es la propiedad? siempre osciló entre reforma y revolución. 

Aun así tiene un mérito perdurable: fue de los primeros defensores de un socialismo antiestatal producto de libre creación de los productores asociados. Un socialismo así implica la democracia. No la democracia representativa, sino la democracia directa o, para emplear un término que le gustaba, la “democracia obrera”. Proudhon advirtió, de igual forma contra los males del centralismo político destacando la importancia de la autonomía de las comunas y advirtiendo sobre el peligro de los monopolios estatales y privados. 

Su crítica demoledora a las tradiciones jacobinas, a la naturaleza del gobierno y a la fe ciega en la fuerza maravillosa de las leyes y los decretos tuvo el efecto de una acción libertadora que ni siquiera hoy ha sido reconocida en toda su grandeza. [21]

Otros legados importantes los encontramos en el federalismo y en el mutualismo. Además de ser una propuesta para la sociedad futura que recupera las enseñanzas del pasado, el federalismo es una teoría de las relaciones humanas: relaciones entre individuos, relaciones del individuo con el grupo y relaciones de los grupos entre sí.

Así entendido, el federalismo es el mecanismo articulador de las múltiples fuerzas emancipadoras que duermen en la sociedad actual proporcionando una excelente alternativa al autoritarismo de los partidos políticos. Recordemos que en tiempos recientes, esto ha recibido el nombre de red y es la forma que reclaman los nuevos movimientos sociales en todo el mundo, aun sin reivindicar a Proudhon.

Por otra parte, el mutualismo –que el movimiento obrero practicaba desde la época de los canutos- es el equivalente del federalismo en el campo de la economía, la propuesta de Proudhon para pasar de “la economía política de la propiedad a la economía política del trabajo”.

Organizados en cooperativas, los trabajadores podrían intercambiar sus productos según el valor de coste y eludir las horcas caudinas de la explotación. Así se lograría fácilmente y sin necesidad de una expropiación violenta, una liquidación social general, es decir la recuperación de los bienes sociales por parte de los trabajadores. Era un espejismo y esto dio pie a nuevas críticas de Marx quien, en los cuadernos de notas conocidos como Grundrisse, volvió a atacar a Proudhon y a su discípulo, Alfred Darimon.[22]

Aun así, en Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, el autor del Capital reconoció que “es imposible exagerar la importancia de estos grandes experimentos sociales [las cooperativas, nda] que han mostrado con hechos, no con simples argumentos, que la producción en gran escala y al nivel de las exigencias de la ciencia moderna, puede prescindir de la clase de los patronos.”[23]

Ciento cincuenta años después, aquellos experimentos se siguen reproduciendo como resistencia a la globalización capitalista y búsqueda de vivir una cotidianidad alternativa. La banca ética, los sistemas de intercambio local no monetario, al comercio justo y las cooperativas zapatistas de la Selva lacandona se pueden considerar intentos “mutualistas” de hacer a un lado la lógica del mercado. Limitados, sin duda, pero rescatables. Si bien, hoy como entonces, están expuestos al riesgo de la corrupción, pueden ofrecer respiro a sus integrantes y desempeñar la función de escuelas de conciencia socialista.[24]

[1] Véase una bibliografía parcial de la obra de Proudhon en Pierre-Joseph Proudhon, Apuntes autobiográficos. Textos escogidos por Bernard Voyenne, Fondo de Cultura Económica, México, 1987, pp. 282-291.

[2] Op. cit., pág. 248 .

[3] Para un análisis de la deuda intelectual de Marx con Proudhon, véase: Pierre Ansart, Marx y el anarquismo, Barral Editores, Barcelona, 1972.

[4] Carlos Marx y Friederich Engels, La sagrada familia, Juan Grijalbo Editor,  México, 1967, pp. 96, 97 y 106. En un trabajo de 1865, escrito en ocasión de la muerte de Proudhon, Marx seguía definiendo ¿Qué es la propiedad? un trabajo “de importancia epocal”. Véase:
http://www.marxists.org/archive/marx/works/1865/letters/65_01_24.htm


[5] P. J. Proudhon, carta a Carlos Marx, 17 de mayo de 1846. En: Miseria de la filosofía, op. cit., pp. 163-69.

[6] Véase, al respecto, las observaciones de Rudolf Rocker, “Influencia de las ideas absolutistas en el socialismo”, Estudios Sociales No. 1, op. cit. México, D.F., enero de 1945, pág.78.

[7] P. J. Proudhon, Les confessions d’un révolutionnaire, Le presses du réel, Dijón, 2002, con una interesante introducción de Daniel Halévy.

[8] P. J. Proudhon, carta a Carlos Marx, 17 de mayo de 1846, op. cit.

[9] P. J. Proudhon, Sistema de las contradicciones económicas o filosofía de la miseria, M. Aguilar Editor, Madrid, 1932, pág. 542.

[10] A. Lehning, Conversaciones con Bakunin, op. cit., pág.

[11] Para un análisis de la participación de Proudhon en la revolución de 1848, véase: Daniel Guerin, Ni Dieu ni maitre, Anthologie de l’anarchisme, tomo I, pp.  59-84; también D. Guerin, Proudhon Oui & non, Éditions Gallimard, París, 1978, pp. 165-193.

[12] P. J. Proudhon, Le peuple, 15 de octubre de 1848. En: Armand Cuvillier, Proudhon, Fondo de Cultura Económica, México, 1939, pág. 71. Marx usó el concepto de “revolución permanente” por primera vez en 1850. Véase: “Circular del Comité Central a la Liga Comunista”,

http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/50_circ.htm

[13] P. J. Proudhon, Les confessions…, op. cit.;  P. J. Proudhon, Idea general de la Revolución en el siglo XIX, Pons, Barcelona 1870. Edición digital en:
http://mx.geocities.com/kclibertaria/libros.html.

[14] Todas las citas proceden de: P. J. Proudhon, Idea general de la Revolución en el siglo XIX, versión digital, op. cit.

[15] Rudolf Rocker, Nacionalismo y cultura, Edición a cargo de la Biblioteca Social Reconstruir, México, s/f, pág. 80..

[16] P. J. Proudhon, El principio Federativo
, http://www.geocities.com/labrecha3/principiofederativo.html

[17] P.J. Proudhon, El principio federativo (1863), op. cit.

[18] P. J. Proudhon, La capacidad política de la clase obrera,

http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/derecho/capacidad/indice.html

[19] Op. cit.

[20] C. Marx, carta a J. B. Schweitzer, 15 de enero de 1865. En: Miseria de la filosofía, op. cit., pag. 193.

[21] R. Rocker, Nacionalismo y cultura, op. cit., pág. 210.

[22] C. Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), 1857-58, Siglo XXI Editores, México, 1978, pág. 37, ss.

[23] C. Marx, “Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores” (1864), http://www.marxismoeducar.cl/me17.htm

[24] Para un recuento de estos experimentos y su importancia en el mundo actual, véase: Paolo Coluccia, Il tempo…non è denaro! Riflessioni sui sistema di scambio locale e sulle banche del tempo, Biblioteca Franco Serantini, Pisa, 2003. Con respecto a América Latina, se puede consultar: Euclides André Mance, Redes de colaboración solidaria. Aspectos económico-filosóficos: complejidad y liberación, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, 2006.

Imágen: © Michael Drager - Fotolia. Para Estudios de Historia Cultural




CLAUDIO ALBERTANI

Claudio Albertani es politólogo, historiador y periodista. Ha realizado estudios de Ciencias Políticas en la universidad estatal de Milán, Italia y es doctorando en estudios latinoamericanos en el CELA de la UNAM con la tesis: “SOCIALISMO Y LIBERTAD”. El exilio antiautoritario de Europa en México, su proyección latinoamericana y la lucha contra el estalinismo. 1940-1950.
Es autor de ensayos sobre las luchas indígenas en Guatemala y en Chiapas, así como sobre el movimiento anarquista y los movimientos contra la globalización neoliberal publicados en revistas mexicanas, guatemaltecas, europeas y norteamericanas. Es autor de: El espejo de México. Crónicas de barbarie y resistencia, Costa Amic, 2009. Ha coordinado los libros: ...E vennero come il vento. Immagini e parole dal Chiapas in rivolta (Roberto Massari editor, Roma, 1997); Imperio y movimientos sociales en la edad global (UACM, 2004). Ha coordinado la edición crítica del Príncipe de Maquiavelo (UACM, 2008) y de ¿Qué es la propiedad? de Proudhon (UACM, 2009).
Es miembro de la Comisión Civil Internacional de Observación por los Derechos Humanos, corresponsal de la emisora independiente Radio Onda d’urto (Brescia, Italia), colaborador de los diarios italiano Il Manifesto y Liberazione y de las fundaciones Andrés Nin y Victor Serge. Ha participado en la realización de los documental Vlady, in memoriam (transmitido por el Canal 22, el 22 de julio de 2005) y El asesinato de Trotsky (History Channel, 20 de agosto de 2007). Actualmente es profesor de tiempo completo en la Academia de Historia de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (uacm) y es fundador del Centro Vlady de la misma universidad.



 
Inicio | Índice | Librero | | Comentarios | Libros | E-Libros | Eventos | Cursos | Voces |
Directorio